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| Entrenamiento. Soldados ensamblan sus armas con
los ojos vendados en la India, un ejercicio necesario antes de enfrentarse
al enemigo. Practica usual en todo el mundo. Foto
EDH |
El Diario de Hoy
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Un combatiente estadounidense se refiere a un prisionero iraquí
como esto. Un general no habla de combatientes iraquíes
sino de el enemigo. Un fabricante de armas no habla de personas,
sino de objetivos.
Balas y bombas no son las únicas herramientas de la guerra. Las
palabras, de igual forma, desempeñan su parte.
Los seres humanos son animales sociales, programados genéticamente
para sentir compasión hacia otros. Bajo condiciones normales, la
mayoría de la gente encuentra muy difícil matar.
Sin embargo, en la guerra, los reclutas militares deben ser convencidos
de que matar a otras personas no sólo es aceptable, sino incluso
honorable.
El lenguaje de la guerra tiene el propósito de generar ese cambio,
y no solamente para soldados que están en el campo.
En tiempos de guerra, el lenguaje debe ser creado con el fin de permitir
tanto a combatientes como no combatientes, ver al otro como matable,
para superar la repulsión innata a causa de tomar una vida humana.
Las palabras varían de cultura en cultura, así como de guerra
en guerra. Los calificativos no tienen que ser obviamente degradantes.
Tan sólo el hecho de que nosotros podamos nombrarlos nos da un
sentido de superioridad y control.
Los calificativos
Los griegos y los romanos se referían a todos los demás
como bárbaros. Durante la Revolución de Estados
Unidos, los británicos apodaron yanquis a los colonialistas,
término con una historia que sigue estando en discusión.
Si bien los británicos lo decían con el propósito
de ofenderlos, los estadounidenses, en lo que quizá fue la primera
instancia histórica de reclamo, se apropiaron de la palabra y le
dieron un giro positivo, convirtiendo la burlona canción Yankee
Doodle en nuestro primer, aunque extraoficial, himno nacional.
En la I Guerra Mundial, los británicos apodaron a los germanos
Jerries, debido a la primera sílaba de germano
(en inglés). En la II Guerra Mundial, los estadounidenses se referían
a los japoneses como japos.
Los motes pueden referirse a diferencias tanto culturales como físicas,
reales o imaginarias, que hacen énfasis en lo ridículo o
lo repugnante. Así que en diversas guerras, los británicos
tildaron a los franceses de ranas. Los alemanes han sido llamados
krauts, referencia a una extraña y olorosa comida.
Los vietnamitas eran tildados de ojos de alcancía y
rasgados. A los coreanos, los estadounidenses los conocían
simplemente como gooks.
La guerra en Iraq ha sumado muchos ejemplos nuevos. Algunos soldados estadounidenses
se refieren a los iraquíes como hadyis, que se usa
de manera derogatoria, al parecer sin saber que la palabra, misma que
viene del término árabe para designar el peregrinaje a la
Meca, se emplea como un término de respeto hacia los ancianos musulmanes.
Así que algunos términos de la guerra son sustantivos colectivos
que nos alientan a percibir al enemigo como una masa indiferenciada, en
vez de hacerlo como individuos capaces de sufrir. Los cruzados se referían
a su enemigo como "los sarracenos", y durante la I Guerra Mundial,
los británicos apodaron "hunos" a los alemanes.
Los soldados estadounidenses están entrenados para referirse a
las personas en contra de las que combaten como "el enemigo".
Es más fácil matar a un enemigo que a un iraquí.
La palabra "enemigo" proporciona la falta de rostro de un sustantivo
colectivo. El hecho de que no sea específico también tiene
una connotación que induce al temor; enemigo tan sólo significa
"esos a quienes combatimos", sin ninguna referencia a su identidad.
Los terrores e incertidumbres de la guerra hacen que el aprendizaje de
este tipo de lenguaje sea de importancia particular para soldados que
están en el frente. Sin embargo, los civiles que están en
casa también necesitan creer que lo que está haciendo su
país es justo y necesario, y que las muertes que ellos están
respaldando son, de alguna forma, diferentes de la muerte en la vida civil,
que es castigada correctamente por el sistema de justicia penal.
El uso del lenguaje desarrollado con fines militares por parte de civiles
les brinda confianza de que la guerra no equivale al asesinato.
Los hábitos lingüísticos que los soldados deben absorber
para así lograr ir a pelear, ocasionan que atrocidades como las
de Abu Ghraib sean prácticamente inevitables. El mismo lenguaje
que crea un cisma psicológico entre "nosotros" y "ellos",
y permite a las tropas estadounidenses matar en la batalla, convierte
a soldados enemigos en sujetos aptos para la tortura y la humillación.
El razonamiento es: Ellos no son realmente humanos, así que no
sentirán el dolor.
Una vez que el lenguaje marca esa línea, todos los tipos de maltrato
se vuelven inimaginables, y después justificables. Para lograr
que los abusos cometidos en Abu Ghraib se vuelvan impensables, tendríamos
que abolir la guerra misma.