Francisco Imendia*
El Diario de Hoy
pintorbalaguer@hotmail.com
Según la Organización Internacional para las Migraciones
(OIM), 175 millones de seres humanos viven actualmente fuera de sus países
de origen. De esa cantidad, dos millones son salvadoreños y, como
sabemos, la diáspora de los 80 ubica a nuestros compatriotas en
Estados Unidos, Canadá, Australia, Suecia e Italia.
La migración es uno de los temas que contempla la agenda global
y comparte espacio con el terrorismo, el tráfico de armas, el medio
ambiente y el narcotráfico.
Estos son los fenómenos que más preocupan a los organismos
internacionales, principalmente a las Naciones Unidas, cuya misión
principal es el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.
Este fenómeno migratorio es el producto de los demás componentes
de la agenda si tomamos en cuenta que las guerras (caso nuestro), el terrorismo,
narcotráfico, el medio ambiente, generan grandes corrientes migratorias
hacia países desarrollados con el propósito, en teoría,
de resolver expectativas de seguridad humana.
Muchos migrantes practican una especie de ruleta rusa o juego
con la muerte, en su travesía por lograr su destino. Ese es el
caso de los centroamericanos, sobre todo, guatemaltecos, salvadoreños
y hondureños, que, sin documentos y de una forma temeraria, hacen
lo posible por internarse en Estados Unidos, a través de México.
La mayoría lo hace con el propósito de reunirse con sus
seres queridos, los que se fueron en los 80 y 90.
Esa ruleta rusa la inician con o sin pollero (traficante
de indocumentados) desde la frontera sur en México. Ahí
tienen que sortear toda clase de obstáculos: agentes de migración,
que cumplen su deber, los asaltantes y mareros, que no perdonan, las inclemencias
del tiempo, la falta de alimento, agua e higiene y tantos otros inconvenientes
que les hacen muy difícil su trayecto hacia la frontera norte.
Allá es otra cosa: Río Bravo, desierto, detectores, cámaras,
rayos infrarrojos, entre otras dificultades. Eso no es un juego de niños.
Lo benévolo del clima en los meses de mayo, junio y
julio es aprovechado por los migrantes para emprender su odisea. Esto
es detectable en la medida que a nuestros consulados en México
comienzan a llegar autoridades de migración con niños y
niñas de entre siete y catorce años, para ser documentados
y luego repatriados.
Actualmente el flujo migratorio salvadoreño se encuentra en temporada
alta. A la fecha se registran 81 casos de niñas y niños
atendidos en el consulado del Distrito Federal. Si lo comparamos con los
24 casos atendidos en el mismo pe- ríodo, enero-junio, del año
pasado, el incremento se eleva a un 337.5%, algo verdaderamente alarmante.
Esto, sin contar la cifra de adultos indocumentados que son detenidos
en la ruta del migrante.
Verdaderamente es sorprendente cómo los padres de familia, que
viven en condición de indocumentados en Estados Unidos, se atreven
en confiar a sus hijos a desconocidos. Nos referimos a los inescrupulosos
polleros, que, valiéndose de la desesperación
de los progenitores, prometen pasar a sus hijos a Estados Unidos, con
toda seguridad por la módica suma de seis mil dólares.
Tres mil se pagan en El Salvador y el resto, contra entrega. En muchos
casos eso no se cumple.
Francisco es un niño de 13 años, originario de San Luis
de la Reina. Vive con sus abuelos, y su mamá le envió el
dinero desde Estados Unidos para pagar al pollero y los gastos
de viaje. El inquieto jovencito fue detenido en Veracruz. Llevaba mil
trescientos pesos, según nos comentó. Un hombre prometió
ayudarme y me dejó con 300, relató el muchacho.
El pollero, al ver que la cosa se ponía difícil, poco hombre,
huyó. A Francisco se le trasladó al Distrito Federal y fue
debidamente documentado. Su repatriación se realizó con
rapidez.
Nos cuesta entender por qué los padres de familia ponen a sus hijos,
a sus queridos hijos, a jugar con esa ruleta rusa. Fácilmente
se dejan persuadir por estos polleros que, media vez ven el
peligro, abandonan a sus clientes y salen corriendo, como
gallinas, dejando a su suerte a tantas niñas y niños indefensos.
Ahora, si lo vemos con los ojos del corazón, comprendemos el amor
de la sangre que llama a su propia sangre; comprendemos el sacrificio
de los padres trabajando de sol a sol con el único propósito
de ahorrar y reunir esos cuatro mil o seis mil dólares para pagar
el traslado de sus hijos, aunque, al final, esos dólares sudados
se vayan como el agua entre los dedos. La mayoría de los pequeños
nunca llega a reunirse con sus padres. Hasta el momento, gracias a Dios,
no conocemos de alguna tragedia.
Ojalá que los papás responsables, que adoran a sus hijos,
reflexionen y no los arriesguen de esa manera. Hay que tener paciencia
y esperar mejores oportunidades legales para completar el sueño.
Por eso decimos: ¡No más ruleta rusa! No vale la pena que
más niñas y niños salvadoreños, abandonados
en la lejanía, expongan la vida y su dignidad ante tanto peligro.
*Embajador de El Salvador en México.