Rafael Rodríguez Loucel
El Diario de Hoy
rloucel@utec.edu.sv
Un nuevo gobierno se iniciará en pocos días en El Salvador.
Ese significativo acontecimiento induce a la reflexión de la profundidad
de los problemas del país en todos los órdenes: en lo económico,
en lo político y en lo social, pero al mismo tiempo se generan
nuevamente expectativas cuando un diferente gobierno asume el poder y
promete en un programa económico y social rescatar al país
de esa crisis y conseguir que un bienestar social y un crecimiento económico
se conjuguen en un proceso de desarrollo y libertad para todos los salvadoreños,
con objetivos específicos de generación de empleo, reducción
de la pobreza, seguridad ciudadana y una seguridad jurídica. En
tal sentido, en un contexto positivo, un ambiente de esperanza prevalece
en el país.
El punto de partida es una situación de tensiones sociales que
surgen de un bajo nivel de vida de la mayoría de la población,
que llega a los extremos, en muchos casos, de una actitud o posición
reactiva natural, pero no necesariamente adecuada. Pero nada es imposible
de realizar y los grandes problemas se podrían ir resolviendo,
siempre y cuando exista una buena voluntad del gobierno, para realizar
las cosas que se necesita hacer y una comprensión de los gobernados
para visualizar que lo que está en juego no son los intereses económicos
particulares, sino la viabilidad política de un sistema de libre
iniciativa y libertades individuales.
Si se llegase a fundir una libertad económica con una libertad
política, podría lograrse crear en este país un ambiente
propicio para una auténtica democracia y un progreso económico
y social. La eficacia de una gestión gubernamental es fundamental
para lograr superar una crisis económica y llegar en forma paulatina
a una viabilidad económica y social. Pero tan importante como eso,
también lo es la compresión, la actitud, el esfuerzo, la
creatividad, el sacrificio y la disposición al cambio de todos
los ciudadanos.
Ese cambio no debería ser sinónimo de progreso individual,
más bien sería deseable interpretarlo como un cambio en
la manera de gobernar, lo que lógicamente incluye una gestión
económica que ponga en práctica un esquema transparente,
conciliador, coherente, congruente y consistente de medidas económicas;
en otras palabras, que defina lo que se le ha dado en llamar las
reglas del juego, que le permite al sector privado conocer el sentido
de dirección que el nuevo Gobierno le pretende dar a la política
económica.
Ese cambio, seguramente, también requerirá de una buena
cuota de sacrificio y comprensión de todos los ciudadanos y un
consenso mayoritario de los mismos, porque son éstos, y no sus
representantes, los que en definitiva deben decidir el tipo de sociedad
en que sería deseable vivir.
Una política económica no debería ser ni extrema
ni dogmática. Los cambios de orientación de la misma son
deseables y habría que iniciarlos de inmediato, pero no debería
perderse de vista que los cambios abruptos y fuera del contexto de la
realidad socio-política que vive el país podrían
dar resultados contrarios.
Sería fundamental recordar que el objetivo ulterior de todo programa
económico es el bienestar generalizado, pero también habría
que tener siempre presente que antes de redistribuir la riqueza hay que
producirla y que por todos los medios habría que evitar que una
esperanza se convierta en frustración. También no hay que
olvidar que un gobierno fuerte no es sinónimo de gigantismo, de
excesos de controles y de intervención directa en las actividades
productivas. Si lo es en la orientación, en la facilitación,
en la promoción de la reactivación económica y en
la compensación social.
Las soluciones permanentes a los problemas del país se logran fortaleciendo
el aparato productivo. En adición y paralelamente, se requiere
de esfuerzos específicos en el campo social, puesto que los principales
problemas son ocasionados por el desempleo, las necesidades básicas
insatisfechas y, por ende, las tensiones sociales.
Es necesario integrar y armonizar los esfuerzos de estabilización
que regulen la demanda, con los de reactivación (que alienten la
oferta). Habría que destinar, entonces, los recursos internos y
externos a invertir y producir, que es lo que
en definitiva podría evitar más presiones inflacionarias,
más endeudamiento gubernamental, más déficit fiscal
y, en definitiva, propiciar un crecimiento económico sostenido
con estabilidad financiera.
Este nuevo Gobierno no debe perder de vista que las remesas siguen siendo
únicamente una oportunidad para promover el ahorro y la inversión,
mientras no se generen divisas provenientes de nuevos rubros de exportación.
¡Señor Presidente, el reto está planteado, la oportunidad
se le ha delegado!
*Lic. en Economía.