Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy
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El apego desmedido al dinero y a los bienes ha existido siempre, aunque
por diversas razones ahora se observa con mayor frecuencia y en una dimensión
también mayor. En los tiempos modernos ya no se trata de escamotear
algunos miles de pesos para al menos pagar la prima de una casa, las exigencias
son para adquirir unas veinte o más propiedades. Antes desaparecían
unos diez o quince sacos de abono, ahora la mentalidad es que desaparezcan
diez mil o más. El que tenía de sobra se iba de compras
a New Orleans o de juerga a La Habana, Cuba (antes de Fidel Castro). Los
tiempos han cambiado, ahora se viaja a Europa a descansar, comprar apartamentos
y realizar grandes transacciones por medios electrónicos.
Aparte del crimen organizado, la corrupción en escala industrial
y otras expresiones extremas, el enfoque crematístico (vivir por
el dinero, valorar las cosas únicamente desde la óptica
de la rentabilidad y no hacer nada que no implique obtener ganancias)
está calando muy hondo en la sociedad. Así como no pocos
universitarios se rebuscan para graduarse con mayor velocidad, existen
algunos empresarios que a pesar de disponer de recursos evaden el pago
de impuestos, también hay señoras de los mercados que burlan
ciertas disposiciones municipales para instalarse en plena calle para
vender más, y así sucesivamente podemos llegar
a profesionales encumbrados y reconocidos, capaces de ordeñar
la vaca a través de la cerca, si nadie se los impide.
Dentro de esa inmensa multiplicidad de formas y variantes, lo primero
que pregunta la nueva empleada doméstica es ¿cuánto
pagan? ¿tengo derecho a salir todos los fines de semana? ¿puedo
ver TV y escuchar la radio todos los días? Como si el punto de
honor es trabajar poco y ganar mucho. Pero esa tendencia también
alcanza a los profesionales universitarios, la idea es ir tras un buen
empleo (excelente salario con mínima carga laboral) y en esa línea
de pensamiento los sindicatos no se quedan atrás, la consigna pareciera
ser más prestaciones y menos trabajo.
Con escasas excepciones los jóvenes estudian para aprobar la materia
y no para defenderse en la vida; en la universidad estudian el método
científico para aprobar el requisito del trabajo de investigación
y no para aplicarlo en la vida profesional. A la secretaria le preocupa
más aprobar el examen que le harán en la empresa, que incrementar
sus conocimientos. El mecánico automotriz que brinda servicios
a domicilio, llega corriendo cuando se trata de una reparación
mayor, que le dará buenos dividendos, pero se hace el loco
cuando es llamado sólo para cambiar una faja. En la categoría
de los extremos conozco varios casos de agraciadas señoritas graduadas
que, no contentas con el salario de sus empleos, trabajan en la clandestinidad
como acompañantes de ejecutivos, y así poder
cobrar emolumentos semanales de $600 o más.
El dinero fácil se ha convertido en una poderosa droga que produce
dependencia física y psicológica de tal manera que, los
que se benefician del mismo caen casi invariablemente en un estilo de
vida del que no pueden escapar. Todo parece indicar que los consumidores
de esta nueva droga, piensan y actúan en función de alcanzar
a cualquier precio una vida regalada, sin fregarse mucho y respetan religiosamente
aquello de que sólo los majes se matan trabajando, se levantan
temprano y marcan tarjeta. Por supuesto que sin importar el buen
nombre, la autoestima, el prestigio, la ética y otros valores.
Desde la óptica anterior llaman la atención dos sectores
de la sociedad salvadoreña del posconflicto, que caminan por esos
senderos: por un lado los mareros que le conceden una preponderancia muy
especial a lo que ellos llaman el vacile. Creen que de nada
sirve aprender a leer y escribir, que se vive mejor y con mayor seguridad
en calidad de delincuente que de gente de bien, que las leyes constituyen
el mayor obstáculo para alcanzar el bienestar y la felicidad.
Y, por el otro, se encuentra un grupo social relativamente de reciente
creación, que ha crecido y se ha desarrollado especialmente en
las últimas dos décadas, constituido por jóvenes
que se sostienen con las remesas que envían sus padres y que viven
con sus hermanos, tíos, abuelos, cuñados y otros parientes.
Los que envían el dinero de forma periódica asumen que está
bien utilizado y, como sus controles son a distancia y por medios indirectos,
tienen una idea distorsionada de la realidad de sus hijos. Éstos,
como tienen asegurada la vivienda y la alimentación, en lugar de
dedicarse al estudio a tiempo completo, salvo raras excepciones, la llevan
al suave en una divierta perpetua, inscriben una
materia por semestre, a lo sumo tal vez dos, trabajan por horas esporádicamente,
la promiscuidad con las parejas y los problemas de alcohol y farmacodependencia
no son raros.
Sin embargo, el punto preocupante como en el caso anterior es que muchos
de ellos, además de carecer de metas y propósitos definidos,
aceptan los antivalores y hasta las conductas predelincuenciales, como
hechos normales del quehacer diario.
* Dr. en Medicina.