Fernando Villegas
El Diario de Hoy
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Winston Churchill, quien tenía considerables dotes literarias,
solía en los años treinta describir a un apaciguador
como alguien que alimenta a un cocodrilo con la esperanza de ser
comido sólo al último.... Hoy en día el apaciguador,
ese ser en quien coexisten la cobardía y la ingenuidad, no sólo
subsiste sino de hecho prospera y pulula, pero el cocodrilo es menos notorio
y al mismo tiempo universal. Puede ser blanco o negro, árabe o
serbio, checheno, latino, europeo o africano, tener un doctorado o ser
analfabeto, ser hijo de la peor miseria o de una familia acaudalada. El
cocodrilo está en todas partes, su presa es el entero planeta y
se llama terrorista.
Hablemos del terrorista como categoría que en su abstracción
ha devorado lo que otrora fueran especímenes particulares. El nihilista
ruso arrojándole bombas al Zar o el nacionalista serbio disparándole
el archiduque Ferdinando son ya piezas de museo; los ha reemplazado un
terrorista global que quizás reconoce como motivo de su lucha
tales o cuales condiciones específicas del sitio donde nació,
se crió y se reclutó, pero al mismo tiempo ve enemigos no
sólo dentro de esos límites, sino dondequiera se exprese
el orden mundial imperante del cual es parte su adversario local; lo es
en especial su cabeza, EE.UU., pero también los amigos de éste
y sus socios o aliados.
Todos se han convertido por igual en adversarios de este combatiente
sin adjetivos y a quien los recursos del genocidio le parecen válidos
porque, a fin de cuentas, en la dialéctica irrefrenable de su lucha,
es el género humano como tal inmerso en ese orden el que se ha
convertido en la bestia a destruir, ya sea si es autoridad política
o simple cerdo pequeño-burgués insensible a
los dolores de tal o cual pueblo o causa. En breve, para el terrorista
el mundo entero es motivo de abominación, blanco legítimo
de su furor y merecedor, como Sodoma y Gomorra, de ser transformado en
cenizas.
Por lo mismo preocupa que mientras este terrorista globalizado le declara
la guerra al mundo, gran parte de éste pretenda hacerse a un lado
alimentando al cocodrilo. ¿No es así en España? Fuera
de otros motivos locales, ¿no ha habido en el subconsciente del
ciudadano español un deseo soterrado de pactar con el terrorista
sacando de en medio a Aznar y poniendo en el torno a un hombre cuya primera
medida fue anunciar su retiro de Iraq y su disconformidad con Bush y sus
políticas? ¿Será casual que diversos voceros del
terror islámico puedan jactarse de darle una tregua a España
a ver cómo se comporta Zapatero?
¿O decirles que pueden ahora dormir tranquilos? Tampoco
es por un objetivo análisis científico del fenómeno
que en Europa y otras partes sea popular atribuirle sólo a Bush
y a su círculo íntimo de compinches la culpa del creciente
frenesí terrorista. El razonamiento implícito es que a no
ser por esos muchachos de la Casa Blanca se podría pactar con los
terroristas, abuenarse con los terroristas, convencer a los terroristas,
convertir a los terroristas, apaciguar a los terroristas; la idea es que
Israel es culpable, EE.UU. es culpable, Bush es culpable y Blair es culpable,
pero no tanto el que envía a la chiquilla de 16 años a volarse
en pedazos en un bus de Tel Aviv o el grupo de marroquíes que pusieron
la mochila con dinamita en los trenes. El miedo es cosa seria: se disfraza,
en ocasiones, de sesudos análisis sociológicos e históricos
para justificar y comprender a los terroristas de modo que
éstos, mañana, puedan también hacer de perdonavidas
nuestros y decirnos que dormiremos tranquilos con nuestros análisis.
Pero estamos en guerra, guste o no. Quien todavía no es blanco
no es por obra y gracia de una neutralidad garantizada sino por no ser
target adecuado en este minuto o no haber aún llamado la atención
de los clérigos, ideólogos o iluminados de turno. Basta
hoy ser parte del llamado mundo occidental para ser sus enemigos; en verdad
basta ser humano para constituirse en blanco aceptable porque, a fin de
cuentas, basta estar vivo para suscitar un frenesí de odio en quienes
han hecho de la muerte primero un deber, luego una profesión y
al final un deleite. ¿Con qué derechos reímos y vivimos
mientras aquí y allá sufren los miembros de la raza, clase
o etnia tal o cual? Ingenuos quienes crean que el terrorista promedio
tiene como razón de sus actos los sufrimientos de una nación
o raza o clase que sufre iniquidades y como blanco a los perpetradores
de dichos abusos; eso ha desaparecido ya en el fragor del dar y recibir
muerte, de darla y recibirla al por mayor.
¿Qué vendrá ahora en Europa y el mundo? ¿Qué
otros regímenes caerán o serán maniatados para satisfacer
a los clérigos, a los estudiantes de los 250 campos de militantes
islámicos de Pakistán o a los de la franja de Gaza o a los
marroquíes o a los que entrenan en Sudán o a los que se
preparan por miles en Madrazas en todo el Asia de la otrora URSS?