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La nota del día
En La Carrera lo van a entender

De seguro el señor Morales Ehrlich podrá explicar a los visitantes el misterio de lo que allí sucedió, equivalente a que sobre el lugar se precipitaran varios huracanes en sucesión

Publicada 27 de junio 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Hay dos formas de sacar la agricultura del estancamiento en que se encuentra; una muy efectiva, nos aseguran, es invocar la ayuda de San Isidro Labrador (pone la lluvia y quita el sol); la otra, dar por finalizada la demencial reforma agraria de los duartistas, impuesta a punta de pistola en marzo de 1980.

Comiéncese celebrando un peregrinaje de diputados, representantes del gremio de economistas, diplomáticos y pedecistas de la “vieja guardia”, a la hacienda La Carrera o a cualquiera de las “cooperativas” agrarias que operan en el territorio. Invítese al superministro de Agricultura de aquel entonces, el señor Morales Ehrlich, para que explique las razones por las cuales las otrora tierras más productivas del país, están ahora en el más triste abandono. Hable la comitiva con los lugareños, inspeccione las desiertas instalaciones, infórmese sobre lo que se producía antes y se cosecha hoy en día.

Vayan también a la isla de Espíritu Santo, donde antes de la locura existió una próspera agroindustria que exportaba, entre otras cosas, aceite de coco. Los isleños contaban con escuela, clínica, servicios diversos y, lo más importante, un futuro como trabajadores especializados. En la actualidad la isla produce cocos para beber el agua; los isleños están en la condición de recogedores de cocos.

La gavilla de sinvergüenzas y ladrones que implantó la “reforma agraria” fue muy directa y precisa en sus órdenes: dejen todo tal cual, no permitan que los explotadores saquen ni una sola aguja (ni siquiera su ropa personal o las fotos de familia) y verán cómo el paraíso desciende sobre esas tierras.

En La Carrera quedó absolutamente todo. Quedó la maquinaria, el cuerpo de trabajadores, las instalaciones y bodegas, los contables y administradores, las avionetas de riego, las cuentas bancarias, los muebles y la casa construida por los Wright, la escuela y la clínica, los caminos dentro de la hacienda, etcétera.

Todo, absolutamente todo menos Juan Wright y su cuñado Raúl Avila. La comitiva se encontrará con tierras casi en el abandono y una cooperativa técnicamente en bancarrota. De seguro el señor Morales Ehrlich podrá explicar a los visitantes el misterio de lo que allí sucedió, equivalente a que sobre el lugar se precipitaran varios huracanes en sucesión.

Todo salvadoreño debe saberlo

Se debe agregar que la tragedia salvadoreña se dio en mucho mayor grado en Nicaragua y antes en Cuba, como en la totalidad de las naciones que en una época formaron parte del “bloque socialista”.

Ucrania, que era “el granero de Europa”, se vio forzada a importar alimentos en los años sesenta y setenta; en lo que fue Alemania del Este se pueden ver, al día de hoy, las horrendas cicatrices que quedan de su pasado socialista, especialmente en la mentalidad derrotista y haragana de la mayoría de sus pobladores.

La historia la hemos narrado varias veces y la seguiremos recordando. Si alguien no quiere ir a La Carrera y ver con sus propios ojos el desastre, que lo lleven donde antes se levantó la Texas Instruments, que hizo de El Salvador un país exportador de componentes electrónicos. La Texas cerró al comprender lo que se venía encima, en gran parte por obra de Jimmy Carter: una agresión comunista enloquecida y el pillaje de los comunitaristas.

 

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