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Migración
¡No más ruleta rusa!

Ojalá que los papás responsables, que adoran a sus hijos, reflexionen y no los arriesguen de esa manera. Hay que tener paciencia y esperar mejores oportunidades legales para completar el sueño.

Publicada 29 de junio 2004, El Diario de Hoy

Francisco Imendia*
El Diario de Hoy

pintorbalaguer@hotmail.com

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), 175 millones de seres humanos viven actualmente fuera de sus países de origen. De esa cantidad, dos millones son salvadoreños y, como sabemos, la diáspora de los 80 ubica a nuestros compatriotas en Estados Unidos, Canadá, Australia, Suecia e Italia.

La migración es uno de los temas que contempla la agenda global y comparte espacio con el terrorismo, el tráfico de armas, el medio ambiente y el narcotráfico.

Estos son los fenómenos que más preocupan a los organismos internacionales, principalmente a las Naciones Unidas, cuya misión principal es el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.

Este fenómeno migratorio es el producto de los demás componentes de la agenda si tomamos en cuenta que las guerras (caso nuestro), el terrorismo, narcotráfico, el medio ambiente, generan grandes corrientes migratorias hacia países desarrollados con el propósito, en teoría, de resolver expectativas de seguridad humana.

Muchos migrantes practican una especie de “ruleta rusa” o juego con la muerte, en su travesía por lograr su destino. Ese es el caso de los centroamericanos, sobre todo, guatemaltecos, salvadoreños y hondureños, que, sin documentos y de una forma temeraria, hacen lo posible por internarse en Estados Unidos, a través de México. La mayoría lo hace con el propósito de reunirse con sus seres queridos, los que se fueron en los 80 y 90.

Esa “ruleta rusa” la inician con o sin “pollero” (traficante de indocumentados) desde la frontera sur en México. Ahí tienen que sortear toda clase de obstáculos: agentes de migración, que cumplen su deber, los asaltantes y mareros, que no perdonan, las inclemencias del tiempo, la falta de alimento, agua e higiene y tantos otros inconvenientes que les hacen muy difícil su trayecto hacia la frontera norte. Allá es otra cosa: Río Bravo, desierto, detectores, cámaras, rayos infrarrojos, entre otras dificultades. Eso no es un juego de niños.

Lo “benévolo” del clima en los meses de mayo, junio y julio es aprovechado por los migrantes para emprender su odisea. Esto es detectable en la medida que a nuestros consulados en México comienzan a llegar autoridades de migración con niños y niñas de entre siete y catorce años, para ser documentados y luego repatriados.

Actualmente el flujo migratorio salvadoreño se encuentra en temporada alta. A la fecha se registran 81 casos de niñas y niños atendidos en el consulado del Distrito Federal. Si lo comparamos con los 24 casos atendidos en el mismo pe- ríodo, enero-junio, del año pasado, el incremento se eleva a un 337.5%, algo verdaderamente alarmante. Esto, sin contar la cifra de adultos indocumentados que son detenidos en la ruta del migrante.

Verdaderamente es sorprendente cómo los padres de familia, que viven en condición de indocumentados en Estados Unidos, se atreven en confiar a sus hijos a desconocidos. Nos referimos a los inescrupulosos “polleros”, que, valiéndose de la desesperación de los progenitores, prometen pasar a sus hijos a Estados Unidos, con toda “seguridad” por la módica suma de seis mil dólares. Tres mil se pagan en El Salvador y el resto, contra entrega. En muchos casos eso no se cumple.

Francisco es un niño de 13 años, originario de San Luis de la Reina. Vive con sus abuelos, y su mamá le envió el dinero desde Estados Unidos para pagar al “pollero” y los gastos de viaje. El inquieto jovencito fue detenido en Veracruz. Llevaba mil trescientos pesos, según nos comentó. “Un hombre prometió ayudarme y me dejó con 300”, relató el muchacho.

El pollero, al ver que la cosa se ponía difícil, poco hombre, huyó. A Francisco se le trasladó al Distrito Federal y fue debidamente documentado. Su repatriación se realizó con rapidez.

Nos cuesta entender por qué los padres de familia ponen a sus hijos, a sus queridos hijos, a jugar con esa “ruleta rusa”. Fácilmente se dejan persuadir por estos “polleros” que, media vez ven el peligro, abandonan a sus “clientes” y salen corriendo, como gallinas, dejando a su suerte a tantas niñas y niños indefensos.

Ahora, si lo vemos con los ojos del corazón, comprendemos el amor de la sangre que llama a su propia sangre; comprendemos el sacrificio de los padres trabajando de sol a sol con el único propósito de ahorrar y reunir esos cuatro mil o seis mil dólares para pagar el traslado de sus hijos, aunque, al final, esos dólares sudados se vayan como el agua entre los dedos. La mayoría de los pequeños nunca llega a reunirse con sus padres. Hasta el momento, gracias a Dios, no conocemos de alguna tragedia.

Ojalá que los papás responsables, que adoran a sus hijos, reflexionen y no los arriesguen de esa manera. Hay que tener paciencia y esperar mejores oportunidades legales para completar el sueño. Por eso decimos: ¡No más ruleta rusa! No vale la pena que más niñas y niños salvadoreños, abandonados en la lejanía, expongan la vida y su dignidad ante tanto peligro.

*Embajador de El Salvador en México.

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