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Curando el cáncer de las ciudades

Si se tolera el envilecimiento, si se permite la suciedad, si no se hace nada para combatir la vagancia y la prostitución abierta, las ciudades se degradan.

Publicada 19 de mayo 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

En un extraordinario ensayo, se señala que al tolerar el deterioro en una calle o barriada (una ventana rota, un carro abandonado), el descuido y luego la suciedad acaban por contaminar una zona urbana y hasta una ciudad entera. El desorden, los promontorios de basura, las casas o vehículos abandonados, las ventanas rotas y agujeros en las aceras, van extendiéndose como un cáncer, hasta devorar lo limpio, lo ordenado, lo que se cuida, lo decente.

Hablamos ayer del finado alcalde de Marbella, don Jesús Gil y Gil, que se propuso rescatar el “casco antiguo”, desterrar hippies, drogos y peperechas, atraer inversión y turismo, embellecer la ciudad. Lo planteó, puso empeño en conseguirlo, fue avanzando paso a paso, pero con rapidez y deja en la memoria colectiva un ejemplo a seguir por otros alcaldes, aunque no en sus facetas oscuras. De él muchos de sus conciudadanos dicen que picarazos han abundado, pero es único en conseguir una transformación de tanto beneficio y belleza.

La enseñanza no es que para hacer una gran ciudad se necesita ser un pillo, sino que se avanza eliminando lo sucio, lo desordenado, lo feo y lo que degrada, pues serán los buenos ciudadanos los que irán detrás recuperando, limpiando, pintando, reconstruyendo, invirtiendo, mejorando y embelleciendo. A la inversa, cuando se toleran centros de corrupción, no se limpia, se permite que drogos y “pepis” deambulen sin control, se ponen obstáculos para que se construya y reconstruya, las ciudades van poco a poco hundiéndose hasta convertirse en centros de vicio y de pobreza.

Marbella salió del punto bajo en que la dejaron los anteriores alcaldes socialistas, otra serie de picarazos, y es ahora una bella, concurrida, alegre, luminosa y elegante ciudad turística.

Cada vez hay más puteríos

¿Qué nos está pasando en San Salvador? En San Salvador vamos en sentido inverso, como los cangrejos. La alcaldía no sólo no hace ningún esfuerzo por contribuir al rescate urbano, sino que está autorizando el establecimiento de burdeles y sitios de perdición por todos los rumbos de la capital. Es suficiente que se diga que el negocio “es de comidas”, para que les den permiso. Por lo que se cobra en impuestos municipales, venden calles, barrios y áreas residenciales. De un día a otro la gente se encuentra con el lupanar al frente o al lado de sus casas, con borrachos en las aceras, tiene que oír música estridente y soportar la cuadra de parqueadero de los clientes de las meretrices.

En un caso, después de las quejas de los vecinos, un puterío fue cerrado. Pero su dueño no hizo más que quitarle una parte al nombre del establecimiento, para que los concejales lo autorizaran de nuevo. Es obvio que si se clausura, le cambian nombre y vuelven a las malas andadas.

La cuestión, como fue el caso de Marbella en sus malos tiempos, es que si se tolera el envilecimiento, si se permite la suciedad, si no se hace nada para combatir la vagancia y la prostitución abierta, las ciudades se degradan y la gente comienza a encontrar normal vivir en medio de prostíbulos, chupaderos y casas ruinosas. Nosotros nos afligimos por nuestros hijos; toca a los concejales de San Salvador preocuparse por los suyos.


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