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Tiro al blanco
El cocodrilo de Churchill

El razonamiento implícito es que a no ser por esos muchachos de la Casa Blanca se podría pactar con los terroristas, convencer a los terroristas, convertir a los terroristas, apaciguar a los terroristas.

Publicada 30 de mayo 2004, El Diario de Hoy

Fernando Villegas
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Winston Churchill, quien tenía considerables dotes literarias, solía –en los años treinta– describir a un “apaciguador” como alguien que “alimenta a un cocodrilo con la esperanza de ser comido sólo al último...”. Hoy en día el apaciguador, ese ser en quien coexisten la cobardía y la ingenuidad, no sólo subsiste sino de hecho prospera y pulula, pero el cocodrilo es menos notorio y al mismo tiempo universal. Puede ser blanco o negro, árabe o serbio, checheno, latino, europeo o africano, tener un doctorado o ser analfabeto, ser hijo de la peor miseria o de una familia acaudalada. El cocodrilo está en todas partes, su presa es el entero planeta y se llama terrorista.

Hablemos del terrorista como categoría que en su abstracción ha devorado lo que otrora fueran especímenes particulares. El nihilista ruso arrojándole bombas al Zar o el nacionalista serbio disparándole el archiduque Ferdinando son ya piezas de museo; los ha reemplazado un terrorista global que quizás reconoce como motivo de su “lucha” tales o cuales condiciones específicas del sitio donde nació, se crió y se reclutó, pero al mismo tiempo ve enemigos no sólo dentro de esos límites, sino dondequiera se exprese el orden mundial imperante del cual es parte su adversario local; lo es en especial su cabeza, EE.UU., pero también los amigos de éste y sus socios o aliados.

Todos se han convertido por igual en adversarios de este “combatiente” sin adjetivos y a quien los recursos del genocidio le parecen válidos porque, a fin de cuentas, en la dialéctica irrefrenable de su lucha, es el género humano como tal inmerso en ese orden el que se ha convertido en la bestia a destruir, ya sea si es autoridad política o simple “cerdo pequeño-burgués” insensible a los dolores de tal o cual pueblo o causa. En breve, para el terrorista el mundo entero es motivo de abominación, blanco legítimo de su furor y merecedor, como Sodoma y Gomorra, de ser transformado en cenizas.

Por lo mismo preocupa que mientras este terrorista globalizado le declara la guerra al mundo, gran parte de éste pretenda hacerse a un lado alimentando al cocodrilo. ¿No es así en España? Fuera de otros motivos locales, ¿no ha habido en el subconsciente del ciudadano español un deseo soterrado de pactar con el terrorista sacando de en medio a Aznar y poniendo en el torno a un hombre cuya primera medida fue anunciar su retiro de Iraq y su disconformidad con Bush y sus políticas? ¿Será casual que diversos voceros del terror islámico puedan jactarse de “darle una tregua a España a ver cómo se comporta Zapatero”?

¿O decirles que “pueden ahora dormir tranquilos?” Tampoco es por un objetivo análisis científico del fenómeno que en Europa y otras partes sea popular atribuirle sólo a Bush y a su círculo íntimo de compinches la culpa del creciente frenesí terrorista. El razonamiento implícito es que a no ser por esos muchachos de la Casa Blanca se podría pactar con los terroristas, abuenarse con los terroristas, convencer a los terroristas, convertir a los terroristas, apaciguar a los terroristas; la idea es que Israel es culpable, EE.UU. es culpable, Bush es culpable y Blair es culpable, pero no tanto el que envía a la chiquilla de 16 años a volarse en pedazos en un bus de Tel Aviv o el grupo de marroquíes que pusieron la mochila con dinamita en los trenes. El miedo es cosa seria: se disfraza, en ocasiones, de sesudos análisis sociológicos e históricos para justificar y “comprender” a los terroristas de modo que éstos, mañana, puedan también hacer de perdonavidas nuestros y decirnos que dormiremos tranquilos con nuestros análisis.

Pero estamos en guerra, guste o no. Quien todavía no es blanco no es por obra y gracia de una neutralidad garantizada sino por no ser target adecuado en este minuto o no haber aún llamado la atención de los clérigos, ideólogos o iluminados de turno. Basta hoy ser parte del llamado mundo occidental para ser sus enemigos; en verdad basta ser humano para constituirse en blanco aceptable porque, a fin de cuentas, basta estar vivo para suscitar un frenesí de odio en quienes han hecho de la muerte primero un deber, luego una profesión y al final un deleite. ¿Con qué derechos reímos y vivimos mientras aquí y allá sufren los miembros de la raza, clase o etnia tal o cual? Ingenuos quienes crean que el terrorista promedio tiene como razón de sus actos los sufrimientos de una nación o raza o clase que sufre iniquidades y como blanco a los perpetradores de dichos abusos; eso ha desaparecido ya en el fragor del dar y recibir muerte, de darla y recibirla al por mayor.

¿Qué vendrá ahora en Europa y el mundo? ¿Qué otros regímenes caerán o serán maniatados para satisfacer a los clérigos, a los estudiantes de los 250 campos de militantes islámicos de Pakistán o a los de la franja de Gaza o a los marroquíes o a los que entrenan en Sudán o a los que se preparan por miles en Madrazas en todo el Asia de la otrora URSS?

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