elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

[Las primeras horas]
Los Saca se despiertan temprano

El gobernante se desayunó unos trozos de papaya con una taza de humeante café

Publicada 2 de junio 2004, El Diario de Hoy

Llegó la hora. La primera pareja de la nación se dispone a abandonar la vivienda. Foto EDH/Javier Aparicio

Ciro Granados
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

A las cinco de la mañana, en la casa de los Saca, Remberto Rivera –el milusos de la familia– se percató de que no había escuchado la alarma del reloj. Se levantó presuroso y le dijo a doña Eva que despertara a los patrones. –¡Nos agarró el día! –respondió Tony desde la cama. Él y su esposa, Ana Ligia, se desperezaron durante unos minutos y después empezaron a leer los periódicos.

Lo primero que sintió Saca, antes de que rayara el alba, fue una mezcla de sentimientos encontrados. Por una parte estaba la emoción del día en que sería juramentado Presidente; por otra, el reto de satisfacer a los salvadoreños.

Mientras ellos iniciaban su jornada, se bañaban y vestían para la cita en la Feria Internacional, los periodistas fuimos llegando a la puerta de su casa.

–Dice don Tony que pase –me indica uno de los vigilantes mientras sus compañeros lavan la camioneta Toyota Land Cruiser, beige, en que se transportará la familia. Es temprano, apenas pasan de las seis.

Al entrar a la casa se percibe un ambiente cálido que se perfuma con el aroma de los huevos con vegetales y los frijoles fritos que prepara doña Elizabeth Silva –Eli, la cocinera–.
Remberto nos indica, con amabilidad, que podemos esperar en la terraza y pregunta si se nos ofrece algo de beber. Se puede escoger entre Coca Cola, jugo de naranja, o café.

Cuando la comida termina de cocerse, Eli sale de prisa a planchar una falda de doña Ana Ligia. Luego emprende otra carrera por los 13 escalones de madera que llevan a la segunda planta. Minutos después, a las 6:23, entra a casa un personaje vestido de negro.
Es Carlos, quien ha llegado a maquillar a la Primera Dama. Ella sale de una habitación, saluda a los periodistas que acechamos en la escalera y se dirige a una terracita para dejarse en manos del profesional.

Los chicos se han adelantado. Mientras su padre consume más de hora y media en afeitarse y vestirse con el traje azul, camisa blanca, mancuernillas de oro, corbata celeste y zapatos negros, ellos van de un cuarto a otro y se enfundan en sus trajes.

Lista. La Primera Dama hizo su aparición acompañada por Gerardo, su hijo mayor. Foto EDH/Javier Aparicio

Cuando menos lo esperamos, Eli sale de una habitación, lista, con un vestido de tono rosado y la cara rejuvenecida por los polvos de maquillar. Aún no han dado las siete cuando la casa se vuelve un hervidero de gente.

Llegan los asistentes de comunicaciones de Saca y, todavía sin creerlo, una de ellas pregunta si tenemos permiso para estar dentro. –Llegaste tarde, mamita –digo entre dientes.

El ajetreo se vuelve más intenso y, justo después de que ha pasado enfrente de la casa un “carro evangélico” con el conductor diciendo que a los gobernantes los elige Dios, el barullo de los fotoperiodistas nos indica que Saca ha aparecido. Son las 7:32.

Tony se dirige a la terraza y nos cuenta que se acostó tarde, pasada la medianoche, porque se quedó revisando el discurso. Habla sobre que antenoche no se pudo aprobar el
Presupuesto, pero que las cosas cambiarán para 2005. Se sienta y empieza a tocar los más variados temas: que el traje es regalado, que las mancuernillas serán un tesoro histórico para la familia y que sí, está bien, Rosario, voy a atender a Radio Caracol. Hace el enlace telefónico y, tiempo después, aparece su esposa en escena.

Acompañado por su familia, el Presidente electo se dirige hacia el Anfiteatro. En sus manos lleva una copia del discurso que ha de dirigir a los salvadoreños. Foto EDH/Javier Aparicio

–Un beso pues –le incito. Él obedece de muy buen gusto y remata con un “vieras que nos damos muchos besos”. Reímos con la ocurrencia.
En la terraza se habla de política, de la elección masiva y de que Christian (quien ha pedido que se escriba su nombre con “h” intercalada), el menor de los hijos, quiere que su padre le construya casas a los pobres y le dé educación a los niños salvadoreños.

El tiempo vuela. De repente, Saca se levanta, se disculpa y se retira. Quedamos en manos de su esposa.

El vestido –de dos piezas– se lo compró hecho, los niños ya están aleccionados, el piso de la nueva residencia se está cambiando. Las frases se suceden al compás del traqueteo de las cámaras. La señora de Saca dice que poco a poco se acostumbrará a ellas y que se siente un tanto nerviosa por el nuevo trabajo que le ha deparado el destino. –Permítanme, voy a tomar un poco de café –dice.

Otra vez, los periodistas nos quedamos solos. Son las ocho de la mañana y la hora de partir se acerca. Remberto se ha embutido en un traje azul, y en las afueras de la casa se alistan los autos de la caravana. A las 8:27, la familia se sube a la camioneta.

Minutos más tarde, Saca llega a la Feria. Le esperan los dignatarios invitados con quienes departe por casi media hora. Después se irá a recibir la presidencia. Foto EDH/Javier Aparicio

Van a llegar pronto a la feria, donde les esperan los presidentes invitados. De ahí, saldrán hacia otra sala para aguardar el momento de su entrada triunfal al anfiteatro. Los esposos caminarán lento por la alfombra roja porque, como dice Ana Ligia, “esos momentos hay que disfrutarlos... porque suceden una vez en la vida”.

Ana Ligia, veinticinco minutos frente al espejo

Sin mayores preámbulos, Carlos Roberto Aguilar ha sacado todo su arsenal del bolso negro donde lleva los polvos, las bases, los blush y otros implementos para maquillar.
Así que cuando doña Ana Ligia le saluda con un beso, a las 6:25 de la mañana, todo está preparado en la pequeña mesa ubicada en la terraza interior de la casa.

Los fotoperiodistas aprovechan para tomar las primeras imágenes y, sin pudor alguno, acercan sus lentes al rostro de la Primera Dama en ciernes. –No me vaya a sacar las arrugas que tengo –le dice la señora de Saca a un fotógrafo de Casa Presidencial que no ha reparado en apuntarle su gran angular a escasos centímetros. El fotógrafo retrocede, entendiendo la amable, pero sólida indirecta.

Poco a poco, el matinal rostro se va transformando y matizando con los colores rosado salmón del traje. Con esmero y mano experta, Carlos aplica una base suave en todo el contorno.

Después se decide por un “blush” bronceado, el cual distribuye de abajo hacia arriba en los pómulos de Ana Ligia.

El lápiz labial, dice Carlos, es “bien suavecito, ah, y color coral”.
Cuando llega el momento de aplicar las sombras, el maquillista usa sus secretos y, con la maestría ganada en años de “trabajarle a la señora”, empieza a poner capas: primero, naranja; después, verde olivo; más tarde, café y, por último, beige,

–Sí, es maquillaje de varias marcas. Aquí hay Christian Dior, Max Factor, etcétera –remite.
A las 6:54, Ana Ligia está lista. Carlos contempla su obra y comienza a guardar sus polvos, satisfecho. Sabe bien que las cámaras han de hacerle honor a su pericia.


elsalvador.com WWW