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Recuerdos. Los únicos cuadros que cuelgan de las paredes
en la casa de Sepúlveda son los de sus hijos. Los que tenía
de jugador los botaron jugando fútbol. Foto:
EDH
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César Najarro
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
Era 1965 cuando Ricardo el Chele Sepúlveda, a sus
24 años, dejó el Colo Colo de Chile. Él tenía
cierta inquietud de salir. Por eso declinó las ofertas en su país
y tomó la de El Salvador.
Para ese entonces, Hernán Carrasco Vivanco dirigía al Alianza.
Hernán pidió que me prestaran, pero todavía
no lo cumple porque jamás me devolvió, dice Sepúlveda.
Después explicaría que el club tampoco pagó por el
préstamo.
El Alianza Intercontinental, así se llamaba, era un equipo recién
formado. El 16 de enero de 1966 le ganaron al Santos de Pelé, 2-1,
con un penal en el minuto 89 que Sepúlveda convirtió.
No me puse nervioso pero en la noche pensé en lo que hubiera
pasado de haberlo fallado, ahí sí me puse mal porque me
hubiera tenido que marchar. Imaginate, dejar ir la oportunidad de ganarle
al Santos... .
El volante ofensivo, que ahora sufre de cáncer en el cerebro, pensó
que la victoria sobre el Santos fue una buena tarde, pero seguíamos
ganando.
Abre sus manos como buscando respuestas en el aire y dice: No lo
entiendo. Sólo teníamos unos meses jugando, le ganamos al
mejor equipo (Santos), y salimos campeones. Trabajo hubo, pero poco.
La gloria
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| Consejos. Ricardo Sepúlveda platica después
de un partido con el Alianza. Foto EDH |
El Alianza sería campeón nacional en las temporadas 66-67
y 67-68. El club se había convertido en el que más público
atraía al estadio (hasta se pagaron deudas bancarias según
Sepúlveda) y el Chele era uno de los más queridos.
Es que la gente tenía un entusiasmo desmedido, recuerda.
Por esa época no hacía cola en los bancos, me dejaban
pasar, cuenta con una sonrisa que delata su satisfacción
al recordar la época.
Yo no tenía licencia, y cuando me paraba un policía
y me veía, entonces me decía que le vaya bien, don
Ricardo. Era una manifestación espontánea.
Además de ser reconocido públicamente, insiste en lo bien
que lo trataban los directivos: Había toda clase de premios,
no me puedo quejar, pero después vendrían los reparos...,
dice y se calla de repente.
Sepúlveda pensaba en el mañana. Sentía ese temor
a lo efímero, a que todo se acabara de la noche a la mañana.
En 1968 Sepúlveda se enfermó de hepatitis. Sólo jugó
un partido y perdió el año. Al siguiente fue transferido
al Atlético Marte, donde estaba Carrasco, su entrenador en Alianza.
Al Colo Colo no lo devolvieron jamás, a pesar de que era un préstamo.
Yo no sabía que aquí no te dejan ir, bromea.
Sepúlveda temía que todos los fanáticos del Alianza
lo olvidaran, pero para su sorpresa lo seguían respetando. Al
pasar al Marte me siguieron, dice con una mirada triunfal. Yo
llegué al equipo adecuado, y me cambié al adecuado.
Por esa época Sepúlveda conoció a su esposa, nació
su primer hijo y volvió a ser campeón, ahora con el Marte,
en el 69-70 y 70-71.
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| Historia. Ricardo Sepúlveda posa junto
al Alianza, en el ex Flor Blanca, antes del partido contra Santos.
Foto EDH |
Pero el equipo tenía deudas, y no pagaba a tiempo a los jugadores.
Juntábamos varios cheques para terminar con el sueldo de
un mes, dice.
A los 30 años el Chele dijo hasta aquí. No jugó
más al fútbol porque ya no quería. La situación
en Marte y el miedo a perder la imagen de jugador que tenía fueron
los motivos para retirarme, dice.
Es que a los 32 o 33 años el nivel va para abajo, y algunos
quieren seguir jugando... tal vez cobrando, pero yo quería mantener
mi imagen, porque la gente después te insulta, te dice que ya estás
quemado, y yo no iba a dar motivos para eso, insiste.
El protagonista
Sepúlveda compara la profesión del futbolista con la de
entrenador. En ambas áreas se siente un protagonista. Pero eso
sí, cuando dirigió al Alianza que salió campeón
en 1987, derramó lágrimas que nunca le salieron de jugador.
Yo nunca lloré así, me fui a las gradas a dar gracias
a Dios, y ahorita recordando ya se me pusieron los ojos llorosos.
Más de una década después, Sepúlveda ya no
dirige. Las molestias por los tratamientos para su enfermedan no le permiten
dirigir algún equipo, aunque por necesidad quisiera hacerlo. No
hay alternativa. Sólo queda pedirle a Dios, dice.