El Diario de Hoy
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En un extraordinario ensayo, se señala que al tolerar el deterioro
en una calle o barriada (una ventana rota, un carro abandonado), el descuido
y luego la suciedad acaban por contaminar una zona urbana y hasta una
ciudad entera. El desorden, los promontorios de basura, las casas o vehículos
abandonados, las ventanas rotas y agujeros en las aceras, van extendiéndose
como un cáncer, hasta devorar lo limpio, lo ordenado, lo que se
cuida, lo decente.
Hablamos ayer del finado alcalde de Marbella, don Jesús Gil y Gil,
que se propuso rescatar el casco antiguo, desterrar hippies,
drogos y peperechas, atraer inversión y turismo, embellecer la
ciudad. Lo planteó, puso empeño en conseguirlo, fue avanzando
paso a paso, pero con rapidez y deja en la memoria colectiva un ejemplo
a seguir por otros alcaldes, aunque no en sus facetas oscuras. De él
muchos de sus conciudadanos dicen que picarazos han abundado, pero es
único en conseguir una transformación de tanto beneficio
y belleza.
La enseñanza no es que para hacer una gran ciudad se necesita ser
un pillo, sino que se avanza eliminando lo sucio, lo desordenado, lo feo
y lo que degrada, pues serán los buenos ciudadanos los que irán
detrás recuperando, limpiando, pintando, reconstruyendo, invirtiendo,
mejorando y embelleciendo. A la inversa, cuando se toleran centros de
corrupción, no se limpia, se permite que drogos y pepis
deambulen sin control, se ponen obstáculos para que se construya
y reconstruya, las ciudades van poco a poco hundiéndose hasta convertirse
en centros de vicio y de pobreza.
Marbella salió del punto bajo en que la dejaron los anteriores
alcaldes socialistas, otra serie de picarazos, y es ahora una bella, concurrida,
alegre, luminosa y elegante ciudad turística.
Cada vez hay más puteríos
¿Qué nos está pasando en San Salvador? En San Salvador
vamos en sentido inverso, como los cangrejos. La alcaldía no sólo
no hace ningún esfuerzo por contribuir al rescate urbano, sino
que está autorizando el establecimiento de burdeles y sitios de
perdición por todos los rumbos de la capital. Es suficiente que
se diga que el negocio es de comidas, para que les den permiso.
Por lo que se cobra en impuestos municipales, venden calles, barrios y
áreas residenciales. De un día a otro la gente se encuentra
con el lupanar al frente o al lado de sus casas, con borrachos en las
aceras, tiene que oír música estridente y soportar la cuadra
de parqueadero de los clientes de las meretrices.
En un caso, después de las quejas de los vecinos, un puterío
fue cerrado. Pero su dueño no hizo más que quitarle una
parte al nombre del establecimiento, para que los concejales lo autorizaran
de nuevo. Es obvio que si se clausura, le cambian nombre y vuelven a las
malas andadas.
La cuestión, como fue el caso de Marbella en sus malos tiempos,
es que si se tolera el envilecimiento, si se permite la suciedad, si no
se hace nada para combatir la vagancia y la prostitución abierta,
las ciudades se degradan y la gente comienza a encontrar normal vivir
en medio de prostíbulos, chupaderos y casas ruinosas. Nosotros
nos afligimos por nuestros hijos; toca a los concejales de San Salvador
preocuparse por los suyos.