 |
Alumna modelo
Bajo la mirada revisora de la profesora, Menche apunta en su cuaderno
los números antecesores y sucesivos
.Foto EDH / Omar Carbonero. |
Leyre Ventas
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com
No es de las que se les escapa la fuerza por la boca. Ana Mercedes Guevara
guarda silencio en la algarabía que 20 niños de diez años
llegan a producir en una clase de matemáticas.
¿Cuál sigue al 499? Los niños de 4º grado, aula A,
del Colegio Juan Ramón Jiménez, aprenden así los
antecesores y sucesores. Menche, nombre al que responde, no pelea por
participar. Tumbada casi sobre el pupitre, agarra con fuerza la pluma
e ilustra con números un cuaderno a medio terminar.
Parece indiferente al ritmo de la lección. A veces le cuesta
asimilar, pero se esmera en las tareas, explica la maestra Zonia
Torres. La disimulada sonrisa que ilumina su cara cada vez que lo anotado
coincide con las cifras que la profesora escribe en rojo en la pizarra
le delata.
Se agota el último minuto para las once. El timbre anuncia la
hora del recreo. Valeria y Roxana salen disparadas al patio, con la cuerda
en la mano. El resto de las niñas de 4º A esperan, haciendo fila,
su turno para jugar. Las voces infantiles compiten por potencia. Menche
aprieta la lengua entre los labios y salta.
Terminada la jornada en el colegio, los estudiantes del Juan Ramón
Jiménez se forman ante el portón. ¡No empujen!,
¡más atrás!, la señorita Torres
frena la prisa de los infantes por llegar a casa.
No hay transporte escolar. Menche, Christian, Eduardo, Jonathan y Nelson
caminan cuatro cuadras para llegar al Manguito, la comunidad en la que
viven.
En el trayecto cruzan la colonia Las Mercedes. Los niños gritan
a Don Chus, quien, desde lo alto del muro de la residencia Los Amates,
les lanza mangos. Menche niega con la cabeza. No le apetece comer la fruta.
La calle se estrecha y se convierte en peatonal. La dimensión
de las casas se divide, y se vuelve a dividir y dividir. Ya llegaron al
Manguito.
 |
Un respiro
Las 11:45 a.m. es la hora del recreo. Mientras otros niños
optan por el balón, Menche disfruta saltando a la cuerda.
.Foto EDH / Omar Carbonero. |
Frente a un comedor popular de fachada azul habita Menche. Marcos de
madera con fotografías familiares y estampas religiosas decoran
la primera estancia. Tendieron la ropa húmeda a modo de guirnalda
multicolor.
Una bicicleta para niños, en desuso, pende del techo. La plancha
para pupusas obstaculiza el acceso al cuarto del fondo, en la que se distinguen
literas similares a los que se encuentran a mano derecha, en la entrada.
Menche comparte techo con su abuela, una tía y los tres hijos de
ésta. La casa pertenece a Ana María Guevara, la matriarca;
según la tía, Maricela Marroquín, también
la niña. Merceditas es de la abuelita, ella la crió.
No tiene relación con su madre. La aludida asiente, siempre con
un movimiento de cabeza.
Ana María lavó, almidonó y planchó uniformes
militares toda su vida. A los 68 años y con una artritis que le
dificulta caminar e incluso mantenerse parada, le toca descansar. Menche
la ayuda con los oficios, lavando ropa y trastes.
 |
Segunda madre. María Teresa, la matriarca
del clan Guevara, crió a Menche. Abuela y nieta viven, junto
a cuatro miembros de la familia, en una casa de limitadas dimensiones.
.Foto EDH / Omar Carbonero. |
A las 4:00 de la tarde Menche demuestra que reservó la energía
de sus palabras para acertar en el aro. Como a diario, la niña
ejercita sus habilidades en el complejo deportivo Bengoa del Sur.
Es una promesa del básquet, asegura el entrenador Douglas
García. Bajo sus órdenes, el equipo de las minis trabaja
la psicomotricidad y el fundamento de tiro, sorteando los aros. Ana Mercedes
destaca por su estilo tanto como por su atuendo rojo.
Dos horas y media de botar el balón no es suficiente. La joven
deportista entrena, además, fútbol y béisbol. Pero
es jueves, ya las 5:25 de la tarde, y a las seis juegan la Universidad
Tecnológica (UTEC) y La Unión en el estadio Saturnino Bengoa.
 |
Larga caminata
Menche y sus cinco compañeros recorren a pie 5 cuadras para
llegar a su comunidad, El Manguito .
Foto EDH / Omar Carbonero. |
La niña del uniforme colorado abandona las canchas. Los días
de partido, Maricela, la tía de Menche, sitúa su plancha
en la entrada. Mientras ésta echa pupusas y prepara hamburguesas,
la sobrina la ayuda, eventualmente, a repartirlas entre los espectadores.
En el estadio, Mercedes se sienta en las gradas amarillas, las que corresponden
a los fanáticos de La Unión. Le va al equipo berengena,
al UTEC.
No emite sonido alguno, pero sigue con la mirada las jugadas de Vladimir
y Luis, ambos de los suyos. Su primo Óscar pasa a la par, con una
orden de pupusas en la mano.
A él le tocó colaborar hoy con la fuente de ingresos de
la familia. Menche sigue callada. A veces, mil imágenes valen más
que una palabra.
Un mejor futuro con el deporte
El Proyecto Bengoa es una propuesta deportiva que nació para alejar
a niños de escasos recursos de las drogas y las maras. Desde que
se fundara el 19 de julio de 2002, incide en cuatro escuelas públicas
y 10 comunidades. El Manguito es una de ellas.
La iniciativa sobrevive por el patrocinio de empresas privadas que, a
cambio de unas vallas publicitarias, aportan los fondos para dar mantenimiento
al complejo, pagar a los entrenadores y demás empleados, y comprar
el material deportivo.
No hay jóvenes malos, sino jóvenes mal orientados,
aclara el administrador general del proyecto, Robin Flamenco. En las canchas
del complejo Bengoa del Sur jóvenes de entre siete y 17 años
entrenan baloncesto, fútbol y béisbol a diario.
 |
Colaboración eventual. Maricela, la tía
de Menche, echa pupusas los días de partido. Su sobrina le
ayuda eventualmente
.Foto EDH / Omar Carbonero. |
Claudia, una de las pasadoras de las minis, vio premiado su disciplina
y compañerismo con un curso de computación en el centro
San Benito. Es a lo que realmente aspiramos, explica Flamenco,
refiriéndose a las becas de estudio a las que, ocasionalmente,
logran acceder los niños.
Con ese fin, el proyecto organiza torneos a los que invita entrenadores
colegios privados. Estas competiciones nos sirven de escaparate,
dice el administrador del proyecto. Los representantes de las escuelas,
al ver el potencial de los niños, pueden ficharles para sus equipos
y proveerles de educación de calidad gratis.
Pero la falta de recursos de las familias ha imposibilitado, en algún
caso, que las becas asignadas se hayan aprovechado. Algunos ni siquiera
pueden pagar el boleto de bus, se lamenta Flamenco. Como solución,
la Junta Directiva planea trabajar por conseguir un fondo integral que
financie los gastos de los becados.