Oscar Rodríguez Blanco,
s, d, b.*
El Diario de Hoy
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El 29 de junio se celebra la fiesta del Apóstol San Pedro, el
príncipe de los apóstoles, y el primer Papa de la Iglesia
que recibió directamente de Cristo la suprema potestad pontificia.
Fue elegido por Cristo para ser pescador de hombres y jefe de su Iglesia.
Fue obispo de Antioquia y después pasó a ser obispo de Roma.
Murió martirizado durante la persecución de Nerón,
alrededor del año 67. La tradición dice que por humildad
pidió ser crucificado boca abajo. Está sepultado en el Vaticano
bajo el altar de la Basílica que lleva su nombre.
San Mateo nos cuenta que un día, mientras Jesús caminaba
por las orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón Pedro
y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar. Fijándose
en ellos les llamó y les dijo: Síganme, y yo los haré
pescadores de hombres, y ellos, abandonando sus redes le siguieron
de inmediato.
No era tan fácil para aquellos rudos pescadores abandonar su medio
de subsistencia y su familia, para seguir a Jesús, que en ese momento
no les prometía nada en concreto. La llamada de Dios es misteriosa
y de seguro la predicación de Jesús ya estaba muy dentro
de sus corazones y en él ya se sentían seguros.
Han pasado los siglos y el mundo sigue reconociendo los méritos
de aquel humilde pescador de Galilea, que hizo mucho teniendo muy poco,
era un hombre acostumbrado a las faenas del mar, con virtudes y defectos;
no tenía ninguna preparación intelectual, ni era económicamente
poderoso, era simplemente un pescador.
Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Él elige a quien quiere,
como quiere y donde quiere. El Señor que le dio sus dones gratuitamente,
sin previos merecimientos, le invita a dar una respuesta más profunda
que le lleva a asegurar su propia realización.
Un día, en Cesarea de Filipo, Jesús caminaba en compañía
de sus discípulos y en un momento que ellos no esperaban les hace
esta pregunta: ¿Quién dice la gente que es el Hijo
de Hombre? Ellos le respondieron: Unos dicen que es Juan el
Bautista; algunos, que Elías; otros que Jeremías o uno de
los profetas. Eran respuestas positivas que sólo se consideraban
relacionadas con los hombres más espirituales y sobresalientes
de la Historia de Israel. Jesús insiste y les pregunta directamente:
Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?. Ante esta
pregunta, Pedro, inspirado como nunca, se hace voz en nombre de todos
sus compañeros y le contesta: Tú eres el Cristo, el
Hijo de Dios vivo.
El apóstol estaba proclamando muy convencido la divinidad de Jesús
no era simplemente un maestro más de Israel, era el verdadero Hijo
de Dios, el Mesías prometido. La respuesta de Jesús fue
ésta: Bienaventurado eres Simón Pedro, hijo de Jonás,
porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre,
que está en los cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro y
sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno
no prevalecerán sobre ella. Y a ti te daré las llaves del
reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en
el cielo, lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los
cielos (MT.16, 13-20).
Entregarle las llaves significaba conferirle plena potestad para atar
y desatar, que sería el plenipotenciario de Dios en la Tierra.
Jesús, en otra ocasión había hablado del hombre prudente
que levanta su casa sobre roca y del insensato que la levanta sobre arena.
Pedro es como una roca fuerte sobre la cual se levanta la Iglesia fundada
por Cristo. Podrán soplar los vientos y las lluvias, vendrán
las tempestades que provoca el maligno, pero la Iglesia no caerá
jamás, pues es la obra de Dios y no de los hombres.
La Iglesia está llevada por hombres de carne y de hueso, con virtudes
y defectos, pero así lo ha querido Dios y es su espíritu
quien la guía e ilumina para que pueda orientar a todo hombre que
peregrina hacia el Reino definitivo de Dios. El mismo Pedro cayó
muy bajo cuando negó al Señor, pero se arrepintió
y Cristo le hizo guardián de las llaves del reino de los cielos.
Entregarle las llaves no era un privilegio personal. Pedro sería
el primero de una serie de hombres a quienes pasarían las mismas
promesas y poderes. Cristo es el que sigue siendo la cabeza insustituible,
los demás son sus vicarios. No todos mueren crucificados,
pero todos viven en la cruz. Es admirable el ejemplo que nos da Juan Pablo
II, el auténtico sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, que al no
bajarse de la cruz sigue siendo para nosotros un testimonio de amor y
fidelidad a la Iglesia.
*Párroco de la iglesia de María
Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com