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| Llegó la hora. La primera pareja de la
nación se dispone a abandonar la vivienda. Foto
EDH/Javier Aparicio |
Ciro Granados
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
A las cinco de la mañana, en la casa de los Saca, Remberto Rivera
el milusos de la familia se percató de que no había
escuchado la alarma del reloj. Se levantó presuroso y le dijo a
doña Eva que despertara a los patrones. ¡Nos agarró
el día! respondió Tony desde la cama. Él y
su esposa, Ana Ligia, se desperezaron durante unos minutos y después
empezaron a leer los periódicos.
Lo primero que sintió Saca, antes de que rayara el alba, fue una
mezcla de sentimientos encontrados. Por una parte estaba la emoción
del día en que sería juramentado Presidente; por otra, el
reto de satisfacer a los salvadoreños.
Mientras ellos iniciaban su jornada, se bañaban y vestían
para la cita en la Feria Internacional, los periodistas fuimos llegando
a la puerta de su casa.
Dice don Tony que pase me indica uno de los vigilantes mientras
sus compañeros lavan la camioneta Toyota Land Cruiser, beige, en
que se transportará la familia. Es temprano, apenas pasan de las
seis.
Al entrar a la casa se percibe un ambiente cálido que se perfuma
con el aroma de los huevos con vegetales y los frijoles fritos que prepara
doña Elizabeth Silva Eli, la cocinera.
Remberto nos indica, con amabilidad, que podemos esperar en la terraza
y pregunta si se nos ofrece algo de beber. Se puede escoger entre Coca
Cola, jugo de naranja, o café.
Cuando la comida termina de cocerse, Eli sale de prisa a planchar una
falda de doña Ana Ligia. Luego emprende otra carrera por los 13
escalones de madera que llevan a la segunda planta. Minutos después,
a las 6:23, entra a casa un personaje vestido de negro.
Es Carlos, quien ha llegado a maquillar a la Primera Dama. Ella sale de
una habitación, saluda a los periodistas que acechamos en la escalera
y se dirige a una terracita para dejarse en manos del profesional.
Los chicos se han adelantado. Mientras su padre consume más de
hora y media en afeitarse y vestirse con el traje azul, camisa blanca,
mancuernillas de oro, corbata celeste y zapatos negros, ellos van de un
cuarto a otro y se enfundan en sus trajes.
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| Lista. La Primera Dama hizo su aparición
acompañada por Gerardo, su hijo mayor. Foto
EDH/Javier Aparicio |
Cuando menos lo esperamos, Eli sale de una habitación, lista,
con un vestido de tono rosado y la cara rejuvenecida por los polvos de
maquillar. Aún no han dado las siete cuando la casa se vuelve un
hervidero de gente.
Llegan los asistentes de comunicaciones de Saca y, todavía sin
creerlo, una de ellas pregunta si tenemos permiso para estar dentro. Llegaste
tarde, mamita digo entre dientes.
El ajetreo se vuelve más intenso y, justo después de que
ha pasado enfrente de la casa un carro evangélico con
el conductor diciendo que a los gobernantes los elige Dios, el barullo
de los fotoperiodistas nos indica que Saca ha aparecido. Son las 7:32.
Tony se dirige a la terraza y nos cuenta que se acostó tarde, pasada
la medianoche, porque se quedó revisando el discurso. Habla sobre
que antenoche no se pudo aprobar el
Presupuesto, pero que las cosas cambiarán para 2005. Se sienta
y empieza a tocar los más variados temas: que el traje es regalado,
que las mancuernillas serán un tesoro histórico para la
familia y que sí, está bien, Rosario, voy a atender a Radio
Caracol. Hace el enlace telefónico y, tiempo después, aparece
su esposa en escena.
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| Acompañado por su familia, el Presidente
electo se dirige hacia el Anfiteatro. En sus manos lleva una copia
del discurso que ha de dirigir a los salvadoreños. Foto
EDH/Javier Aparicio |
Un beso pues le incito. Él obedece de muy buen gusto
y remata con un vieras que nos damos muchos besos. Reímos
con la ocurrencia.
En la terraza se habla de política, de la elección masiva
y de que Christian (quien ha pedido que se escriba su nombre con h
intercalada), el menor de los hijos, quiere que su padre le construya
casas a los pobres y le dé educación a los niños
salvadoreños.
El tiempo vuela. De repente, Saca se levanta, se disculpa y se retira.
Quedamos en manos de su esposa.
El vestido de dos piezas se lo compró hecho, los niños
ya están aleccionados, el piso de la nueva residencia se está
cambiando. Las frases se suceden al compás del traqueteo de las
cámaras. La señora de Saca dice que poco a poco se acostumbrará
a ellas y que se siente un tanto nerviosa por el nuevo trabajo que le
ha deparado el destino. Permítanme, voy a tomar un poco de
café dice.
Otra vez, los periodistas nos quedamos solos. Son las ocho de la mañana
y la hora de partir se acerca. Remberto se ha embutido en un traje azul,
y en las afueras de la casa se alistan los autos de la caravana. A las
8:27, la familia se sube a la camioneta.
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| Minutos más tarde, Saca llega a la Feria.
Le esperan los dignatarios invitados con quienes departe por casi
media hora. Después se irá a recibir la presidencia.
Foto EDH/Javier Aparicio |
Van a llegar pronto a la feria, donde les esperan los presidentes invitados.
De ahí, saldrán hacia otra sala para aguardar el momento
de su entrada triunfal al anfiteatro. Los esposos caminarán lento
por la alfombra roja porque, como dice Ana Ligia, esos momentos
hay que disfrutarlos... porque suceden una vez en la vida.
Ana Ligia, veinticinco minutos frente al espejo
Sin mayores preámbulos, Carlos Roberto Aguilar ha sacado todo
su arsenal del bolso negro donde lleva los polvos, las bases, los blush
y otros implementos para maquillar.
Así que cuando doña Ana Ligia le saluda con un beso, a las
6:25 de la mañana, todo está preparado en la pequeña
mesa ubicada en la terraza interior de la casa.
Los fotoperiodistas aprovechan para tomar las primeras imágenes
y, sin pudor alguno, acercan sus lentes al rostro de la Primera Dama en
ciernes. No me vaya a sacar las arrugas que tengo le dice
la señora de Saca a un fotógrafo de Casa Presidencial que
no ha reparado en apuntarle su gran angular a escasos centímetros.
El fotógrafo retrocede, entendiendo la amable, pero sólida
indirecta.
Poco a poco, el matinal rostro se va transformando y matizando con los
colores rosado salmón del traje. Con esmero y mano experta, Carlos
aplica una base suave en todo el contorno.
Después se decide por un blush bronceado, el cual distribuye
de abajo hacia arriba en los pómulos de Ana Ligia.
El lápiz labial, dice Carlos, es bien suavecito, ah, y color
coral.
Cuando llega el momento de aplicar las sombras, el maquillista usa sus
secretos y, con la maestría ganada en años de trabajarle
a la señora, empieza a poner capas: primero, naranja; después,
verde olivo; más tarde, café y, por último, beige,
Sí, es maquillaje de varias marcas. Aquí hay Christian
Dior, Max Factor, etcétera remite.
A las 6:54, Ana Ligia está lista. Carlos contempla su obra y comienza
a guardar sus polvos, satisfecho. Sabe bien que las cámaras han
de hacerle honor a su pericia.