Raúl M. Alas*
El Diario de Hoy
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Ahora que se acerca el acto de toma de posesión del Presidente
electo y que ya conocemos el nombre de algunos de los futuros ministros,
vale la pena que nos fijemos en el papel que tiene entre sus manos la
sociedad salvadoreña ante este nuevo quinquenio que se viene encima.
Hay quien ha dicho que las sociedades democráticas se asemejan
a un "gigante dormido", que sólo se despierta de su letargo
ante una acometida de impacto. En nuestro caso concreto, este extraordinario
factor lo experimentamos durante la anterior campaña electoral.
En cierta forma, la amenaza latente de un drástico cambio de régimen
político le movió el tapete a la sociedad y despertó
al gigante que habita a lo largo y ancho de nuestro terruño. Sin
embargo, pasado el susto electoral, da la impresión que el gigante
ha vuelto a posar su cabeza sobre la almohada.
Obviamente, la gran limitación del gigante es su lentitud de reacción
en las situaciones cotidianas de emergencia. Sus pesadas articulaciones
le impiden efectuar movimientos coordinados y sistemáticos que
le permitan levantarse y caminar establemente.
Es verdad que la metáfora que he apuntado puede resultar un tanto
exagerada, pero expone una cuestión rabiosamente actual de nuestro
país. El hecho real es que nuestra sociedad está siendo
atacada por minorías que aguijonean y lastiman en los flancos más
vulnerables, accesibles y disponibles de nuestro territorio.
El asunto es patente y conocido. Por un lado, cada día un grupo
de vándalos consigue amenazar, robar y atentar contra la vida de
gente honrada que lucha por ganarse los centavos. En otro caso lamentable,
unos cuantos encapuchados se toman la catedral a la vieja usanza de los
ochenta. De igual modo, una camarilla de agitadores y desaprensivos se
lanza a las calles a provocar disturbios y proferir insultos a diestro
y siniestro en plena capital.
Es evidente que buena parte de la población está siendo
amedrentada por grupos peligrosos que cada día conquistan espacios
sensibles de nuestra geografía. Como siempre, las reacciones defensivas
son escasas y esporádicas. La excusa se repite casi en automático:
ya vendrá alguien que se ocupará de poner en orden al país
y erradicará las mafias, maras, delincuentes, corruptos y subversivos
que pululan en los alrededores de las colonias y pueblos de El Salvador.
Claro, pero mientras no se presente en acción el "héroe
de multitudes", la situación se seguirá complicando
inexorablemente.
Asimismo, he acudido a esta figura del gigante dormido para ilustrar un
aspecto de sumo cuidado ante las actuales circunstancias, esto es, ceder
la iniciativa a cualquier minoría activa para que haga o deshaga
lo que le venga en gana con nuestro país. Obviamente, la indiferencia
ante lo que ocurre a nuestro alrededor no es buena noticia y tampoco lo
es la pasividad ante la cosa pública. En este sentido, también
conviene que recuperemos conciencia de nuestro rol ciudadano en el control
de la actividad política de dirigentes, legisladores y funcionarios
públicos, los cuales tienen el compromiso de ser dignos representantes
del pueblo que les ha elegido.
En línea con esa idea, cabe decir también que la democracia
bien entendida requiere transparencia y publicidad. Quizás por
eso, se hace tan necesario que nuestros funcionarios exhiban cuentas claras
y exactas de su actividad pública. No me equivoco si digo que la
transparencia oficial es una muestra perenne de justicia en todo país
civilizado. Además, la decencia y honradez están llamados
a ser valores permanentes en el modo de actuar de quienes integran las
principales instituciones de gobierno.
Es verdad que resulta materialmente difícil que un individuo por
si sólo pueda plantarle cara a la violencia, a la incuria administrativa
y al mismísimo tráfico de influencias. Pero, entonces, cabe
preguntarnos por qué no existe un esfuerzo organizado de personas,
instituciones y colectivos que se atrevan a cambiar el rumbo de tanta
confrontación y abuso. Además, creo que no es justo que
unos cuantos maleantes, vengan de donde vengan, pongan en jaque al resto
de la población que quiere vivir en paz y gozar de la debida seguridad
pública.
Es más, incluso en el ámbito judicial y político,
nuestras manos parecen estar atadas, puesto que en no pocas ocasiones
el destino de muchos recae peligrosamente en las manos de elementos corruptos
y oportunistas. De igual modo, hasta las instituciones que se han creado
para defender el interés ciudadano, dan la impresión de
estar secuestradas por ideologías y corrientes políticas
contrarias al bien común.
Por lo tanto, mi planteamiento apunta a la necesidad de encontrar cauces
adecuados, al margen de cualquier instituto político, que se ocupen
de ejercer presión y control en las instancias que gestionan el
poder formal en nuestro país. El desafío está servido.
En definitiva, no podemos permanecer con los brazos cruzados y los ojos
vendados mientras unos desalmados nos dan golpes bajos en nuestra dignidad
personal. Además, no podemos mantener una actitud pasiva y reaccionaria
sólo cuando las circunstancias electorales y políticas lo
provocan. Hay que intentar a toda costa mantener atento y despierto a
este "gigante" que llamamos sociedad.
*Doctor en Comunicación Pública, Universidad
de Navarra, España.