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Bodas homosexuales
¿Par o pareja?

En el mundo actual existe la tendencia a obligarnos a ver las cosas bajo una óptica diferente a como realmente son; a igualar el mal con el bien; lo justo con lo injusto; lo lógico con lo absurdo.

Publicada 30 de mayo 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Es un error decir “una pareja de homosexuales”, porque las personas del mismo sexo no son pareja. Entre los animales, la pareja la forman hembra y macho, siendo la belleza atributo del macho, como el caso del pavo real, el chompipe y el zanate.

Cuando el Diluvio Universal, Dios ordenó a Noé “tomar siete parejas, macho y hembra, de todos los animales puros e impuros”. Y como en la creación del hombre también dice “que hombre y mujer los creó”, es obvio que pareja son dos elementos diferentes, ya que dos cosas iguales son “un par”, ya sea de aritos, de zapatos o de homosexuales.

En el mundo actual existe la tendencia a obligarnos a ver las cosas bajo una óptica diferente a como realmente son; a igualar el mal con el bien; lo justo con lo injusto; lo lógico con lo absurdo y lo falso con lo verdadero. Y como nuestra sociedad no analiza, sino que sencillamente se traga todo lo que se le vende, lo acepta como parte de la nueva era, de sociedades más liberales y avanzadas, con personas diferentes y comportamientos distintos.

Nadie se atreva a hablar de corrupción ni de aberración, porque automáticamente es acusada de moralista, dogmática y fanática. Aunque querer obligar a toda una sociedad a aceptar un “matrimonio entre dos personas del mismo sexo” sea una ofensa a los más elementales principios de libertad y un atentado contra el más sagrado de los derechos: el de poder defender la verdad. Por eso, un anciano que había visto mucho en su larga vida, comentaba con preocupación, no exenta de gracia: “Cuando yo era cipote, detestaba a los homosexuales, los apedreaba y les gritaba nombres ofensivos; de adolescente, mis padres me enseñaron a respetarlos y a tratarlos con caridad. Y como hoy que soy viejo la homosexualidad es legal, espero morirme antes de que sea obligatoria”.

Alegar que por el principio de igualdad los homosexuales deben tener acceso al matrimonio, es tan ridículo como que los hombres, por igualdad, exigieran el derecho a la menstruación, a la maternidad y a la menopausia. En un libro recientemente publicado en EE.UU., Jonathan Rauch afirma que el matrimonio gay obliga a la nación estadounidense a llegar a un consenso nacional sobre el verdadero significado del matrimonio, haciendo necesaria una enmienda constitucional para definir si el matrimonio es estrictamente la unión del hombre y de la mujer o es la unión de dos personas. Típico caso en que la verdad se reduce a lo que todos piensan, o a lo que opina la mayoría que debe estar establecido en la Constitución, mediante un consenso.

En un artículo muy serio publicado en el New York Times, Jeff Jacoby critica que en las nuevas versiones de la ley en algunos estados de la Unión Americana se establezcan la autonomía individual y la búsqueda de la felicidad como los valores más importantes para las elites progresistas, mientras se cuestionan las tradiciones y se flexibiliza la estructura familiar aceptando la homosexualidad como una corriente dominante, sólo condenada por los que odian y los fanáticos.

Como apoyo se espera una fuerte cobertura relacionada con ritos, ceremonias y planes de boda para homosexuales y lesbianas, comercialización de atuendos nupciales en revistas especializadas y hasta el rol de los hijos en esta masacre familiar, sin considerar el daño y las consecuencias que esto arrastrará a largo plazo.

Lamento que no se haya defendido más la institución matrimonial con argumentos sólidos, recordando que su propósito fundamental es unir a un hombre con una mujer para que los hijos que puedan llegar, naturalmente o adoptados, puedan tener un padre y una madre, figura masculina y figura femenina con sus características particulares, que se complementen y les permitan crecer y educarse de manera armónica.

Hoy las familias tradicionales parecen haberse quedado atrás, y los padres, cada uno por su lado, tienen derecho a volverse a enamorar y a vivir una gran aventura, sin importar la repercusiones que la nueva unión tendrá en la estabilidad emocional de los hijos. Este tipo de uniones vienen a demostrar que los deseos sexuales y emocionales de los adultos cuentan más que las necesidades de los niños.

Hay que actuar con sensatez y no dejarse llevar por argumentos que pretenden justificar lo absurdo. Por un lado, se ataca el vínculo matrimonial, su unidad y su indisolubilidad, abogando por el amor libre. Pero los homosexuales exigen casarse y formar pareja, olvidando que el hombre y la mujer son los únicos que pueden constituir un matrimonio porque la unión homosexual va contra la naturaleza del vínculo, por mucho que se manipulen los términos. Lo dice el viejo adagio que “Dios perdona siempre; el hombre, a veces, y la naturaleza, nunca”.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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