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Un verde lugar, refugio de enamorados

Publicada 23 de junio 2004, El Diario de Hoy

La columna de
Óscar Tenorio
El Diario de Hoy

metro@elsalvador.com

El parque Cuscatlán está, otra vez, rejuvenecido. Y aunque los administradores insistan en que ese es un recinto familiar, la historia del lugar es otra, la de los romances furtivos y los amantes consumados.

No es difícil encontrar las marcas de amores lejanos. En los troncos de los árboles, aún se aprecian, como las huellas de un sitio prehispánico, garabatos que simulan corazones. En medio, se leen iniciales como “O y S”, que bien pudieron ser Ovidio y Silvia, Orlando y Sonia o Omar y Susana.

En otro árbol no muy lejano, están las huellas más frescas, de un pasado inmediato, que bien pudo haber sido hace dos días o una semana.

A pesar de las distancias, la marca sigue siendo la misma, un corazón que arropa las iniciales “B y Y”, que bien pudieron ser Bryan (Brayan) y Yamileth, Brandon y Yanci o Byron (Bayron) y Yesenia.

En otras esquinas, como la que está entre la 25a. Avenida Sur y la Sexta-Décima, no existen huellas, sólo recuerdos.

Como la de aquella pareja que murió abrazada, a la par de un árbol, justo cuando caía una tormenta vespertina.

En los precisos momentos que los consumía la pasión, un rayo los sorprendió. Cuando los reconocieron, sus rostros no tenían ningún atisbo de dolor, sino de gozo, puro y eterno.

Por las polvosas calles del recinto, ya no deambulan los tristes caballos, esos en los que paseaban pequeños aventureros, que jugaban a ser “llaneros solitarios”.

Hoy, los únicos que caminan de un lado para otro, son los agentes del CAM, quienes procuran mantener el orden y el decoro. Como si fueran árbitros de lucha libre, separan a cada momento, a parejas que están pasadas de manos.

Al otro lado, al costado norte, están otras huellas. Son centenares de nombres, grabados sobre una placa, en memoria de los desaparecidos durante el conflicto armado. Ante todo, el amor.

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