Mario Rosenthal*
El Diario de Hoy
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Según los economistas del Banco Mundial y del Fondo Monetario
Internacional, El Salvador pertenece al tercer mundo y es una nación
en desarrollo. Estas instituciones recetan crecimiento económico
para salir de la pobreza, pero la realidad es que vivimos con un pie en
el Siglo XIX y el otro en la edad de la automatización, en la que
cinco obreros con máquinas pueden producir lo que antes necesitaba
cien.
El tema es enorme y estamos obligados en el tercer mundo a tolerar muchas
operaciones molestas y obsoletas, y a soportar el costo alto, porque muchos
que prestan servicios gubernamentales o poseen licencia oficial o son
contratados por los gobiernos, no dan el mejor precio al público,
sino el más alto. Comentaremos un solo servicio que cae en esta
categoría.
Nos referimos a los servicios de transporte público, urbano y suburbano,
por ser altamente politizados y abusar con impunidad, al arriesgar las
vidas de los pasajeros y cometer violaciones de tránsito que nunca
pagan. Según cálculos de los banqueros, son un buen riesgo
crediticio, siempre tienen una línea asegurada.
La utilidad que se logra con relación a la cantidad de capital
invertido es mayor que cualquier otro negocio en pequeño y menos
sacrificado. No objetamos en absoluto que este negocio sea una buena inversión,
cuando las altas ganancias se deben a que se violan con impunidad las
leyes de trabajo, el Reglamento de Tránsito y se arriesgan las
vidas de los pasajeros, además de mantener operando equipos obsoletos
y un sistema que sólo se encuentra en los países más
pobres y atrasados del mundo, que no ceden nada al progreso y la modernización
por motivos políticos que favorecen a pequeños grupos, pero
que perjudican al pueblo.
Los métodos de fabricación de productos y prestación
de servicios comenzaron a cambiar radicalmente durante la Revolución
Industrial (1700/1800) y lo siguen haciendo casi todos los días,
como la forma de vivir y de trabajar de la mayor parte de los habitantes
del mundo. La introducción de maquinaria y la construcción
de fábricas concentró el trabajo en sitios lejos de los
hogares, donde antes familias enteras laboraban sin problemas de transporte.
En los países adelantados el problema dio lugar a la creación
de grandes empresas de transporte urbano, muchas veces por gobiernos municipales.
Pero en El Salvador fue al revés, las pocas empresas de transporte
que había desaparecieron. No sabemos cómo se desarrolló
el sistema actual, pero podemos decir que creemos que es uno de los menos
eficientes y más costosos del mundo. Esto perjudica los intereses
del público, que no tiene más alternativa que usar los servicios
urbanos y suburbanos de microempresas, que ganarían mucho si se
modernizaran y se despolitizaran.
El colmo de la situación provocada por la gremial de
los transportistas de pasajeros ha sido (que se comporta como un movimiento
anarquista, que se considera por encima de las leyes y reglamentos en
que descansa la organización social) la amenaza (más tarde
negada) de interrumpir el servicio al estilo de las huelgas de los sindicatos
radicales si no les autorizan los aumentos de los pasajes.
Es cierto que un gremio, que por razones políticas
maneja a su antojo un monopolio sobre un servicio vital e imprescindible
para la economía nacional como lo es el transporte público,
del cual dependen el comercio, la industria y todas las otras actividades
de la sociedad, tiene gran influencia sobre su reglamentación y
operación, pero no por eso se debe tolerar que las prácticas
totalitarias anulen la protección y justicia que los ciudadanos
deben gozar en una república representativa.
*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.