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El dinero fácil
La nueva droga del Siglo XXI

El dinero fácil se ha convertido en una poderosa droga que produce dependencia física y psicológica de tal manera que, los que se benefician del mismo caen en un estilo de vida del que no pueden escapar.

Publicada 17 de mayo 2004, El Diario de Hoy

Rodolfo Chang Peña*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

El apego desmedido al dinero y a los bienes ha existido siempre, aunque por diversas razones ahora se observa con mayor frecuencia y en una dimensión también mayor. En los tiempos modernos ya no se trata de escamotear algunos miles de pesos para al menos pagar la prima de una casa, las exigencias son para adquirir unas veinte o más propiedades. Antes desaparecían unos diez o quince sacos de abono, ahora la mentalidad es que desaparezcan diez mil o más. El que tenía de sobra se iba de compras a New Orleans o de juerga a La Habana, Cuba (antes de Fidel Castro). Los tiempos han cambiado, ahora se viaja a Europa a descansar, comprar apartamentos y realizar grandes transacciones por medios electrónicos.

Aparte del crimen organizado, la corrupción en escala industrial y otras expresiones extremas, el enfoque crematístico (vivir por el dinero, valorar las cosas únicamente desde la óptica de la rentabilidad y no hacer nada que no implique obtener ganancias) está calando muy hondo en la sociedad. Así como no pocos universitarios se rebuscan para graduarse con mayor velocidad, existen algunos empresarios que a pesar de disponer de recursos evaden el pago de impuestos, también hay señoras de los mercados que burlan ciertas disposiciones municipales para instalarse en plena calle para “vender más”, y así sucesivamente podemos llegar a profesionales encumbrados y reconocidos, capaces de “ordeñar la vaca a través de la cerca”, si nadie se los impide.

Dentro de esa inmensa multiplicidad de formas y variantes, lo primero que pregunta la nueva empleada doméstica es ¿cuánto pagan? ¿tengo derecho a salir todos los fines de semana? ¿puedo ver TV y escuchar la radio todos los días? Como si el punto de honor es trabajar poco y ganar mucho. Pero esa tendencia también alcanza a los profesionales universitarios, la idea es ir tras un buen empleo (excelente salario con mínima carga laboral) y en esa línea de pensamiento los sindicatos no se quedan atrás, la consigna pareciera ser “más prestaciones y menos trabajo”.

Con escasas excepciones los jóvenes estudian para aprobar la materia y no para defenderse en la vida; en la universidad estudian el método científico para aprobar el requisito del trabajo de investigación y no para aplicarlo en la vida profesional. A la secretaria le preocupa más aprobar el examen que le harán en la empresa, que incrementar sus conocimientos. El mecánico automotriz que brinda servicios a domicilio, llega corriendo cuando se trata de una reparación mayor, que le dará buenos dividendos, pero se hace “el loco” cuando es llamado sólo para cambiar una faja. En la categoría de los extremos conozco varios casos de agraciadas señoritas graduadas que, no contentas con el salario de sus empleos, trabajan en la clandestinidad como “acompañantes de ejecutivos”, y así poder cobrar emolumentos semanales de $600 o más.

El dinero fácil se ha convertido en una poderosa droga que produce dependencia física y psicológica de tal manera que, los que se benefician del mismo caen casi invariablemente en un estilo de vida del que no pueden escapar. Todo parece indicar que los consumidores de esta nueva droga, piensan y actúan en función de alcanzar a cualquier precio una vida regalada, sin fregarse mucho y respetan religiosamente aquello de que “sólo los majes se matan trabajando, se levantan temprano y marcan tarjeta”. Por supuesto que sin importar el buen nombre, la autoestima, el prestigio, la ética y otros valores.

Desde la óptica anterior llaman la atención dos sectores de la sociedad salvadoreña del posconflicto, que caminan por esos senderos: por un lado los mareros que le conceden una preponderancia muy especial a lo que ellos llaman “el vacile”. Creen que de nada sirve aprender a leer y escribir, que se vive mejor y con mayor seguridad en calidad de delincuente que de gente de bien, que las leyes constituyen el mayor obstáculo para alcanzar el bienestar y la felicidad.

Y, por el otro, se encuentra un grupo social relativamente de reciente creación, que ha crecido y se ha desarrollado especialmente en las últimas dos décadas, constituido por jóvenes que se sostienen con las remesas que envían sus padres y que viven con sus hermanos, tíos, abuelos, cuñados y otros parientes.

Los que envían el dinero de forma periódica asumen que está bien utilizado y, como sus controles son a distancia y por medios indirectos, tienen una idea distorsionada de la realidad de sus hijos. Éstos, como tienen asegurada la vivienda y la alimentación, en lugar de dedicarse al estudio a tiempo completo, salvo raras excepciones, la llevan “al suave” en una “divierta perpetua”, inscriben una materia por semestre, a lo sumo tal vez dos, trabajan por horas esporádicamente, la promiscuidad con las parejas y los problemas de alcohol y farmacodependencia no son raros.

Sin embargo, el punto preocupante como en el caso anterior es que muchos de ellos, además de carecer de metas y propósitos definidos, aceptan los antivalores y hasta las conductas predelincuenciales, como hechos normales del quehacer diario.

* Dr. en Medicina.

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