Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
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En la revista Vértice del domingo pasado hubo un reportaje
titulado: Por voluntad divina, en que un grupo de diputados
evangélicos afirmaba que su participación en política
corresponde a un llamado divino, y que al aceptarlo han recibido críticas
de personas que consideran que la religión y la política
deben ser conceptos separados.
Todos manifiestan haber cambiado desde que han seguido el mandato de Cristo,
y estar realizando en la Asamblea una intensa labor de proselitismo.
La idea de llevar a Dios a todos los ambientes surgió por primera
vez en 1928, cuando San Josemaría Escrivá (cuya fiesta se
celebró ayer) se atrevió a decir que el trabajo que desarrollamos
cada día es nuestro único medio para alcanzar la santidad.
Que la labor de la enfermera con sus enfermos, de la madre de familia
con sus hijos, de la empleada que cocina, lava y plancha, del taxista
manejando, de la cantante ante su público, del futbolista en el
terreno de juego y del político, si es hecha de cara a Dios, es
el camino que a diario recorremos para llegar al cielo.
Y trabajar de cara a Dios significa hacerlo bien, con competencia técnica
y profesional, sin chambonadas, bien acabado, con rectitud de intención
y visión ética. Porque todo trabajo santifica, si es bueno
en sí mismo, y si contribuye a la mejora personal de quien lo realiza,
convirtiéndose así en trabajo de Dios.
Esto chocó frontalmente con la mentalidad de entonces, y causó
escándalo en ambientes eclesiásticos el considerar que podía
ser santo un médico, un obrero, un abogado o un ministro si cumplían
a cabalidad con su trabajo profesional. Se tildó de loco y de hereje
al joven sacerdote, que con 26 años, la gracia de Dios y buen humor
debía comenzar una tarea de corte titánico.
Poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, en los talleres,
en los teatros, en las escuelas, en los hospitales, en los tribunales
de justicia, en los parlamentos, para que todas las tareas realizadas
por los hombres, con deseos de perfección, hicieran divinos todos
los caminos de la tierra.
La lucha fue dura porque en 20 siglos de cristianismo, la santificación
estaba reservada a religiosos y a sacerdotes, que, para alcanzar el cielo,
tenían que renunciar definitivamente a la tierra, y a todas las
actividades seculares. ¡Pero qué camino de esperanza se abrió
para la mujer que dedica las 24 horas del día a las tareas del
hogar, si al iniciar su jornada puede ofrecer al Señor sus alegrías
y dificultades, la sonrisa de un hijo y un triunfo profesional del marido,
con la certeza de que haciéndolo bien está ganándose
el cielo. Ya no hay trabajo de segunda clase, pues todos están
valorados dependiendo del amor que se ponga en realizarlos!
Esta novedad fue declarada por el Concilio Vaticano II como doctrina de
la Iglesia Católica, confirmando el llamado universal a la santidad
que hizo Jesús. Se destaca la responsabilidad de los laicos para
cumplir el mandato evangélico de ir y enseñar a todas las
gentes, como un mensaje de esperanza a todos los hombres de buena voluntad.
Los que podemos cambiar el mundo, si somos capaces de desempeñar
bien nuestro trabajo, de considerarlo como una vocación, como un
llamado, que debemos realizar con perfección humana y profesional,
no por vanagloria, sino porque lo estamos haciendo de cara a Dios.
Y esto exige coherencia y unidad de vida. Que la vida personal, familiar,
profesional y social sea congruente con los principios morales plasmados
en los 10 mandamientos. Que la religión no sea un sombrero que
se quita al entrar en el ámbito profesional y se pone cuando conviene.
Triste anécdota la del político que en una entrevista televisada,
al pedirle su opinión sobre un difícil tema moral, hizo
la salvedad de que primero respondería como funcionario, y luego,
a título personal, como cristiano.
Ignorancia y cobardía, porque la religión debe basarse en
una sólida formación doctrinal, obtenida mediante el estudio
constante. De lo contrario se convierte en superstición o en palabrería
hueca, que al pretender evangelizar a otros, lejos de ayudarles, les llevan
hacia el abismo, como un ciego guiando a otro ciego y no como el buen
pastor. Si cada uno hacemos nuestro trabajo de cara a Dios, tendremos
una sociedad más justa y más humana y, por añadidura,
más próspera.
*Columnista de El Diario de Hoy.