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Crónicas del Siglo XX
La primera guerra

Don Lico, alto y flaco y con cara de circunstancias, miró con ojos humedecidos a la mujer, luego se dirigió a los curiosos que allí estábamos y dijo: “no se aflijan, que les vamos a declarar la guerra”

Publicada 24 de junio 2004, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

marvingaleas@yahoo.com. mx

(Primera parte)

Faltaban pocos segundos para que terminara el partido cuando Lenard Welch anotó el único gol con el que Honduras ganó a El Salvador. Era el 6 de junio de 1969. La guerra de Vietnam estaba en su apogeo y las voces rebeldes de John Lennon y Paul McCartney cantaban Let it be.

Estaba en Sexto Grado, en la Escuela Urbana Mixta General Francisco Morazán, de Jocoro. La guerra era una cosa que sólo ocurría en la tele, en Vietnam y en las clases de mi entrañable maestra Juana Clelia de Moreno. Ella sabía contar con gracia y dramatismo el momento cuando un anarquista mató al archiduque Francisco Fernando, en Sarajevo, la chispa que desató la Primera Guerra Mundial. Pregunta obligada en el examen de Estudios Sociales.

Desde 1967 las cosas con Honduras no estaban nada bien. Constantemente se informaba de cierta insatisfacción de las empresas hondureñas por la invasión de productos salvadoreños a ese país. De tanto en tanto ocurrían conatos y una que otra balacera en las zonas fronterizas. Además 300 mil salvadoreños vivían y trabajaban, muchos con gran éxito, en el vecino país. Situación que no dejaba de incomodar en la tierra de Lempira.

Después del partido en el Nacional de Tegucigalpa, la leche estaba a punto de hervir. El partido de vuelta se jugó en San Salvador el 15 de junio de 1969, en medio de un tenso ambiente en el que comenzó a mezclarse lo deportivo y un nacionalismo de pacotilla. El Estadio de la Flor Blanca estaba a reventar. Los insultos contra los hondureños desde los tendidos populares llevaban saña, odio y ponzoña.

Mientras tanto en Honduras, ese mismo domingo por la mañana, la prensa había informado que una chusma de salvadoreños se había apelotonado en las afueras del hotel donde se hospedaba su selección, para armar un escándalo que no había dejado dormir a los jugadores, para que jugaran desvelados. Se hablaba también de agresiones a los aficionados que habían viajado a ver el partido. De inmediato, a través de micrófono abierto, muchos hondureños comenzaron a hacer llamados para atacar a ciudadanos salvadoreños en aquel país.

La selección de El Salvador, con dos goles de Mon Martínez y uno de Elmer Acevedo, liquidó el partido en los primeros 45 minutos. Ganó El Salvador 3 a 0. Todo el país había seguido el encuentro por la televisión en blanco y negro y a través de la febril narración de radio que mezclaba goles con furibundos ataques verbales a los catrachos.

Los aficionados que regresaron ese mismo día a Honduras por vía terrestre se las vieron a palitos. Fueron insultados, vejados y hasta apedreados a lo largo de la Carretera Panamericana hasta llegar a El Amatillo. En Jocoro habían colocado un tres, hecho de cartón pintando de rojo, encima de una llanta de tractor que simbolizaba el cero. También les apedrearon.

Durante toda la semana, posterior al último partido se estuvo informando a través de la radio de violentos ataques a los ciudadanos salvadoreños en Honduras. Se informó que en Tegucigalpa había vehículos que circulaban con calcomanías que decían: “Sé patriota, toma un leño y mata a un salvadoreño”. Cobró fama una banda paramilitar llamada “La mancha brava”, que se encargaba de perseguir, golpear, desaparecer o matar a nuestros paisanos.

Luego del partido del desempate el 27 de junio en el estadio Azteca, de México, en el cual de nuevo ganó El Salvador 3 a 2, con goles de Pipo Rodríguez y Mon Martínez, comenzaron a llegar caravanas de salvadoreños desde Honduras al país. Jocoro está a sólo 24 kilómetros de la frontera con Honduras. Los “expulsados”, como se les comenzó a llamar, llegaban en camiones descapotados, cargando algunas de sus pertenencias: bultos de ropa, alguna cocina, un radio de pilas y un cuadro del Corazón de Jesús.

Primero eran unos pocos, luego decenas, centenares, miles. Venían tristes, llorosos y muchos con la pena de no saber lo que había pasado con algún familiar querido. Ellos que se habían ido sin nada, a rodar tierra, que a fuerza de trabajo tesonero habían logrado prosperar, regresaban a la tierra que los vio nacer, otra vez sin nada. El sempiterno alcalde del pueblo, Luis Lago, mejor conocido como don Lico, se tomó la tarea de recibir personalmente a los compatriotas para darles la bienvenida y un poco de consuelo.

Don Lico organizó refugios temporales en la misma alcaldía y la casa comunal. Los jocoreños, solidarios, donaban ropa y víveres a la interminable columna que venía desde Honduras. Las nubes grises de ese invierno le daban a aquella situación un aire de mayor aflicción. Un día de malos presagios, el alcalde recibió a una mujer que venía sola y con varios hijos. Ella contó entre lágrimas que su marido andaba huyendo por las veredas de Choluteca, porque le buscaban “como agua de mayo”, y que ella era testigo de que “La macha brava” agarraba a los niños salvadoreños a patadas, gritando “gol de Mon Martínez”.
Don Lico, alto y flaco y con cara de circunstancias, miró con ojos humedecidos a la mujer, luego se dirigió a los curiosos que allí estábamos apelotonados y dijo: “no se aflijan, que les vamos a declarar la guerra”. Iba a ser, para mí, la primera guerra.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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