El Diario de Hoy
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Desde que inició la subversión comunista a mediados de
la Década de los años Sesenta, El Salvador fue convirtiéndose
en el país más armado y más violento de Hispanoamérica,
sin que se le vea un término a este calvario. Hasta esa época
la gente podía transitar a cualquier hora y sin riesgo por todos
los rumbos de las ciudades, fuera de unos pocos puntos cercanos a ruidosas
cantinas. Pero ahora no hay calle o vecindario seguro, aunque unos son
más peligrosos que otros.
De acuerdo con estadísticas publicadas por MAS!, hay ciento noventa
mil armas registradas en el país y se desconoce cuántas
son las no registradas, clandestinas. Nadie sabe el número de armas
que entran ilegales cada mes, ni cuántas fueron encuevadas por
la guerrilla previo a la firma de los llamados acuerdos de paz.
Los comunistas no desmantelaron sus bandas de asesinos, los comandos
urbanos, sino que enterraron armas tanto aquí en El Salvador
como en Nicaragua, donde un arsenal, el llamado Buzón de
Santa Rosa, estalló, poniendo al descubierto un enorme arsenal
y listados de secuestrables en varios países del hemisferio.
¿Cómo resolver semejante problema? Después de una
guerra lo normal es que queden muchas armas escondidas; también
es costumbre que las autoridades fusilen en el acto al que encuentran
in fraganti con una de ellas. Sin llegar a medidas draconianas a ese extremo,
se aplica mucho rigor a los poseedores de armas que carezcan de permiso;
en Nueva York, la pena son varios años de cárcel si se porta
el arma en un lugar público. De aplicarse semejante castigo en
El Salvador, un par de centenares de miles de personas irían al
bote.
Ya hubo un inteligente aquí que propuso eliminar las armas comenzando
por las registradas, pues se tienen a mano la dirección,
el teléfono y todos los datos. Es decir, comenzar con los
honrados, seguir con una parte de los malhechores y olvidarse de los que
tienen los alijos de armas bajo tierra. ¡Gran fiesta de asaltantes,
secuestradores, robacarros, mareros y toda suerte de maleantes!
O como se dice en Estados Unidos, cuando las armas se declaran fuera
de la ley, sólo los individuos fuera de la ley las tienen.
O pasan insomnes o están muertos
El peliagudo problema, empero, es que en lugar de contratar a una
empresa profesional para registrar y mantener la información sobre
las armas, se designó a una oficina burocrática que ha hecho
muy mediocremente su trabajo. Quienes la visitan cuentan historias de
horror, como cajas de proyectiles sin clasificar y que ni la cohorte celestial
podría hacerlo. Pese a ello los permisos se extienden, se renuevan
y al menos hay manera, cuando alguien se lo propone, de averiguar con
cierta probabilidad, de dónde salió la bala.
Muchísima gente honrada anda armada, porque en nuestras ciudades,
calles, barriadas, fincas y caminos rurales pululan los criminales. Además,
en el caso de las maras, hay grupos de derechos humanos y
juzgadores que les protegen, o que al menos no duermen cuando no les queda
otro remedio que mandar a los bandoleros a la cárcel. Si no les
encierran, entonces los insomnes son los pobres vecinos, los pagadores
de planillas, los choferes de buses, los dueños de gasolineras.
Insomnes o difuntos.