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“Nunca me dejaron ir”

Ricardo Sepúlveda, ex jugador del Alianza que le ganó al Santos de Pelé, se quedó en El Salvador, presa del fútbol. Ahora pasa por una difícil situación.

Publicada 30 de junio 2004, El Diario de Hoy

Recuerdos. Los únicos cuadros que cuelgan de las paredes en la casa de Sepúlveda son los de sus hijos. Los que tenía de jugador los botaron jugando fútbol. Foto: EDH

César Najarro
El Diario de Hoy

deportes@elsalvador.com

Era 1965 cuando Ricardo el “Chele” Sepúlveda, a sus 24 años, dejó el Colo Colo de Chile. Él tenía cierta inquietud de salir. Por eso declinó las ofertas en su país y tomó la de El Salvador.

Para ese entonces, Hernán Carrasco Vivanco dirigía al Alianza. “Hernán pidió que me prestaran, pero todavía no lo cumple porque jamás me devolvió”, dice Sepúlveda.

Después explicaría que el club tampoco pagó por el préstamo.

El Alianza Intercontinental, así se llamaba, era un equipo recién formado. El 16 de enero de 1966 le ganaron al Santos de Pelé, 2-1, con un penal en el minuto 89 que Sepúlveda convirtió.

“No me puse nervioso pero en la noche pensé en lo que hubiera pasado de haberlo fallado, ahí sí me puse mal porque me hubiera tenido que marchar. Imaginate, dejar ir la oportunidad de ganarle al Santos... ”.

El volante ofensivo, que ahora sufre de cáncer en el cerebro, pensó que la victoria sobre el Santos fue “una buena tarde, pero seguíamos ganando”.

Abre sus manos como buscando respuestas en el aire y dice: “No lo entiendo. Sólo teníamos unos meses jugando, le ganamos al mejor equipo (Santos), y salimos campeones. Trabajo hubo, pero poco”.

La gloria

Consejos. Ricardo Sepúlveda platica después de un partido con el Alianza. Foto EDH

El Alianza sería campeón nacional en las temporadas 66-67 y 67-68. El club se había convertido en el que más público atraía al estadio (hasta se pagaron deudas bancarias según Sepúlveda) y el “Chele” era uno de los más queridos. “Es que la gente tenía un entusiasmo desmedido”, recuerda.

“Por esa época no hacía cola en los bancos, me dejaban pasar”, cuenta con una sonrisa que delata su satisfacción al recordar la época.

“Yo no tenía licencia, y cuando me paraba un policía y me veía, entonces me decía “que le vaya bien, don Ricardo””. Era una manifestación espontánea”.

Además de ser reconocido públicamente, insiste en lo bien que lo trataban los directivos: “Había toda clase de premios, no me puedo quejar, pero después vendrían los reparos...”, dice y se calla de repente.

Sepúlveda pensaba en el mañana. Sentía ese temor a lo efímero, a que todo se acabara de la noche a la mañana.

En 1968 Sepúlveda se enfermó de hepatitis. Sólo jugó un partido y perdió el año. Al siguiente fue transferido al Atlético Marte, donde estaba Carrasco, su entrenador en Alianza. Al Colo Colo no lo devolvieron jamás, a pesar de que era un préstamo. “Yo no sabía que aquí no te dejan ir”, bromea.

Sepúlveda temía que todos los fanáticos del Alianza lo olvidaran, pero para su sorpresa lo seguían respetando. “Al pasar al Marte me siguieron”, dice con una mirada triunfal. “Yo llegué al equipo adecuado, y me cambié al adecuado”. Por esa época Sepúlveda conoció a su esposa, nació su primer hijo y volvió a ser campeón, ahora con el Marte, en el 69-70 y 70-71.

Historia. Ricardo Sepúlveda posa junto al Alianza, en el ex Flor Blanca, antes del partido contra Santos. Foto EDH

Pero el equipo tenía deudas, y no pagaba a tiempo a los jugadores. “Juntábamos varios cheques para terminar con el sueldo de un mes”, dice.

A los 30 años el “Chele” dijo hasta aquí. No jugó más al fútbol porque ya no quería. “La situación en Marte y el miedo a perder la imagen de jugador que tenía fueron los motivos para retirarme”, dice.

“Es que a los 32 o 33 años el nivel va para abajo, y algunos quieren seguir jugando... tal vez cobrando, pero yo quería mantener mi imagen, porque la gente después te insulta, te dice que ya estás quemado, y yo no iba a dar motivos para eso”, insiste.

El protagonista

Sepúlveda compara la profesión del futbolista con la de entrenador. En ambas áreas se siente un protagonista. Pero eso sí, cuando dirigió al Alianza que salió campeón en 1987, derramó lágrimas que nunca le salieron de jugador. “Yo nunca lloré así, me fui a las gradas a dar gracias a Dios, y ahorita recordando ya se me pusieron los ojos llorosos”.

Más de una década después, Sepúlveda ya no dirige. Las molestias por los tratamientos para su enfermedan no le permiten dirigir algún equipo, aunque por necesidad quisiera hacerlo. “No hay alternativa. Sólo queda pedirle a Dios”, dice.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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