Sergio Muñoz Bata*
El Diario de Hoy
sergio.munoz@latimes.com
Conforme aumentan las cárceles privadas para indocumentados secuestrados
por coyotes, las autoridades plantean obligar a la policía a cooperar
con la migra, en vez de replantearse una reforma profunda
a la política migratoria del país Lo verdaderamente sorprendente
de una historia de la vida real, recién escenificada en un barrio
de la ciudad de Los Ángeles llamado Watts, es que una vez descubierto
el encierro ilegal de 110 inmigrantes indocumentados procedentes de Ecuador,
México, El Salvador y Guatemala, en un pequeño bungalow
apenas capaz de albergar a una pareja de adultos, nadie se mostrara sorprendido.
Un vocero de la policía local declaró que no era nada extraordinario
que los inmigrantes recién desembarcados vivieran en esas condiciones.
Confesó que cada día aumenta el numero de casas-cárceles
como ésta, en la que los coyotes encierran a sus víctimas
hasta que sus familiares pagan el rescate, que en algunos casos llega
a los $9,000 dólares por persona.
Los vecinos también se imaginaban, con asombrosa precisión,
lo que se ocultaba al interior de la casita con ventanas tapiadas con
madera y barras de hierro, y puertas encadenadas. Hacía por lo
menos dos años que observaban cómo, al caer la noche, de
una camioneta blanca bajaban grupos de entre siete y diez personas y entraban
a la casa.
A ningún vecino se le ocurrió jamás llamar a las
autoridades. Tal y como declaró uno de ellos, no había buenas
opciones, pues hacerlo implicaba exponer a la deportación a personas
que habían soportado sacrificios durante largas jornadas llenas
de riesgos, viajando sin la documentación migratoria necesaria,
tolerando los horrores del encierro, y las vejaciones y amenazas de los
improvisados carceleros.
Por otro lado, no llamar a las autoridades significaba entrar en complicidad
con los traficantes de personas. Por ello, los vecinos de Watts dejaron
que las cosas siguieran su curso. Son gente que sólo viene
aquí a trabajar, dijo una mujer del barrio. Los vecinos pensaban
que en algún momento los familiares de los inmigrantes juntarían
el dinero necesario para poder pagar el rescate y sus parientes podrían
continuar su odisea, con suerte, encontrando el anhelado trabajo.
Las cosas no sucedieron así. Uno de los inmigrantes, cuyos familiares
ya habían pagado el rescate, decidió llamar a las autoridades
e informarles sobre lo que sucedía en el pequeño bungalow
de Watts.
Cuando los agentes de inmigración aparecieron en el lugar de los
hechos, encontraron a 88 inmigrantes descalzos, cansados y asustados:
42 de Ecuador, 40 de México, 4 de Guatemala y dos de El Salvador.
En la oscura casita, había también montañas de zapatos,
cartuchos de armas, listas con los nombres de las víctimas y cifras
indicando el monto del rescate pedido, porciones de comida. El resto de
los inmigrantes y los secuestradores logró escapar.
El caso de Watts mereció las primeras planas de los periódicos
esta semana y propició un debate en Los Ángeles y en Washington
D.C. La petición de ciertos grupos opuestos a la inmigración
es que las policías locales colaboren con las autoridades migratorias
para arrestar a indocumentados. La mayor parte de los cuerpos policíacos
en por lo menos 12 estados de la Unión Americana se niegan a cumplir
este papel, aduciendo que su trabajo les obliga a establecer vínculos
de confianza con las comunidades inmigrantes. Es decir, no se puede actuar
como la migra y luego regresar a pedir ayuda para investigar actos criminales,
auxiliar a las víctimas de violencia doméstica y contar
con testigos potenciales a la hora de llevar a juicio a los criminales.
Cuando George W. Bush asumió la presidencia prometió que
desarrollaría una política migratoria justa, eficiente y
racional. El 11 de septiembre obligó al país a redefinir
las prioridades nacionales y la inmigración pasó a segundo
término. Bush revivió el asunto a principios de este año
con una vaga propuesta que nadie en el Congreso se ha atrevido a sustanciar.
Mientras más se dilaten el Presidente y el Congreso en establecer
las bases de una política migratoria seria, más proliferarán
las casas como la de Watts, donde los indocumentados viven un injusto
infierno carcelario, y más costo tendrán que pagar las ciudades
a donde llegan los inmigrantes. Postergar este empeño es inmoral
e irracional.
*Miembro del consejo editorial de Los Angeles Times.