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Reviviendo el mensaje
Trabajar de cara a Dios

Triste anécdota la del político que en una entrevista televisada hizo la salvedad de que primero respondería como funcionario, y luego, a título personal, como cristiano.

Publicada 27 de junio 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

En la revista “Vértice” del domingo pasado hubo un reportaje titulado: “Por voluntad divina”, en que un grupo de diputados evangélicos afirmaba que su participación en política corresponde a un llamado divino, y que al aceptarlo han recibido críticas de personas que consideran que la religión y la política deben ser conceptos separados.

Todos manifiestan haber cambiado desde que han seguido el mandato de Cristo, y estar realizando en la Asamblea una intensa labor de proselitismo.

La idea de llevar a Dios a todos los ambientes surgió por primera vez en 1928, cuando San Josemaría Escrivá (cuya fiesta se celebró ayer) se atrevió a decir que el trabajo que desarrollamos cada día es nuestro único medio para alcanzar la santidad.

Que la labor de la enfermera con sus enfermos, de la madre de familia con sus hijos, de la empleada que cocina, lava y plancha, del taxista manejando, de la cantante ante su público, del futbolista en el terreno de juego y del político, si es hecha de cara a Dios, es el camino que a diario recorremos para llegar al cielo.

Y trabajar de cara a Dios significa hacerlo bien, con competencia técnica y profesional, sin chambonadas, bien acabado, con rectitud de intención y visión ética. Porque todo trabajo santifica, si es bueno en sí mismo, y si contribuye a la mejora personal de quien lo realiza, convirtiéndose así en trabajo de Dios.

Esto chocó frontalmente con la mentalidad de entonces, y causó escándalo en ambientes eclesiásticos el considerar que podía ser santo un médico, un obrero, un abogado o un ministro si cumplían a cabalidad con su trabajo profesional. Se tildó de loco y de hereje al joven sacerdote, que con 26 años, la gracia de Dios y buen humor debía comenzar una tarea de corte titánico.

Poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, en los talleres, en los teatros, en las escuelas, en los hospitales, en los tribunales de justicia, en los parlamentos, para que todas las tareas realizadas por los hombres, con deseos de perfección, hicieran divinos todos los caminos de la tierra.

La lucha fue dura porque en 20 siglos de cristianismo, la santificación estaba reservada a religiosos y a sacerdotes, que, para alcanzar el cielo, tenían que renunciar definitivamente a la tierra, y a todas las actividades seculares. ¡Pero qué camino de esperanza se abrió para la mujer que dedica las 24 horas del día a las tareas del hogar, si al iniciar su jornada puede ofrecer al Señor sus alegrías y dificultades, la sonrisa de un hijo y un triunfo profesional del marido, con la certeza de que haciéndolo bien está ganándose el cielo. Ya no hay trabajo de segunda clase, pues todos están valorados dependiendo del amor que se ponga en realizarlos!

Esta novedad fue declarada por el Concilio Vaticano II como doctrina de la Iglesia Católica, confirmando el llamado universal a la santidad que hizo Jesús. Se destaca la responsabilidad de los laicos para cumplir el mandato evangélico de ir y enseñar a todas las gentes, como un mensaje de esperanza a todos los hombres de buena voluntad.

Los que podemos cambiar el mundo, si somos capaces de desempeñar bien nuestro trabajo, de considerarlo como una vocación, como un llamado, que debemos realizar con perfección humana y profesional, no por vanagloria, sino porque lo estamos haciendo de cara a Dios.

Y esto exige coherencia y unidad de vida. Que la vida personal, familiar, profesional y social sea congruente con los principios morales plasmados en los 10 mandamientos. Que la religión no sea un sombrero que se quita al entrar en el ámbito profesional y se pone cuando conviene. Triste anécdota la del político que en una entrevista televisada, al pedirle su opinión sobre un difícil tema moral, hizo la salvedad de que primero respondería como funcionario, y luego, a título personal, como cristiano.

Ignorancia y cobardía, porque la religión debe basarse en una sólida formación doctrinal, obtenida mediante el estudio constante. De lo contrario se convierte en superstición o en palabrería hueca, que al pretender evangelizar a otros, lejos de ayudarles, les llevan hacia el abismo, como un ciego guiando a otro ciego y no como el buen pastor. Si cada uno hacemos nuestro trabajo de cara a Dios, tendremos una sociedad más justa y más humana y, por añadidura, más próspera.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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