(Primera parte)
Faltaban pocos segundos para que terminara el partido cuando Lenard Welch
anotó el único gol con el que Honduras ganó a El
Salvador. Era el 6 de junio de 1969. La guerra de Vietnam estaba en su
apogeo y las voces rebeldes de John Lennon y Paul McCartney cantaban Let
it be.
Estaba en Sexto Grado, en la Escuela Urbana Mixta General Francisco Morazán,
de Jocoro. La guerra era una cosa que sólo ocurría en la
tele, en Vietnam y en las clases de mi entrañable maestra Juana
Clelia de Moreno. Ella sabía contar con gracia y dramatismo el
momento cuando un anarquista mató al archiduque Francisco Fernando,
en Sarajevo, la chispa que desató la Primera Guerra Mundial. Pregunta
obligada en el examen de Estudios Sociales.
Desde 1967 las cosas con Honduras no estaban nada bien. Constantemente
se informaba de cierta insatisfacción de las empresas hondureñas
por la invasión de productos salvadoreños a ese país.
De tanto en tanto ocurrían conatos y una que otra balacera en las
zonas fronterizas. Además 300 mil salvadoreños vivían
y trabajaban, muchos con gran éxito, en el vecino país.
Situación que no dejaba de incomodar en la tierra de Lempira.
Después del partido en el Nacional de Tegucigalpa, la leche estaba
a punto de hervir. El partido de vuelta se jugó en San Salvador
el 15 de junio de 1969, en medio de un tenso ambiente en el que comenzó
a mezclarse lo deportivo y un nacionalismo de pacotilla. El Estadio de
la Flor Blanca estaba a reventar. Los insultos contra los hondureños
desde los tendidos populares llevaban saña, odio y ponzoña.
Mientras tanto en Honduras, ese mismo domingo por la mañana, la
prensa había informado que una chusma de salvadoreños se
había apelotonado en las afueras del hotel donde se hospedaba su
selección, para armar un escándalo que no había dejado
dormir a los jugadores, para que jugaran desvelados. Se hablaba también
de agresiones a los aficionados que habían viajado a ver el partido.
De inmediato, a través de micrófono abierto, muchos hondureños
comenzaron a hacer llamados para atacar a ciudadanos salvadoreños
en aquel país.
La selección de El Salvador, con dos goles de Mon Martínez
y uno de Elmer Acevedo, liquidó el partido en los primeros 45 minutos.
Ganó El Salvador 3 a 0. Todo el país había seguido
el encuentro por la televisión en blanco y negro y a través
de la febril narración de radio que mezclaba goles con furibundos
ataques verbales a los catrachos.
Los aficionados que regresaron ese mismo día a Honduras por vía
terrestre se las vieron a palitos. Fueron insultados, vejados y hasta
apedreados a lo largo de la Carretera Panamericana hasta llegar a El Amatillo.
En Jocoro habían colocado un tres, hecho de cartón pintando
de rojo, encima de una llanta de tractor que simbolizaba el cero. También
les apedrearon.
Durante toda la semana, posterior al último partido se estuvo informando
a través de la radio de violentos ataques a los ciudadanos salvadoreños
en Honduras. Se informó que en Tegucigalpa había vehículos
que circulaban con calcomanías que decían: Sé
patriota, toma un leño y mata a un salvadoreño. Cobró
fama una banda paramilitar llamada La mancha brava, que se
encargaba de perseguir, golpear, desaparecer o matar a nuestros paisanos.
Luego del partido del desempate el 27 de junio en el estadio Azteca, de
México, en el cual de nuevo ganó El Salvador 3 a 2, con
goles de Pipo Rodríguez y Mon Martínez, comenzaron a llegar
caravanas de salvadoreños desde Honduras al país. Jocoro
está a sólo 24 kilómetros de la frontera con Honduras.
Los expulsados, como se les comenzó a llamar, llegaban
en camiones descapotados, cargando algunas de sus pertenencias: bultos
de ropa, alguna cocina, un radio de pilas y un cuadro del Corazón
de Jesús.
Primero eran unos pocos, luego decenas, centenares, miles. Venían
tristes, llorosos y muchos con la pena de no saber lo que había
pasado con algún familiar querido. Ellos que se habían ido
sin nada, a rodar tierra, que a fuerza de trabajo tesonero habían
logrado prosperar, regresaban a la tierra que los vio nacer, otra vez
sin nada. El sempiterno alcalde del pueblo, Luis Lago, mejor conocido
como don Lico, se tomó la tarea de recibir personalmente a los
compatriotas para darles la bienvenida y un poco de consuelo.
Don Lico organizó refugios temporales en la misma alcaldía
y la casa comunal. Los jocoreños, solidarios, donaban ropa y víveres
a la interminable columna que venía desde Honduras. Las nubes grises
de ese invierno le daban a aquella situación un aire de mayor aflicción.
Un día de malos presagios, el alcalde recibió a una mujer
que venía sola y con varios hijos. Ella contó entre lágrimas
que su marido andaba huyendo por las veredas de Choluteca, porque le buscaban
como agua de mayo, y que ella era testigo de que La
macha brava agarraba a los niños salvadoreños a patadas,
gritando gol de Mon Martínez.
Don Lico, alto y flaco y con cara de circunstancias, miró con ojos
humedecidos a la mujer, luego se dirigió a los curiosos que allí
estábamos apelotonados y dijo: no se aflijan, que les vamos
a declarar la guerra. Iba a ser, para mí, la primera guerra.
*Columnista de El Diario de Hoy.