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Menche quiere jugar

El proyecto Bengoa abre espacios de esparcimiento con ese fin de ser una alternativa a las drogas y a las pandillas

Publicada 19 de mayo 2004, El Diario de Hoy

Alumna modelo
Bajo la mirada revisora de la profesora, Menche apunta en su cuaderno los números antecesores y sucesivos
.Foto EDH / Omar Carbonero.

Leyre Ventas
El Diario de Hoy

vida@elsalvador.com

No es de las que se les escapa la fuerza por la boca. Ana Mercedes Guevara guarda silencio en la algarabía que 20 niños de diez años llegan a producir en una clase de matemáticas.

¿Cuál sigue al 499? Los niños de 4º grado, aula A, del Colegio Juan Ramón Jiménez, aprenden así los antecesores y sucesores. Menche, nombre al que responde, no pelea por participar. Tumbada casi sobre el pupitre, agarra con fuerza la pluma e ilustra con números un cuaderno a medio terminar.

Parece indiferente al ritmo de la lección. “A veces le cuesta asimilar, pero se esmera en las tareas”, explica la maestra Zonia Torres. La disimulada sonrisa que ilumina su cara cada vez que lo anotado coincide con las cifras que la profesora escribe en rojo en la pizarra le delata.

Se agota el último minuto para las once. El timbre anuncia la hora del recreo. Valeria y Roxana salen disparadas al patio, con la cuerda en la mano. El resto de las niñas de 4º A esperan, haciendo fila, su turno para jugar. Las voces infantiles compiten por potencia. Menche aprieta la lengua entre los labios y salta.

Terminada la jornada en el colegio, los estudiantes del Juan Ramón Jiménez se forman ante el portón. “¡No empujen!”, “¡más atrás!”, la señorita Torres frena la prisa de los infantes por llegar a casa.

No hay transporte escolar. Menche, Christian, Eduardo, Jonathan y Nelson caminan cuatro cuadras para llegar al Manguito, la comunidad en la que viven.

En el trayecto cruzan la colonia Las Mercedes. Los niños gritan a Don Chus, quien, desde lo alto del muro de la residencia Los Amates, les lanza mangos. Menche niega con la cabeza. No le apetece comer la fruta.

La calle se estrecha y se convierte en peatonal. La dimensión de las casas se divide, y se vuelve a dividir y dividir. Ya llegaron al Manguito.

Un respiro
Las 11:45 a.m. es la hora del recreo. Mientras otros niños optan por el balón, Menche disfruta saltando a la cuerda.
.Foto EDH / Omar Carbonero.

Frente a un comedor popular de fachada azul habita Menche. Marcos de madera con fotografías familiares y estampas religiosas decoran la primera estancia. Tendieron la ropa húmeda a modo de guirnalda multicolor.

Una bicicleta para niños, en desuso, pende del techo. La plancha para pupusas obstaculiza el acceso al cuarto del fondo, en la que se distinguen literas similares a los que se encuentran a mano derecha, en la entrada.

Menche comparte techo con su abuela, una tía y los tres hijos de ésta. La casa pertenece a Ana María Guevara, la matriarca; según la tía, Maricela Marroquín, también la niña. “Merceditas es de la abuelita, ella la crió”. No tiene relación con su madre. La aludida asiente, siempre con un movimiento de cabeza.

Ana María lavó, almidonó y planchó uniformes militares toda su vida. A los 68 años y con una artritis que le dificulta caminar e incluso mantenerse parada, le toca descansar. Menche la ayuda con los oficios, lavando ropa y trastes.

Segunda madre. María Teresa, la matriarca del clan Guevara, crió a Menche. Abuela y nieta viven, junto a cuatro miembros de la familia, en una casa de limitadas dimensiones.
.Foto EDH / Omar Carbonero.

A las 4:00 de la tarde Menche demuestra que reservó la energía de sus palabras para acertar en el aro. Como a diario, la niña ejercita sus habilidades en el complejo deportivo Bengoa del Sur.

“Es una promesa del básquet”, asegura el entrenador Douglas García. Bajo sus órdenes, el equipo de las minis trabaja la psicomotricidad y el fundamento de tiro, sorteando los aros. Ana Mercedes destaca por su estilo tanto como por su atuendo rojo.

Dos horas y media de botar el balón no es suficiente. La joven deportista entrena, además, fútbol y béisbol. Pero es jueves, ya las 5:25 de la tarde, y a las seis juegan la Universidad Tecnológica (UTEC) y La Unión en el estadio Saturnino Bengoa.

Larga caminata
Menche y sus cinco compañeros recorren a pie 5 cuadras para llegar a su comunidad, El Manguito .
Foto EDH / Omar Carbonero.

La niña del uniforme colorado abandona las canchas. Los días de partido, Maricela, la tía de Menche, sitúa su plancha en la entrada. Mientras ésta echa pupusas y prepara hamburguesas, la sobrina la ayuda, eventualmente, a repartirlas entre los espectadores.
En el estadio, Mercedes se sienta en las gradas amarillas, las que corresponden a los fanáticos de La Unión. Le va al equipo berengena, al UTEC.

No emite sonido alguno, pero sigue con la mirada las jugadas de Vladimir y Luis, ambos de los suyos. Su primo Óscar pasa a la par, con una orden de pupusas en la mano.
A él le tocó colaborar hoy con la fuente de ingresos de la familia. Menche sigue callada. A veces, mil imágenes valen más que una palabra.

Un mejor futuro con el deporte

El Proyecto Bengoa es una propuesta deportiva que nació para alejar a niños de escasos recursos de las drogas y las maras. Desde que se fundara el 19 de julio de 2002, incide en cuatro escuelas públicas y 10 comunidades. El Manguito es una de ellas.

La iniciativa sobrevive por el patrocinio de empresas privadas que, a cambio de unas vallas publicitarias, aportan los fondos para dar mantenimiento al complejo, pagar a los entrenadores y demás empleados, y comprar el material deportivo.

“No hay jóvenes malos, sino jóvenes mal orientados”, aclara el administrador general del proyecto, Robin Flamenco. En las canchas del complejo Bengoa del Sur jóvenes de entre siete y 17 años entrenan baloncesto, fútbol y béisbol a diario.

Colaboración eventual. Maricela, la tía de Menche, echa pupusas los días de partido. Su sobrina le ayuda eventualmente
.Foto EDH / Omar Carbonero.

Claudia, una de las pasadoras de las minis, vio premiado su disciplina y compañerismo con un curso de computación en el centro San Benito. “Es a lo que realmente aspiramos”, explica Flamenco, refiriéndose a las becas de estudio a las que, ocasionalmente, logran acceder los niños.

Con ese fin, el proyecto organiza torneos a los que invita entrenadores colegios privados. “Estas competiciones nos sirven de escaparate”, dice el administrador del proyecto. Los representantes de las escuelas, al ver el potencial de los niños, pueden ficharles para sus equipos y proveerles de educación de calidad gratis.

Pero la falta de recursos de las familias ha imposibilitado, en algún caso, que las becas asignadas se hayan aprovechado. “Algunos ni siquiera pueden pagar el boleto de bus”, se lamenta Flamenco. Como solución, la Junta Directiva planea trabajar por conseguir un fondo integral que financie los gastos de los becados.


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