Alexander Etkind*
El Diario de Hoy
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Hace cien años, el escritor austriaco Robert Musil dijo que no
hay nada más inconspicuo que un monumento. Contemplando las
ruinas de otro imperio, el ruso, yo añadiría: No hay nada
más conspicuo que un monumento ausente.
Los monumentos constituyen el cuerpo de una nación en exhibición.
Al ver los monumentos sentimos cómo un Estado-nación reafirma
su continuidad. Cuando las revoluciones interrumpen esa continuidad, la
violencia se torna contra los monumentos.
Como el ejemplo de Sadam Hussein muestra otra vez, es más fácil
derribar un monumento que juzgar a un dictador.
Sin embargo, los períodos posrevolucionarios permiten más
variedad. A veces se erigen nuevos monumentos. A veces los viejos monumentos
regresan a los lugares que solían ocupar. A veces los monumentos
están ausentes, como profesores en año sabático.
Mientras que las universidades alemanas ya no dan cabida a quienes niegan
el holocausto, las universidades rusas emplean a varios profesores de
historia que conspicuamente excluyen al Gulag de sus cátedras.
Aunque los horrores de la Alemania nazi y la Rusia comunista crearon millones
de víctimas, los recuerdos de esos acontecimientos son muy diferentes.
El más notorio y a la vez el menos reconocido de todos los monumentos
postsoviéticos al Gulag es el billete de 500 rublos, emitido a
finales de los noventa y que en la actualidad circula ampliamente.
Este billete, en apariencia un homenaje a la orgullosa historia nacional,
lleva un mensaje oculto. Muestra el monasterio Solovki, un complejo histórico
en una isla del Mar Blanco, que también fue el primero y uno de
los más importantes campos del Gulag.
Los historiadores locales en Solovki creen que las cúpulas atípicas
que aparecen en el billete sitúan la imagen a finales de los años
veinte, el momento de mayor desarrollo del campo.
El diseño plantea varias preguntas delicadas: ¿Se trata
de uno de esos monumentos erigidos no por artistas, sino por críticos
que generan significado no a través de la creación, sino
de la interpretación?¿Acaso los funcionarios del ministerio
de Fianzas estaban siendo deliberadamente subversivos?¿O la elección
de la ilustración del billete es un síntoma de trauma psicológico,
una manifestación inconsciente pero realista de duelo?
El duelo, para utilizar la fórmula de Freud, es continuo. Pero
males simétricos no implican conmemoraciones simétricas.
Hay abundantes monumentos conmemorativos en los lugares donde estuvieron
los campos de concentración alemanes y constantemente se agregan
más.
En Rusia, sólo dos lugares donde hubo Gulag, Solovki y Perm, tienen
pequeños museos que muestran las condiciones que imperaban en los
campos, las técnicas de tortura y asesinato, documentos y retratos.
En algunos casos, los monumentos se construyen no en los lugares donde
ocurrieron las matanzas, como en Alemania, sino en los alrededores.
Cerca de Belomorkanal, una de las mayores construcciones del Gulag, se
descubrió una gran fosa común en Sandarmokh. El lugar es
un bosque de pinos, cerca de una vieja carretera, y se distingue por las
pequeñas depresiones regulares del terreno que son típicas
de esas fosas.
La Sociedad Conmemorativa comparó meticulosamente sus descubrimientos
arqueológicos con los protocolos de tiro que se conservan
en los archivos de la KGB. En los protocolos jamás hay nombres,
pero se asienta el número de muertos en una fecha específica,
clasificados por género, por ejemplo, 20 hombres y siete mujeres.
Al cotejar el número de osamentas y su género, se identificó
cada protocolo de tiro con una fosa en particular.
Aproximadamente 9,000 personas fueron asesinadas en Sandarmorkh entre
1937 y 1938. Hoy en día, un poste de madera señala cada
fosa común.
Dos monumentos conmemorativos más conocidos, en Moscú y
San Petersburgo, consisten en piedras de granito provenientes de Solovki.
En San Petersburgo, la piedra tiene además inscripciones tales
como A las víctimas del comunismo. (Esta placa ha sufrido
muchos ataques, el último fue una leyenda escrita con pintura de
aceite roja: Mataron a muy pocos).
El comunismo pertenece a nuestra herencia común europea mucho más
que el nazismo. Recordar a sus víctimas es una responsabilidad
no sólo nacional, sino europea. A medida que las generaciones transcurren,
los monumentos evolucionan de ser un medio para el duelo hasta convertirse
en instrumentos para la educación. El trabajo del recuerdo es difícil,
caro y frágil. Los monumentos cambian de lugar. Las capitales cambian
de nombre. Los billetes vencen. Se puede hacer burla de todo y todo puede
cambiar su significado.
Incluso las momias se mueven. En 1961, se vio salir a la momia de Stalin
del Mausoleo de la Plaza Roja. El cadáver de Lenin sigue ahí,
pero se espera que también salga. Eso debería ser un acontecimiento
europeo.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Sociología en la Universidad Europea de San Petersburgo.