
Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
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A raíz de los violentos acontecimientos de la semana pasada en
el centro de San Salvador, y de la liberación de la treintena de
capturados, acusados de promover los desórdenes y causado perjuicios
en las propiedades de inocentes ciudadanos, a todos nos han venido a la
memoria los terribles años ochenta.
Nadie quiere regresar a la incertidumbre, a la zozobra que nos llevaba
a pensar varias veces antes de aventurarnos por las calles del centro
de la ciudad. Todo el mundo sensato me parece ha visto con
desaprobación la toma pacífica de la Catedral,
y con un cierto disgusto no exento de decepción la liberación
de esas personas. No porque quisiéramos que se les perjudicara,
sino porque no deseamos que ni ellos ni otros sigan alborotando
impunemente. Causando daño.
Todos nos alegramos del proceso democrático que ha servido para
elegir un nuevo gobierno de manera pacífica, sensata y concertada.
No digo que todos se alegren del resultado de las elecciones (al menos
un 37% de los ciudadanos no votó por el partido ganador, y dudo
de que estén, por decirlo de algún modo, contentos), pero
eso no quiere decir que no pueda uno complacerse con el modo en que ha
sido electo el Gobierno.
La gran cantidad de personas que acudieron a las urnas el pasado marzo
es un dato impresionante que denota, al menos, una madurez política
importante y un interés sin precedentes por la cosa pública.
Sin embargo, a la vista de las reacciones de algunos personajes públicos
y de sus seguidores más recalcitrantes, preocupa comprobar que
si bien parecen haberse apuntado a la democracia como sistema de
elección de gobernantes, dan la impresión, por sus
actuaciones públicas, que no han comprendido, o no quieren comprender,
un punto fundamental: en democracia no hay ni vencedores ni vencidos,
sino mayorías y minorías.
Quizá, acostumbrados toda su vida a pensar de manera dialéctica,
son incapaces de captar que hay formas de ver el mundo, formas distintas
a la oposición, al disenso, a la lucha violenta con el que no piensa
igual.
Quizá por su temor a la libertad no pueden comprender que todas
las personas tienen derecho a opinar de una manera que tal vez no coincida
con el propio punto de vista, y que esa forma distinta de ver las cosas,
no tiene por qué convertir en enemigos a quienes piensan diversamente.
Por sus actitudes, declaraciones y comportamientos, dan la impresión
de que no han calado, como decía más arriba, que la democracia
no es asunto de vencedores y de vencidos, sino de mayorías y minorías.
Y no me refiero sólo a los que están en minoría,
también algunos de los que obtuvieron más votos ahora parece
que tienen derecho a hacer lo que les parezca... Ni las mayorías
deben aplastar a las minorías, ni éstas imponerse violentamente
a las mayorías.
El Gobierno en democracia implica tomar en cuenta a todos: a las mayorías
y a las minorías. Implica hacer acuerdos, y los acuerdos necesitan
diálogo, respeto, rectitud, desinterés, generosidad y honestidad.
No hay peor enemigo de la democracia que el deseo de revancha, muy en
particular si los asuntos son personales o se consideran así.
Vivir en paz es un gran bien. Pero la paz, para que sea verdadera, para
que sea duradera, debe ser la paz que ya en el Siglo IV definía
el gran Agustín de Hipona: la tranquilidad en el orden.
No la paz de los cementerios, ni la paz del terror, ni la paz de los equilibrios
de poder.
En este país tenemos todo para gozar de verdadera paz, al menos
tenemos un Estado de Derecho más o menos maltrecho, más
o menos defectuoso, que nos sirve de referente común para
poder buscar ese orden que es imprescindible para la paz. No nos engañemos
pensando que es un asunto del Gobierno, o de los políticos, o de
los empresarios... Es un asunto de todos, la paz nace en el corazón,
y sólo si hay verdadero ánimo de concertación podrá
haber paz en la cosa pública.
Mayorías y minorías vivimos en el mismo Estado, bajo las
mismas leyes. Vencedores y vencidos son personajes de una historia que
gracias a Dios parece haber quedado en el pasado. No vale
la pena resucitar esos muertos, no vale la pena tirar por tierra lo logrado,
y sí que vale la pena seguir esforzándose por vivir en paz,
en tranquilidad. Con la tranquilidad que da el orden.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista
de El Diario de Hoy.