
María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy
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¿Qué está sucediendo? ¡Todo está patas
arriba! Incluso los principios y normas morales, permanentes e inmutables,
ahora, como los kleenex, ¡son desechables! ¿Cómo
es eso?
Los de mi generación aprendimos que la palabra empeñada
se cumplía. Punto. Había que pensarlo muy bien al darla,
porque después no había marcha atrás.
Aprendimos que la carrera militar es dura y arriesgada, porque los soldados
deben cumplir su misión hasta la muerte, y, siendo entrenados para
la guerra, con mayor razón podrán desempeñarse bien,
en cualquier campo, en tiempos de paz.
Aprendimos a respetar las leyes, que existen para procurar justicia; a
cuidar la propiedad ajena (pública o privada), tanto o más
que la propia; a respetar las plantas, los animales y, principalmente
y siempre, a todas las personas. Y a evitar causar daño a nadie,
ni siquiera inconscientemente.
Aprendimos que cada uno actuando solo o en grupo, bien o mal
es total y plenamente responsable de sus actos, pudiendo así disfrutar
los beneficios de sus esfuerzos o asumiendo sus malas consecuencias.
Aprendimos que tener un mayor nivel que otros (autoridad, educación,
dinero, etc.), lejos de otorgar privilegios, implica una mayor responsabilidad
hacia los demás y exige una conducta ejemplar.
Aprendimos que una iglesia es sagrada porque en ella se busca y
encuentra la presencia de Dios, quien es la Autoridad Máxima,
a quien todos debemos someternos en paz. Quien esté dentro de una
iglesia, en cualquier circunstancia, debería estar a salvo, ya
que es un lugar que, por respeto, jamás sería atacado.
En fin... Enseñanzas como éstas son comunes a mi generación.
Y ¿ahora?
¿La palabra empeñada? A nadie le importa; hasta se firman
documentos y cheques con deliberada intención de engañar.
No extraña, entonces, que se exija que nuestro país
se eche para atrás en compromisos adquiridos, dejando obligaciones
a medias, comportándonos como una empleada doméstica que
agarra un berrinche.
El ejército, al parecer, hoy está formado por indefensos
niños de kinder, en lugar de profesionales bien entrenados, personas
de criterio que, de antemano, conocían los riesgos de su carrera.
Queremos a nuestros soldados sanos y salvos, sí, pero también
merecen destacarse profesionalmente y realizarse, cumpliendo con su deber.
¿Que defienden una causa que no es nuestra? ¡Claro que es
nuestra! ¡Y de todos quienes deseamos la supervivencia de nuestra
civilización occidental y cristiana, ya seamos civiles o militares!
En cuanto al respeto (a los demás, a las leyes, a la propiedad,
a la iglesia, etc.)... ¡Si ya no se respeta ni la mismísima
catedral! Es decir: todo está encaminado a minar el honor, el respeto,
la dignidad, los principios.
Ahora hay un malvado complot para tergiversar el bien y el mal, las palabras
y los hechos, al grado de proteger a las turbas envenenadas que amenazan
a nuestra nación, y condenar a quienes votamos por vivir en libertad.
Hasta hemos visto autoridades (diputados, políticos, procuradora
e, incluso, el obispo auxiliar) disculpando la conducta delincuencial
y terrorista del clancito de agitadores y matones que el 28/03/04 trabajó
en lo único que conocen: la destrucción y la violencia,
poniendo en peligro la vida de periodistas y personas decentes, dedicándose
al pillaje y vandalismo.
Pero ni todo eso que los salvadoreños contemplamos horrorizados,
en vivo y en directo, fue suficiente para que un honorable
juez decretara la detención de esos individuos; ¡si poco
faltó para que les premiara! ¡Es indignante!
Por supuesto, la violencia no ha sorprendido a nadie: ya los farabundos,
en boca del propio Handal, nos la había anunciado. Y para aquellos
ingenuos que aún dudaban de sus palabras e intenciones, Sánchez
Cerén lo ha reiterado en varias ocasiones. Como no les elegimos,
entonces las vamos a pagar. ¡Igual que cipotes malcriados!
Sólo que este asunto sí es grave, ¡gravísimo!
Ya personas ilustres, conocedoras de leyes, han exigido que se haga justicia
y se ponga paro a la violencia. Los salvadoreños responsables debemos
unirnos también a esa exigencia, para evitar que la impunidad dé
más alas a individuos que atentan directa y alevosamente contra
la seguridad del Estado. Dicho claramente y sin tapujos: son simples y
viles traidores a la Patria. Y debería caerles encima todo el peso
de la ley.
¿Puede alguien explicar por qué, en vez de castigarles,
hasta les chinchinean?
*Columnista de El Diario de Hoy.