Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Los actos de toma de posesión han quedado atrás. El relevo
presidencial se ha consumado ante los ojos de miles de espectadores, y
los nuevos ministros han sido oficialmente juramentados en sus respectivas
carteras. De momento, el nuevo Presidente tiene la enorme tarea de articular
un plan de gobierno coherente con las necesidades reales del país
y demostrar un talante político diferente al de su predecesor.
Ciertamente los niveles de aceptación popular con los que termina
Francisco Flores dicen mucho de la eficacia de su gestión presidencial
y del enorme mérito de gobernar un país asolado por todo
tipo de circunstancias adversas. En efecto, enfrentarse con una oposición
política tan beligerante, dos terremotos de gran magnitud y una
delincuencia galopante en colonias y ciudades constituye un triple reto
que Flores acertó parcialmente a resolver.
Asimismo, hay que encomiar la enorme labor diplomática del anterior
Gobierno, particularmente en lo que respecta a la imagen positiva del
país ante los gobiernos de Estados Unidos y varios países
de la Unión Europea. En este sentido, España se alzó
en las preferencias hacia El Salvador, como quedó demostrado desde
el fatídico 13 de enero de 2001 hasta la fecha.
Sin embargo, uno de los aspectos más cuestionables de su mandato
radicó en su falta de proyección nacional como un mandatario
cercano y accesible. Obviamente, las distancias que estableció
desde sus primeros meses de autoreclusión en la casona marcaron
negativamente su relación con los medios y diversas instituciones
políticas.
Ahora bien, desde el día de ayer contamos con un nuevo mandatario.
Para sus colaboradores más cercanos, su período presidencial
estará marcado por un discurso conciliador y dialogante, aunque
para otros menos optimistas, éste será un quinquenio plagado
de populismo y espectáculo. Indudablemente, nunca llueve a gusto
de todos. Empero, es un hecho patente que sus antecedentes como comunicador
y empresario perfilarán su estilo de gobernar. En otras palabras,
tendremos un protagonista mediático de altos vuelos y un afamado
gestor que liderará los destinos de la mejor empresa que Dios le
pudo poner en sus manos: El Salvador.
No obstante lo anterior, Saca tiene dos limitaciones importantes que contrarrestar.
Por un lado, la carencia de una suficiente formación académica
que le permita abordar con un mejor criterio los problemas técnicos
que encontrará a su paso durante la presidencia, y, por otro, la
falta de una mayor experiencia política, la cual resultará
importante para sacudirse la presión de las grandes decisiones.
Efectivamente, como bien apuntábamos arriba, su mandato deberá
saber conjugar la iniciativa política y empresarial, para lograr
que todos salgamos favorecidos con mejores oportunidades de progreso y
bienestar. Asimismo, debe ser capaz de involucrar a los diversos sectores,
incluso a la oposición más radical y tozuda, en un proyecto
de interés nacional que oriente su atención a los aspectos
socioeconómicos más prioritarios del país: salud,
educación, empleo y desarrollo sostenible.
Como siempre, el punto neurálgico para agilizar oportunamente la
actividad económica y social de El Salvador consiste en apoyar
la creación de nuevas empresas, cuyo éxito se materializa
en más empleos y en esperanzadoras prerrogativas para más
personas. En efecto, el salto cualitativa de una nación de nuestras
características está conectado con la capacidad de fomentar
el espíritu emprendedor e innovador.
En esta tesitura, el nuevo Presidente tiene una enorme responsabilidad
en otros ámbitos de amplio interés colectivo. En concreto,
salvaguardar a la familia y todo lo relacionado con el desarrollo humano
e intelectual de sus miembros. En este caso, consistirá en entrar
de lleno en la cultura, puesto que como dice Alejandro Llano, la
cultura tiene que ver siempre con la perfección humana de la persona,
es decir, la cultura es un avance del hombre hacia si mismo: un
crecimiento del lo humano en el hombre.
Por lo mismo, Saca debe impulsar en su gobierno el uso de un mayor número
de becas de formación científica y técnica y, potenciar
el arte en sus variadas expresiones sin caer en excesos, vulgaridades
o desviaciones.
En definitiva, puesto que hay tanto por decir y hacer en los próximos
cinco años, estoy consciente de que esta columna editorial no será
capaz de resumir todos los retos que se aproximan. En este sentido, tengo
claro que el nuevo presidente no debe perder el tiempo en conflictos estériles
y contraproducentes para el provecho nacional y de nuestra gente.
En cierta forma, me parece positivo que se proponga estimular el diálogo
y la concertación. Por lo tanto, en honor a la verdad, nuestro
aporte consistirá en trabajar mejor, emprender nuevos proyectos
y volver a convertir a El Salvador en un país de gente honrada,
dinámica y creativa.
* Doctor en Comunicación Pública,
Universidad de Navarra, España.