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Opinando
No sorprende... ¡Pero indigna!

Ahora hay un malvado complot para tergiversar el bien y el mal, las palabras y los hechos, al grado de proteger a las turbas envenenadas que amenazan a nuestra nación.

Publicada 8 de mayo 2004, El Diario de Hoy


María A. de López Andreu*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

¿Qué está sucediendo? ¡Todo está “patas arriba“! Incluso los principios y normas morales, permanentes e inmutables, ahora, como los “kleenex”, ¡son desechables! ¿Cómo es eso?

Los de mi generación aprendimos que la palabra empeñada se cumplía. Punto. Había que pensarlo muy bien al darla, porque después no había marcha atrás.

Aprendimos que la carrera militar es dura y arriesgada, porque los soldados deben cumplir su misión hasta la muerte, y, siendo entrenados para la guerra, con mayor razón podrán desempeñarse bien, en cualquier campo, en tiempos de paz.

Aprendimos a respetar las leyes, que existen para procurar justicia; a cuidar la propiedad ajena (pública o privada), tanto o más que la propia; a respetar las plantas, los animales y, principalmente y siempre, a todas las personas. Y a evitar causar daño a nadie, ni siquiera inconscientemente.

Aprendimos que cada uno —actuando solo o en grupo, bien o mal— es total y plenamente responsable de sus actos, pudiendo así disfrutar los beneficios de sus esfuerzos o asumiendo sus malas consecuencias.

Aprendimos que tener un mayor nivel que otros (autoridad, educación, dinero, etc.), lejos de otorgar privilegios, implica una mayor responsabilidad hacia los demás y exige una conducta ejemplar.

Aprendimos que una iglesia es sagrada porque en ella se busca —y encuentra— la presencia de Dios, quien es la Autoridad Máxima, a quien todos debemos someternos en paz. Quien esté dentro de una iglesia, en cualquier circunstancia, debería estar a salvo, ya que es un lugar que, por respeto, jamás sería atacado.

En fin... Enseñanzas como éstas son comunes a mi generación. Y ¿ahora?
¿La palabra empeñada? A nadie le importa; hasta se firman documentos y cheques con deliberada intención de engañar.

No extraña, entonces, que se “exija” que nuestro país se eche para atrás en compromisos adquiridos, dejando obligaciones a medias, comportándonos como una empleada doméstica que agarra un berrinche.

El ejército, al parecer, hoy está formado por indefensos niños de kinder, en lugar de profesionales bien entrenados, personas de criterio que, de antemano, conocían los riesgos de su carrera. Queremos a nuestros soldados sanos y salvos, sí, pero también merecen destacarse profesionalmente y realizarse, cumpliendo con su deber. ¿Que defienden una causa que no es nuestra? ¡Claro que es nuestra! ¡Y de todos quienes deseamos la supervivencia de nuestra civilización occidental y cristiana, ya seamos civiles o militares!
En cuanto al respeto (a los demás, a las leyes, a la propiedad, a la iglesia, etc.)... ¡Si ya no se respeta ni la mismísima catedral! Es decir: todo está encaminado a minar el honor, el respeto, la dignidad, los principios.

Ahora hay un malvado complot para tergiversar el bien y el mal, las palabras y los hechos, al grado de proteger a las turbas envenenadas que amenazan a nuestra nación, y condenar a quienes votamos por vivir en libertad.

Hasta hemos visto autoridades (diputados, políticos, procuradora e, incluso, el obispo auxiliar) disculpando la conducta delincuencial y terrorista del clancito de agitadores y matones que el 28/03/04 “trabajó” en lo único que conocen: la destrucción y la violencia, poniendo en peligro la vida de periodistas y personas decentes, dedicándose al pillaje y vandalismo.

Pero ni todo eso que los salvadoreños contemplamos horrorizados, en vivo y en directo, fue suficiente para que un “honorable” juez decretara la detención de esos individuos; ¡si poco faltó para que les premiara! ¡Es indignante!

Por supuesto, la violencia no ha sorprendido a nadie: ya los farabundos, en boca del propio Handal, nos la había anunciado. Y para aquellos ingenuos que aún dudaban de sus palabras e intenciones, Sánchez Cerén lo ha reiterado en varias ocasiones. Como no les elegimos, entonces “las vamos a pagar”. ¡Igual que cipotes malcriados! Sólo que este asunto sí es grave, ¡gravísimo!

Ya personas ilustres, conocedoras de leyes, han exigido que se haga justicia y se ponga paro a la violencia. Los salvadoreños responsables debemos unirnos también a esa exigencia, para evitar que la impunidad dé más alas a individuos que atentan directa y alevosamente contra la seguridad del Estado. Dicho claramente y sin tapujos: son simples y viles traidores a la Patria. Y debería caerles encima todo el peso de la ley.
¿Puede alguien explicar por qué, en vez de castigarles, hasta les “chinchinean”?

*Columnista de El Diario de Hoy.


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