elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Una mirada de fe
Tú eres Pedro

La Iglesia es llevada por hombres de carne y de hueso, con virtudes y defectos, pero así lo ha querido Dios y es su espíritu quien la guía e ilumina para que pueda orientar a quien peregrina hacia su Reino.

Publicada 20 de junio 2004, El Diario de Hoy

Oscar Rodríguez Blanco, s, d, b.*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

El 29 de junio se celebra la fiesta del Apóstol San Pedro, el príncipe de los apóstoles, y el primer Papa de la Iglesia que recibió directamente de Cristo la suprema potestad pontificia. 

Fue elegido por Cristo para ser pescador de hombres y jefe de su Iglesia. Fue obispo de Antioquia y después pasó a ser obispo de Roma. Murió martirizado durante la persecución de Nerón, alrededor del año 67. La tradición dice que por humildad pidió ser crucificado boca abajo. Está sepultado en el Vaticano bajo el altar de la Basílica que lleva su nombre.

San Mateo nos cuenta que un día, mientras Jesús caminaba por las orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón Pedro y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar. Fijándose en ellos les llamó y les dijo: “Síganme, y yo los haré pescadores de hombres”, y ellos, abandonando sus redes le siguieron de inmediato.

No era tan fácil para aquellos rudos pescadores abandonar su medio de subsistencia y su familia, para seguir a Jesús, que en ese momento no les prometía nada en concreto. La llamada de Dios es misteriosa y de seguro la predicación de Jesús ya estaba muy dentro de sus corazones y en él ya se sentían seguros.

Han pasado los siglos y el mundo sigue reconociendo los méritos de aquel humilde pescador de Galilea, que hizo mucho teniendo muy poco, era un hombre acostumbrado a las faenas del mar, con virtudes y defectos; no tenía ninguna preparación intelectual, ni era económicamente poderoso, era simplemente un pescador.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Él elige a quien quiere, como quiere y donde quiere. El Señor que le dio sus dones gratuitamente, sin previos merecimientos, le invita a dar una respuesta más profunda que le lleva a asegurar su propia realización.

Un día, en Cesarea de Filipo, Jesús caminaba en compañía de sus discípulos y en un momento que ellos no esperaban les hace esta pregunta: “¿Quién dice la gente que es el Hijo de Hombre?” Ellos le respondieron: “Unos dicen que es Juan el Bautista; algunos, que Elías; otros que Jeremías o uno de los profetas”. Eran respuestas positivas que sólo se consideraban relacionadas con los hombres más espirituales y sobresalientes de la Historia de Israel. Jesús insiste y les pregunta directamente: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Ante esta pregunta, Pedro, inspirado como nunca, se hace voz en nombre de todos sus compañeros y le contesta: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

El apóstol estaba proclamando muy convencido la divinidad de Jesús no era simplemente un maestro más de Israel, era el verdadero Hijo de Dios, el Mesías prometido. La respuesta de Jesús fue ésta: “Bienaventurado eres Simón Pedro, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán sobre ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, lo que desates sobre la tierra quedará desatado en los cielos” (MT.16, 13-20).

Entregarle las llaves significaba conferirle plena potestad para atar y desatar, que sería el plenipotenciario de Dios en la Tierra. Jesús, en otra ocasión había hablado del hombre prudente que levanta su casa sobre roca y del insensato que la levanta sobre arena. Pedro es como una roca fuerte sobre la cual se levanta la Iglesia fundada por Cristo. Podrán soplar los vientos y las lluvias, vendrán las tempestades que provoca el maligno, pero la Iglesia no caerá jamás, pues es la obra de Dios y no de los hombres.

La Iglesia está llevada por hombres de carne y de hueso, con virtudes y defectos, pero así lo ha querido Dios y es su espíritu quien la guía e ilumina para que pueda orientar a todo hombre que peregrina hacia el Reino definitivo de Dios. El mismo Pedro cayó muy bajo cuando negó al Señor, pero se arrepintió y Cristo le hizo guardián de las llaves del reino de los cielos.

Entregarle las llaves no era un privilegio personal. Pedro sería el primero de una serie de hombres a quienes pasarían las mismas promesas y poderes. Cristo es el que sigue siendo la cabeza insustituible, los demás son sus “vicarios”. No todos mueren crucificados, pero todos viven en la cruz. Es admirable el ejemplo que nos da Juan Pablo II, el auténtico sucesor de Pedro y Vicario de Cristo, que al no bajarse de la cruz sigue siendo para nosotros un testimonio de amor y fidelidad a la Iglesia.

*Párroco de la iglesia de María Auxiliadora (Don Rúa).
e-mail: osrobla@hotmail.com

elsalvador.com WWW