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Preocupa a Brasil “alcoholismo” de Lula

En la mira del pueblo. Ya sea que el presidente tenga o no un problema con la bebida, el asunto ha permeado la conciencia pública y se ha convertido en un tema de las burlas.

Publicada 11 de mayo 2004, El Diario de Hoy

Bebida favorita. Da Silva sostiene, sonriente, una botella de chacaza, el licor popular de los brasileños. Foto AP

Larry Rohter
El Diario de Hoy
internacionales@elsalvador.com

Luiz Inacio Lula da Silva nunca ha escondido su gusto por un vaso de cerveza, un poquito de whisky o un trago de cachaza, el fuerte licor de caña de azúcar de Brasil. Sin embargo, algunos de sus conciudadanos se han preguntado si la predilección de su Presidente por las bebidas fuertes está afectando su desempeño en el cargo.

En los últimos meses, el gobierno izquierdista de da Silva se ha visto acosado por una crisis tras otra, que van desde un escándalo de corrupción hasta el fracaso de importantes programas sociales. Es frecuente que el Presidente se aleje del ojo público y deje que sus asesores hagan la mayor parte del trabajo pesado. Ello ha generado la especulación de que su aparente desentendimiento y pasividad puedan de alguna forma estar relacionados con su apetito por el alcohol. Sus partidarios niegan informes de que bebe en exceso.

Aun cuando los líderes políticos y periodistas platican cada vez más entre ellos sobre el consumo de licor de da Silva, pocos están dispuestos a expresar sus recelos en público u oficialmente. Una excepción es Leonel Brizola, líder del izquierdista Partido Democrático del Trabajo, quien fue compañero de campaña de da Silva en 1998, pero que ahora le preocupa que el Presidente se esté “destruyendo las neuronas del cerebro”.

“Cuando fui el candidato vicepresidencial de Lula, bebía mucho”, dijo en un discurso reciente Brizola, ahora un crítico del gobierno. “Le advertí que las bebidas destiladas son peligrosas. Pero no me escuchó, y según lo que se dice, sigue bebiendo”.

Además de Brizola, líderes políticos y de los medios informativos por igual parecen preferir tratar el asunto con indirectas, pero lo hacen con gozo. Siempre que es posible, los medios periódicos de Brasil publican fotografías del Presidente con ojos nublados o cara rubicunda, y constantemente hacen referencias tanto a parrilladas de fin de semana en la residencia presidencial en las que corre libremente el licor como a actos de Estado en los que al parecer da Silva nunca está sin un trago en la mano.

El columnista Diogo Mainardi escribió en Veja, la principal revista del país: “Tengo un consejo para Lula. Deja de beber en público”, y agregó que el Presidente se ha convertido en “el principal publicista de la industria licorera” con su consumo muy ostentoso de alcohol.Errores en público

Históricamente, los brasileños tienen razones para preocuparse cuando sus presidentes beben demasiado. A Janio Quadros, elegido en 1960, le gustaban mucho las copas y alguna vez alardeó que “bebo porque es líquido”. Su inesperada renuncia después de menos de un año en el cargo durante lo que según se informó fue una juerga maratónica, inició un periodo de inestabilidad política que condujo a un golpe de Estado en 1964 y a veinte años de una dura dictadura militar.

Ya sea que da Silva tenga o no un problema con la bebida, el asunto ha permeado la conciencia pública y se ha convertido en un tema de las burlas.

Cuando el gobierno gastó 56 millones de dólares a principios de este año para comprar un avión presidencial, el columnista Claudio Humberto, organizó un concurso para darle un nombre. Uno de los ganadores, recordando que el avión del Presidente de Estados Unidos se llama Air Force One, sugirió que el de da Silva debía llamarse “Pirassununga 51”, que es la marca más popular de cachaza.

La especulación sobre la forma de beber del Presidente ha sido alimentada por varias metidas de pata que ha cometido en público. Como candidato, en una ocasión ofendió a los habitantes de una ciudad considerada un santuario de homosexuales al llamarla “una fábrica que manufactura maricones”, y como Presidente, sus equivocaciones en público han continuado y se han convertido en parte del folklore político brasileño. En octubre, un día en el que se festejaba a los ancianos del país, da Silva les dijo: “Cuando se retiren, no se queden en casa molestando a su familia. Encuentren algo qué hacer”.

Hay muchas historias acerca de episodios etílicos que protagoniza da Silva. Según cuentan periodistas, políticos y antiguos vecinos, después de una noche de farra, cuando era miembro del Congreso, a finales de los años 80, él salió del elevador en el piso equivocado del edificio donde entonces vivía y trató de derribar la puerta de un apartamento que erróneamente creyó era el de él.

En el extranjero, da Silva también ha tenido sus tropiezos. En una visita al Medio Oriente el año pasado, imitó el acento árabe al hablar en portugués, con todo y la pronunciación incorrecta; y en Windhoek, Namibia, dijo que la ciudad se veía tan limpia que “apenas si parece Africa”.

El personal y los partidarios de da Silva responden que tales equivocaciones son sólo ocasionales y que deben esperarse de un hombre al que le gusta improvisar al hablar y que no tienen nada que ver con su consumo de alcohol, al que describen como moderado. Ellos perciben que lo miden bajo un estándar diferente -e injusto- con respecto a sus predecesores porque es el primer presidente de Brasil de la clase trabajadora y sólo cursó hasta el sexto grado.

Da silva nació en una familia pobre en uno de los estados más pobres del país, y pasó años dirigiendo sindicatos de trabajadores, un ambiente famoso porque se bebe mucho. En las reseñas de la prensa brasileña se ha descrito a Aristides, el padre del Presidente, a quien apenas conoció y murió en 1978, como un alcohólico que abusaba de sus hijos.

El petróleo es un recurso con reservas limitadas; no se han encontrado importantes yacimientos petroleros desde 1976, y los expertos sospechan que ya no existe ninguno por descubrir. Analistas argumentan que la producción mundial ya está en su máximo o cerca, aun cuando la mayoría dice que el progreso tecnológico, que permite una mayor explotación de las fuentes conocidas como las arenas asfálticas canadienses, permitirá que aumente la producción durante una o dos décadas. Sin embargo, la fecha del máximo físico en la producción no es la cuestión realmente crucial.

Alza no se detiene

Más bien, la pregunta es cuándo será que la tendencia de los precios del petróleo será definitivamente al alza. Ese giro al alza es inevitable en la medida en la que una economía mundial en crecimiento confronta un recurso con disponibilidad limitada. Sin embargo, ¿cuándo sucederá? Quizá ya pasó.

Claro está que sé que tales pronósticos ya se han hecho con anterioridad, durante la crisis energética de los años de 1970. Sin embargo, el final de esa crisis ha sido mal entendida en lo general: los precios bajaron no porque el mundo encontró nuevas fuentes petroleras, sino debido a que encontró las formas de hacer las cosas con menos.

Durante los años de 1980, el consumo de petróleo cayó en el mundo cuando los efectos retardados de la crisis energética condujeron al uso de coches que consumían menos gasolina, mejor aislamiento térmico en las casas, y así sucesivamente. Aun cuando el crecimiento económico condujo a una recuperación gradual, no fue sino hasta 1993 que el consumo mundial de petróleo era sólo ligeramente más alto de lo que había sido en 1979. En Estados Unidos, el consumo de petróleo no volvió a tener el nivel de ese año sino hasta 1997.

Desde entonces, la demanda mundial ha aumentado con rapidez: el consumo diario mundial de petróleo es 12 millones de barriles más elevado que el de hace una década, aproximadamente igual a la producción conjunta de Arabia Saudita e Irán. Resulta que el romance de Estados Unidos con consumidores de gas insaciables, con poca visión del futuro como fue, no es el principal culpable: los grandes aumentos en la demanda provinieron del auge en los países en desarrollo. China, en particular, todavía consume sólo el ocho por ciento del petróleo mundial, pero representó el 37 por ciento del crecimiento en consumo mundial de petróleo en los últimos cuatro años.

El choque entre una demanda mundial en rápido aumento y reservas mundiales limitadas son la razón por la que el mercado de petróleo es tan vulnerable a los ataques de nervios. Quizá superemos esta mala racha, y el petróleo volverá a estar en cerca de los 30 dólares el barril. Sin embargo, si eso sucede sólo será un respiro temporal.

Así es que, ¿qué deberíamos estar haciendo? Aquí hay una pista: no podemos perforar ni conquistar nuestra forma de salir del problema. Sea lo que sea lo que hagamos, los precios del petróleo van a subir. Lo que tenemos qué hacer es adaptarnos.

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