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El gigante dormido

No podemos mantener una actitud pasiva y reaccionaria sólo cuando las circunstancias electorales y políticas lo provocan. Hay que intentar a toda costa mantener atento y despierto a este "gigante" que llamamos sociedad.

Publicada 19 de mayo 2004, El Diario de Hoy

Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Ahora que se acerca el acto de toma de posesión del Presidente electo y que ya conocemos el nombre de algunos de los futuros ministros, vale la pena que nos fijemos en el papel que tiene entre sus manos la sociedad salvadoreña ante este nuevo quinquenio que se viene encima.

Hay quien ha dicho que las sociedades democráticas se asemejan a un "gigante dormido", que sólo se despierta de su letargo ante una acometida de impacto. En nuestro caso concreto, este extraordinario factor lo experimentamos durante la anterior campaña electoral. En cierta forma, la amenaza latente de un drástico cambio de régimen político le movió el tapete a la sociedad y despertó al gigante que habita a lo largo y ancho de nuestro terruño. Sin embargo, pasado el susto electoral, da la impresión que el gigante ha vuelto a posar su cabeza sobre la almohada.

Obviamente, la gran limitación del gigante es su lentitud de reacción en las situaciones cotidianas de emergencia. Sus pesadas articulaciones le impiden efectuar movimientos coordinados y sistemáticos que le permitan levantarse y caminar establemente.

Es verdad que la metáfora que he apuntado puede resultar un tanto exagerada, pero expone una cuestión rabiosamente actual de nuestro país. El hecho real es que nuestra sociedad está siendo atacada por minorías que aguijonean y lastiman en los flancos más vulnerables, accesibles y disponibles de nuestro territorio.

El asunto es patente y conocido. Por un lado, cada día un grupo de vándalos consigue amenazar, robar y atentar contra la vida de gente honrada que lucha por ganarse los centavos. En otro caso lamentable, unos cuantos encapuchados se toman la catedral a la vieja usanza de los ochenta. De igual modo, una camarilla de agitadores y desaprensivos se lanza a las calles a provocar disturbios y proferir insultos a diestro y siniestro en plena capital.

Es evidente que buena parte de la población está siendo amedrentada por grupos peligrosos que cada día conquistan espacios sensibles de nuestra geografía. Como siempre, las reacciones defensivas son escasas y esporádicas. La excusa se repite casi en automático: ya vendrá alguien que se ocupará de poner en orden al país y erradicará las mafias, maras, delincuentes, corruptos y subversivos que pululan en los alrededores de las colonias y pueblos de El Salvador. Claro, pero mientras no se presente en acción el "héroe de multitudes", la situación se seguirá complicando inexorablemente.

Asimismo, he acudido a esta figura del gigante dormido para ilustrar un aspecto de sumo cuidado ante las actuales circunstancias, esto es, ceder la iniciativa a cualquier minoría activa para que haga o deshaga lo que le venga en gana con nuestro país. Obviamente, la indiferencia ante lo que ocurre a nuestro alrededor no es buena noticia y tampoco lo es la pasividad ante la cosa pública. En este sentido, también conviene que recuperemos conciencia de nuestro rol ciudadano en el control de la actividad política de dirigentes, legisladores y funcionarios públicos, los cuales tienen el compromiso de ser dignos representantes del pueblo que les ha elegido.

En línea con esa idea, cabe decir también que la democracia bien entendida requiere transparencia y publicidad. Quizás por eso, se hace tan necesario que nuestros funcionarios exhiban cuentas claras y exactas de su actividad pública. No me equivoco si digo que la transparencia oficial es una muestra perenne de justicia en todo país civilizado. Además, la decencia y honradez están llamados a ser valores permanentes en el modo de actuar de quienes integran las principales instituciones de gobierno.

Es verdad que resulta materialmente difícil que un individuo por si sólo pueda plantarle cara a la violencia, a la incuria administrativa y al mismísimo tráfico de influencias. Pero, entonces, cabe preguntarnos por qué no existe un esfuerzo organizado de personas, instituciones y colectivos que se atrevan a cambiar el rumbo de tanta confrontación y abuso. Además, creo que no es justo que unos cuantos maleantes, vengan de donde vengan, pongan en jaque al resto de la población que quiere vivir en paz y gozar de la debida seguridad pública.

Es más, incluso en el ámbito judicial y político, nuestras manos parecen estar atadas, puesto que en no pocas ocasiones el destino de muchos recae peligrosamente en las manos de elementos corruptos y oportunistas. De igual modo, hasta las instituciones que se han creado para defender el interés ciudadano, dan la impresión de estar secuestradas por ideologías y corrientes políticas contrarias al bien común.

Por lo tanto, mi planteamiento apunta a la necesidad de encontrar cauces adecuados, al margen de cualquier instituto político, que se ocupen de ejercer presión y control en las instancias que gestionan el poder formal en nuestro país. El desafío está servido.

En definitiva, no podemos permanecer con los brazos cruzados y los ojos vendados mientras unos desalmados nos dan golpes bajos en nuestra dignidad personal. Además, no podemos mantener una actitud pasiva y reaccionaria sólo cuando las circunstancias electorales y políticas lo provocan. Hay que intentar a toda costa mantener atento y despierto a este "gigante" que llamamos sociedad.
*Doctor en Comunicación Pública, Universidad de Navarra, España.


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