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Palabras
Señores del concejo: ¡no cierren "La Luna"!

Como el poeta Huezo Mixco, pido al concejo del municipio no cerrar la “Luna, bar-café”. Un templo profano de bohemios soñadores, donde se rinde culto a la música, a la poesía y al teatro.

Publicada 24 de junio 2004, El Diario de Hoy

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy

pintorbalaguer@hotmail.com

Un decibelio más o uno menos no será la causa de su injusto cierre. Que no se vaya la luna de esta noche urbanita. Que no amanezca el día de los que nunca sueñan y que se quede brillando la mística luna de los trovadores.

En este desierto fabuloso, donde los artistas no tienen a veces qué comer ni qué soñar, la cultura se ha ido a los bares y cafés.

Y es desde allí —en esos improvisados proscenios y teatros de intelectuales, amantes del arte y vagos del amor— que se proyecta la música y el arte dramático de nuestro renacimiento cultural post guerra.

Los pintores venden como fenicios sus cuadros, porque son mercancía tangible, inversión y plus valía. Pero los músicos y poetas ¿qué tienen qué vender sino sus sueños, canciones y pájaros de algún amanecer de la ilusión?

Yo sé que en un valle de sombras de la cultura, como éste, los artistas se tienen que reunir —como los antiguos cristianos— en prohibidas sinagogas, en secretas catacumbas o en bares clandestinos de la cultura para expresar su arte. Y sé que debe callar el arte y vociferar la multitud que ya no sueña en la eterna vigilia de su hastío. Que debe bajar el volumen de la música para poder oír el susurro de los corazones o el sonar de las sirenas fabriles. Pero por hoy, respetables señores del gobierno municipal, les pido como mi buen amigo Miguel, que no se apague la “Luna”.


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Democracias

No existe democracia en la que los partidos opositores, si se lo proponen, son capaces de paralizar a un país y hasta llevarlo a un caos institucional y social. Lo podrían hacer los demócratas en los Estados Unidos; el PP, en España, y los socialistas japoneses.

Pero no lo hacen por dos fundamentales razones: la primera, que sus dirigentes no sufren de problemas mentales; la segunda, que los partidos y los ciudadanos anteponen sus intereses al bienestar general y al progreso de sus respectivas patrias.

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