 |
| Este agente no permitió el ingreso de
esta humilde mujer, Lilian Amagdalí, pese a que le mostró
una y otra vez la invitación que le habían enviado.
Foto EDH/Arturo Silva |
Óscar Tenorio
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
La de ayer fue una ceremonia tan intensa y colorida, como la mañana
misma, despejada y calurosa. La actividad transcurrió entre la
solemnidad y el festejo, entre las presencias, las ausencias y los retrasos.
Justo a las 9:53 de la mañana, Antonio Saca juró como Presidente
de la República. Los abrazos, los agradecimientos y las lágrimas
fueron acompañados por los aplausos y los cañonazos de salva
que explotaron en los alrededores y que estremecieron el recinto del Anfiteatro
de la Feria Internacional.
Ese fue el apogeo de una actividad que había iniciado a las 8:52
de la mañana, con 22 minutos de retraso. El riguroso instructivo
que había sido repartido días antes, insistía en
el orden y la puntualidad. Los periodistas, por ejemplo, debieron aguardar
en los puestos indicados, desde las 6:00 de la mañana.
A muchos de los invitados Dios les ayudó, porque madrugaron. Llegaron
temprano, a las 7:00 de la mañana, como lo indicaban las tarjetas
de invitación, y lograron los mejores asientos, con una buena panorámica
y un mayor sosiego.
Otros, que también fueron muchos, llegaron tarde, como ya es costumbre.
A tropezones, como el extraviado en la jungla, entraron al recinto, que
ya estaba repleto.
 |
| Fuera de lo común, ellos llegaron puntual
a la cita, tal como les habían convocado. Gracias a eso, ocuparon
un buen puesto. Foto EDH/Mauricio Castro |
Ya a las 8:20, justo cuando el presentador pedía orden para iniciar
la ceremonia, los tardistas se rebuscaban para obtener una
silla vacía o una buena posición que no le tapara la vista
a otro, para atestiguar tan importante acontecimiento.
Sin embargo, algunos no tuvieron más opción que colocarse
en las partes altas del anfiteatro, en los palomares, desde
donde el nuevo mandatario se miraba tan pequeño como una figura
de plástico.
Eso fue algo así como presenciar un partido de la Primera División
de Fútbol, desde la lomita que está contigua al estadio
Cuscatlán.
Durante la jornada tampoco hizo falta el calor, el hambre, la impaciencia
y los quebrantos.
Para aliviar la calorina, las damas precavidas sacaron sus coloridos abanicos,
mientras que otras se socorrieron con las tarjetas de invitación.
Lo importante era darse viento.
Mitigaron el hambre con los chicles y con las galletas que les vendió
una humilde mujer, que apareció entre la distinguida muchedumbre.
Y aunque según el protocolo la actividad iba a concluir hasta
que se retirara el último funcionario de Estado y diplomáticos,
muchos se marcharon cuando el Presidente Saca terminó de hablar.
De la misma manera, el evento terminó como inició, entre
el desorden y el calor.
Percances
- Más de uno de los asistentes se desmayó, debido al cansancio.
Fueron asistidos por paramédicos del Hospital Militar.
- Justo cuando el pastor evangélico Edgar López Bertrand
oraba, falló el sistema de sonido y no se escuchó lo que
decía. Momentos después, retomó la palabra.
Extraviados
- El maestro de ceremonias le cambió el nombre y el cargo al diputado
Francisco Merino, vicepresidente de la Asamblea Legislativa. Le llamó
Federico Merino, secretario.
- Berta Alicia y Marcela González, tías de Antonio Saca,
habían quedado extraviadas en la parte alta del Anfiteatro. Se
sentían abandonadas, hasta que una bondadosa periodista les llevó
hasta donde un edecán, quien les trató como se lo merecían.
- Muchos de los invitados, quienes procedían del interior de la
República, entraron en grupo, como los pollitos, para
no extraviarse.
 |
| Roxana Elizabeth logró ubicarse en la
entrada de la Feria, luego de pasar varios retenes. Foto
EDH/Lissette Moreno |
¡Los chicles, los dulces, qué le damos...!
Roxana Elizabeth Paniagua es el mejor ejemplo de las trabajadoras tenaces
a las que se refirió el nuevo mandatario de la República.
Muy temprano, logró pasar todos los controles que había
montado la policía, al menos unos 33 kilómetros a la redonda,
hasta que logró instalarse con su venta en la entrada de la Feria
Internacional.
El pequeño canasto, repleto de dulces y galletas, lo colocó
a un costado de la improvisada pasarela, por donde desfilaban los elegantes
invitados. Ella era la única en la zona.¡Chicles, dulces,
qué le damos...!.
Roxana salió de su casa, en San Antonio Abad, a las 5:30 de la
mañana. Logró llegar en autobús hasta la intersección
entre el Paseo General Escalón y la 79a. Avenida Sur, en la esquina
del Almacén Kismet. Allí topó.
Le dije a un policía que quería venir a vender. Le
enseñé la mercadería y me dejó pasar,
relató la mujer, quien era acompañada por su pequeño
hijo. Caminaron desde allí hasta la entrada de la Feria Internacional.
Más tarde, cuando Antonio Saca agradecía a Dios por la presidencia,
ella hacía lo mismo por la buena venta. ¡Chicles,
dulces...