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[Ausencias y presencias]
Los testigos de una calurosa ceremonia

Más allá del protocolo y la solemnidad a seguir, el traspaso de mando se caracterizó por el entusiasmo y el júbilo de la mayoría de asistentes

Publicada 2 de junio 2004, El Diario de Hoy

Este agente no permitió el ingreso de esta humilde mujer, Lilian Amagdalí, pese a que le mostró una y otra vez la invitación que le habían enviado. Foto EDH/Arturo Silva

Óscar Tenorio
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

La de ayer fue una ceremonia tan intensa y colorida, como la mañana misma, despejada y calurosa. La actividad transcurrió entre la solemnidad y el festejo, entre las presencias, las ausencias y los retrasos.

Justo a las 9:53 de la mañana, Antonio Saca juró como Presidente de la República. Los abrazos, los agradecimientos y las lágrimas fueron acompañados por los aplausos y los cañonazos de salva que explotaron en los alrededores y que estremecieron el recinto del Anfiteatro de la Feria Internacional.

Ese fue el apogeo de una actividad que había iniciado a las 8:52 de la mañana, con 22 minutos de retraso. El riguroso instructivo que había sido repartido días antes, insistía en el orden y la puntualidad. Los periodistas, por ejemplo, debieron aguardar en los puestos indicados, desde las 6:00 de la mañana.

A muchos de los invitados Dios les ayudó, porque madrugaron. Llegaron temprano, a las 7:00 de la mañana, como lo indicaban las tarjetas de invitación, y lograron los mejores asientos, con una buena panorámica y un mayor sosiego.

Otros, que también fueron muchos, llegaron tarde, como ya es costumbre. A tropezones, como el extraviado en la jungla, entraron al recinto, que ya estaba repleto.

Fuera de lo común, ellos llegaron puntual a la cita, tal como les habían convocado. Gracias a eso, ocuparon un buen puesto. Foto EDH/Mauricio Castro

Ya a las 8:20, justo cuando el presentador pedía orden para iniciar la ceremonia, los tardistas “se rebuscaban” para obtener una silla vacía o una buena posición que no le tapara la vista a otro, para atestiguar tan importante acontecimiento.

Sin embargo, algunos no tuvieron más opción que colocarse en las partes altas del anfiteatro, “en los palomares”, desde donde el nuevo mandatario se miraba tan pequeño como una figura de plástico.

Eso fue algo así como presenciar un partido de la Primera División de Fútbol, desde la lomita que está contigua al estadio Cuscatlán.

Durante la jornada tampoco hizo falta el calor, el hambre, la impaciencia y los quebrantos.
Para aliviar la calorina, las damas precavidas sacaron sus coloridos abanicos, mientras que otras se socorrieron con las tarjetas de invitación. Lo importante era darse viento.

Mitigaron el hambre con los chicles y con las galletas que les vendió una humilde mujer, que apareció entre la distinguida muchedumbre.

Y aunque según el protocolo la actividad iba a concluir hasta que se retirara el último funcionario de Estado y diplomáticos, muchos se marcharon cuando el Presidente Saca terminó de hablar. De la misma manera, el evento terminó como inició, entre el desorden y el calor.

Percances

- Más de uno de los asistentes se desmayó, debido al cansancio. Fueron asistidos por paramédicos del Hospital Militar.
- Justo cuando el pastor evangélico Edgar López Bertrand oraba, falló el sistema de sonido y no se escuchó lo que decía. Momentos después, retomó la palabra.

Extraviados

- El maestro de ceremonias le cambió el nombre y el cargo al diputado Francisco Merino, vicepresidente de la Asamblea Legislativa. Le llamó Federico Merino, secretario.
- Berta Alicia y Marcela González, tías de Antonio Saca, habían quedado extraviadas en la parte alta del Anfiteatro. Se sentían abandonadas, hasta que una bondadosa periodista les llevó hasta donde un edecán, quien les trató como se lo merecían.
- Muchos de los invitados, quienes procedían del interior de la República, entraron en grupo, como “los pollitos”, para no extraviarse.

Roxana Elizabeth logró ubicarse en la entrada de la Feria, luego de pasar varios retenes. Foto EDH/Lissette Moreno

“¡Los chicles, los dulces, qué le damos...!”

Roxana Elizabeth Paniagua es el mejor ejemplo de las trabajadoras tenaces a las que se refirió el nuevo mandatario de la República. Muy temprano, logró pasar todos los controles que había montado la policía, al menos unos 33 kilómetros a la redonda, hasta que logró instalarse con su venta en la entrada de la Feria Internacional.

El pequeño canasto, repleto de dulces y galletas, lo colocó a un costado de la improvisada pasarela, por donde desfilaban los elegantes invitados. Ella era la única en la zona.“¡Chicles, dulces, qué le damos...!”.

Roxana salió de su casa, en San Antonio Abad, a las 5:30 de la mañana. Logró llegar en autobús hasta la intersección entre el Paseo General Escalón y la 79a. Avenida Sur, en la esquina del Almacén Kismet. Allí topó.

“Le dije a un policía que quería venir a vender. Le enseñé la mercadería y me dejó pasar”, relató la mujer, quien era acompañada por su pequeño hijo. Caminaron desde allí hasta la entrada de la Feria Internacional.

Más tarde, cuando Antonio Saca agradecía a Dios por la presidencia, ella hacía lo mismo por la buena venta. “ ¡Chicles, dulces...”


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