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Ocultando los costos de la guerra

La verdad sale a la luz. Siempre habrá voracidad por las fotos de los ataúdes envueltos en banderas. Son una imagen poderosa: si se oculta, representa algo vergonzoso; si se muestra, algo horrible.

Publicada 29 de abril 2004, El Diario de Hoy

Las bajas. Los feretros de soldados llegando a los Estados Unidos.
Foto AP

REUTERS, AP
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

Cuando la posibilidad de una guerra se vislumbra, se puede confiar en que un congresista u otro tome el estrado y pregunte si el pueblo estadounidense está dispuesto a ver “ataúdes envueltos en la bandera del país”. Pero aun cuando Estados Unidos está en medio de una sangrienta guerra, hasta la semana pasada, ese no había sido el tema de discusión. Las imágenes fotográficas y de vídeo de los muertos estadounidenses habían sido prohibidas desde mucho antes de la guerra.

Pero como sucede a menudo en el ambiente de los medios de capacidad masiva y curiosidad sin fin, lo que debía estar oculto está ahora a la vista de todos. Primero, un empleado de un contratista involucrado en el más solemne de todos los transportes tomó fotografías, una de las cuales apareció en la primera plana de The Seattle Times. Y luego The Memory Hole, un sitio web decidido a divulgar cualquier tipo de información retenida (www.thememoryhole.org), recibió cientos de fotos de las fuerzas armadas, en respuesta a una solicitud de Libertad de Información, y las publicó en Internet. El Gobierno ha dicho que las fotos fueron divulgadas por error, pero en una era digital, bien podría no haber forma de hacer que la salsa de tomate —o en este caso, el derramamiento de sangre— regrese a la botella.

“La verdad saldrá, como dicen, y así lo hará cualquier fotografía en cualquier lado que alguien esté tratando de suprimir”, dijo David Perlmutter, profesor de comunicaciones de la Universidad Estatal de Louisiana y autor de dos libros sobre el impacto de las imágenes fotográficas sobre la guerra y el público.

Los remilgos del gobierno sobre las fotografías que ilustran las consecuencias de la guerra tienen precedentes en la historia estadounidense, pero contrastan con dónde empezó la fotografía de guerra.

En 1862, los neoyorquinos acudieron a la galería de Mathew Brady y vieron, por primera vez, la sangrienta apariencia externa de la Guerra Civil. Los muertos eran una presencia persistente debido a las limitaciones de la tecnología de ese entonces. Los daguerrotipos requerían sujetos que permanecieran quietos, y no había sujeto más paciente que los muertos.

Pero para principios de la Primera Guerra Mundial, conforme la reproducción masiva y la distribución de imágenes se volvieron comunes, el liderazgo político y militar empezó a comprender que ver soldados estadounidenses sin vida podía tener un efecto corrosivo en la voluntad de combatir del país, y la fotografía fue prohibida en general. Fue sólo dos años después de iniciada la Segunda Guerra Mundial que el gobierno federal decidió que era tiempo de quitar la cubierta a los lentes de las cámaras, aunque en formas controladas.

La guerra tangible

“Hasta ese momento, los estadounidenses habían estado apoyando la guerra sólo en la imaginación”, dijo Susan Moeller, profesora del Colegio de Periodismo Philip Merrill de la Universidad de Maryland. “Los fotógrafos ayudaron a hacer tangibles la retórica y los objetivos. Las fuerzas armadas querían que el público estadounidense estuviera en la misma guerra en que ellos estaban”.

Para el momento del conflicto de Vietnam, todo el infierno había sido liberado, a menudo frente a los ojos del público. El salvajismo inherente de la guerra, su indiferencia con el sufrimiento humano, entró en el corazón y la mente de los estadounidenses como una granada impulsada por cohetes a través de vídeo gráfico y fotografías fijas. La disonancia entre esas imágenes y la retórica del liderazgo estadounidense ayudó al público a decidir que lo que inicialmente se les vendió como una búsqueda global de libertad se había convertido en una trampa con costos incalculables.

En ocasiones, es la yuxtaposición de imágenes lo que crea su propia narrativa. Durante la primera guerra del Golfo Pérsico, el Presidente George Bush padre fue fotografiado jugando golf en un momento en que los ataúdes se apilaban en bases militares. Y el horror e indignación creados por las imágenes de la llamada Autopista de la Muerte, donde los iraquíes que huían en retirada de Kuwait eran inmolados por bombas y misiles estadounidenses, podrían haber sido una razón de que Sadam Hussein no fuera perseguido hasta Bagdad. Fue bajo el gobierno de Bush padre que se descontinuaron las ceremonias formales para los cuerpos de soldados que regresaban; y con ello, se prohibieron las cámaras también. La razón dada en ese entonces fue que el tipo y horario de las ceremonias debía ser una decisión tomada por la familia de cada soldado, pero entonces, como ahora, esos motivos fueron cuestionados. Sin embargo, la misma política se ha convertido ahora en la regla general en la Base Andrews de la Fuerza Aérea en Maryland y la Base Aérea de Ramstein en Alemania.

Siempre habrá apetito. La semiótica de los ataúdes envueltos en banderas es poderosa, no importa cómo sean tratados. Si se les oculta, representan algo vergonzoso; si se les muestra, representan algo horrible. Pero quizá no. El Monumento a los Veteranos de Vietnam —un lugar donde más de 58,000 nombres parecen preguntar “¿Por qué yo? ¿Para qué?— ha sido desde hace tiempo un sitio para la contemplación y el duelo público. Los estadounidenses saben que la narrativa heroica de la batalla a menudo es seguida por el sonido del toque de silencio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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