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| En boca de todos. Los madrileños no hablan
de otra cosa que no sea la boda real, ya sea en bien o en mal. Además,
no ha quedado rincón sin ser tomado en cuenta para los preparativos.
Foto EDH/AP |
Lafitte fernández
enviado especial
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
Excitados y prácticamente viviendo una eufórica borrachera
de leyendas, historias y chismes, amanecieron hoy los madrileños
en espera de la boda del Príncipe Felipe y la periodista Letizia
Ortiz.
Desde hace varios días, aquí ocurre de todo: desde mirar
cómo medio millón de personas paran el tráfico de
vehículos a las tres de la madrugada porque, sencillamente, quieren
mirar la nueva iluminación de la capital, hasta pedirle a Dios
que pase la boda para que todo vuelva a ser normal.
Madrid tiene otra cara, desde hace algunos días. No es el Madrid
que se puede mirar en tiempos ordinarios. Sus principales calles muestran
un decorado kitsh y hasta barroco, mientras se cambian los
colores de las fuentes principales entre el rosa y el fucsia.
Si antes se miraba a los españoles caminar normalmente por las
calles, ahora asumen posturas diferentes: llevan consigo cámaras
fotográficas o filmadoras para llevarse recuerdos de la boda entre
un príncipe y una plebeya.
Eso sí: la boda costará un dineral... más de $50
millones. Las autoridades tendrán que pagar horas extras a más
de 20 mil policías y a muchísimos funcionarios más
que no están dispuestos a ceder su tiempo por la felicidad de sus
futuros reyes.
Y esto último es sólo uno de los rubros que pagarán
los españoles con sus impuestos aunque, hay que decirlo, están
felices con la borrachera real.
Cuando se camina por la calle, sólo se escuchan comentarios del
matrimonio. Para unos,
Letizia es maja (guapa). Hay, sin embargo, jóvenes
que la consideran fría y calculadora.
Con el costo de la boda, no todos están de acuerdo. Quizá
por eso, Sonia Clarena, una mujer de 24 años, filóloga le
dijo a un periodista español: Haré todo lo posible
por no ver la boda. La pagamos todos y la disfrutan sólo dos.
Pero, y también es parte de la verdad (por lo menos sobre lo que
se escucha en la calle), las quejas son excepcionales. Aquí parece
que a cada familia española se le casará un pariente cercano.
Por todas las calles de Madrid se han colocado pantallas gigantes para
que los españoles vean la boda. La televisión estatal de
este país también ha gastado un dineral para transmitir
cada detalle de lo que ocurra. Aquí hay no menos de 150 cámaras
desplazadas por los principales puntos de Madrid. Coordinar esa transmisión,
será una verdadera locura que pocos se atreven a hacer.
La seguridad es un capítulo aparte. Policías: 20 mil. Guardias:
3 mil 500. Y no se para de contar. Durante la tarde de ayer, los cielos
de Madrid estaban tomados por helicópteros de la policía
que seguían, desde arriba, a los principales invitados a la boda,
entre ellos el presidente Francisco Flores y su esposa.
Hasta un avión que cedió la Otan surcará los cielos
madrileños para evitar que a algún terrorista se le ocurra
meter sus manos en este asunto de la boda. El avión está
preparado para detectar objetivos desde los cielos. A todo ese ejército
se juntarán 200 francotiradores élites que estarán
apostados en las terrazas de los principales edificios que se encuentran
dentro del recorrido que harán los esposos.
Ellos recorrerán las calles de Madrid en un Rolls Royce Phantom
10, blindado. La Rolls Royce construyó sólo 18 vehículos
de ese tipo a finales de la Década de los 40. Tres de ellos los
adquirió el ex hombre fuerte de España, Francisco Franco.
Ahora están al servicio de la realeza española.
Madrid no es la misma de antes. Está atribulada. La gente corre
de un lado a otro. Los transeúntes parecen alucinados cuando llegan
a la Gran Vía o a Cibeles. En ocasiones se tiene la percepción
que los madrileños están redescubrimiento su capital.
Quizá y eso lo reconocen la boda real les permitirá
olvidar los sucesos terroristas del 11 de marzo en el que murieron casi
doscientas personas. El terrorismo lo afectó todo aquí.
Ni siquiera la boda real ha vuelto a llenar los hoteles, como ocurría
antes.