Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
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La fiesta deportiva del fútbol europeo ha entrado en su recta
final. Han pasado más de dos semanas desde que el inconfundible
Pierluigi Collina arbitró el partido inicial y, sin embargo, las
sorpresas no dejan de sucederse en esta intensa competición. De
hecho, salvando algunas excepciones, hasta los jugadores más afamados
han decepcionado a los aficionados de todo el mundo. Aun con todo, este
medio mundial también está aportando nuevos
mitos para el deporte rey.
Lo confieso, me declaro un fiel aficionado del fútbol de alto nivel
y de sus exponentes internacionales más destacados. Sin embargo,
para beneficio de mi salud y la de los demás conciudadanos, aclaro
que no llego a la expresiva emoción de los hooligans
ingleses, ni a la de los forofos españoles, ni mucho
menos a la de los hinchas portugueses, que han celebrado por
todo lo alto su clasificación a semifinales.
Es más, reconozco que en esta Eurocopa he cambiado durante la marcha
mi habitual simpatía por la selección española a
favor de la selección checa. Obviamente, este cambio de preferencia
tiene que ver con el hecho de que España fue eliminada en la primera
ronda y de que los checos están jugando con verdaderas ganas de
llegar a la final y ganar la copa.
Ciertamente, las selecciones favoritas no han dado la talla y se han visto
obligadas a ahuecar en beneficio de las más sobresalientes. Quién
iba decir que Italia, España, Alemania y, posteriormente, Francia
e Inglaterra, estuvieran ya eliminadas de la contienda.
Desde luego, estoy de acuerdo con que es importante que surjan equipos
revelación, pero me ha sabido mal no seguir disfrutando de la magia
de Zidane, Totti, Ballack y de mi tocayo Raúl, que por cierto me
ha defraudado mucho. Además, estas estrellas vienen precedidas
por la aureola que otorga la publicidad y por el prestigio que ostentan
en sus clubes.
Sin embargo, no me parece justo achacarle la culpa sólo al ariete
o al entrenador de turno, como ha sido el caso de Inglaterra y España,
respectivamente. Perder un partido o una clasificación es consecuencia
de un fallo generalizado de todos los componentes del equipo, incluso
de figuras tan laureadas como Owen, Khan o Henry.
Indudablemente, cuando falta la entrega, la garra y la estrategia, no
hay factor humano que le permita recuperar el norte a una selección
escasa de fuerza y de argumentos técnicos. De hecho, esta Eurocopa
ha puesto en evidencia a las selecciones más fuertes en apariencia,
favoritas por sus antecedentes y, no obstante, las más rácanas
y egoístas a la hora de demostrar sus talentos colectivos.
Quizá por esa razón ha resultado más exitoso el planteamiento
ofensivo y defensivo de otras selecciones, especialmente de la República
Checa y Portugal, las cuales no han especulado tanto con empatar o clasificar
de carambola, sino que han dejado la piel en el intento de ganar.
Es verdad que la República Checa, Grecia e incluso Portugal no
traían el sombrero de favoritos a esta competición, pero
hay que ver lo que han conseguido con un fútbol más alegre,
vibrante y creativo.
Por otro lado, también es justo decir que las expectativas que
generan los medios con las selecciones favoritas generalmente resultan
ser demasiado exageradas. Esta presión añadida en el vestuario
de los equipos es un aspecto que distrae excesivamente la atención
de los jugadores y provoca reacciones insólitas entre los aficionados.
Eso explica por qué las prácticas de estos equipos y las
conferencias informativas de sus jugadores son tan concurridas como si
se tratase de un renombrado político o de una estrella de rock.
En cierta forma, cabe decir que bastan pocos minutos para que los medios
consagren a un jugador de fútbol o le acusen del fracaso de su
selección. El ejemplo típico lo muestra Inglaterra, que
nos dio a conocer a Wayne Rooney, quien con sus dieciocho años
y cuatro goles en la primera ronda se ha convertido en uno de los astros
sorpresivos del torneo.
Por el otro lado, David Beckham, quien después de fallar dos penaltis
sucesivos y de haber jugado por debajo de su nivel habitual, ha sido objeto
de fuertes y merecidas críticas en los principales medios deportivos
del planeta.
Sin embargo, es evidente que el show debe continuar. El fútbol
es un negocio multimillonario y, por lo tanto, esta máquina de
hacer billetes no se parará porque Rudi Völler o Iñaki
Sáez dimitan como directores técnicos, ni porque Rooney
se haya lesionado en el partido de cuartos de final.
Además, la competición deportiva exige frescura, audacia,
habilidad y un toque de fortuna para ganar. En efecto, algunos lo han
entendido tan bien que ya han dado la vuelta a la página de los
cracks con gancho publicitario y han fijado su atención
en Nedved, Baros, Van Nistelrooy y Cristiano Ronaldo, las nuevas glorias
que nos heredará este campeonato.
En definitiva, me parece que este torneo se lo llevará el equipo
que logre combinar una potente estrategia defensiva con la creatividad
y atrevimiento ofensivo de sus jugadores estelares. Por lo demás,
el público seguirá encargándose de aderezar el ambiente
de los partidos que faltan y de poner el toque de color a esta fiesta
del fútbol.
*Doctor en Comunicación Pública, Universidad de Navarra,
España.