Federico Hernández
Aguilar*
El Diario de Hoy
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Entro en el recinto suspirando. Ya es inevitable. Al principio era algo
consciente; hoy, el suspiro sale de mis labios por sí solo, sin
que lo empuje mi mente. Tal vez sea producto de un sutil juego de resquemores,
aglutinados en mi cabeza tras un año de cumplir con este duro compromiso.
Tal vez no termina de acostumbrarse mi espíritu a esta cita surrealista
de una vez por semana.
También hoy es pesado el ambiente. Se respira cierta tensión
de urgencia, de inmediatez. Grupos de personas se apiñan a lo largo
de la entrada, con pancartas de variopinta intencionalidad. Miradas inyectadas
de ideología se clavan donde sea, en quien sea, por los motivos
más disímiles. Se mascullan insultos y saludos. Por allá
se extiende una mano, se agradece un favor. La nerviosa petición
de alguien que ha esperado pacientemente el arribo de alguna cara conocida
detiene mis pasos. No es conmigo el asunto, pero sólo alcanzo la
barandilla de entrada hasta que el peticionante obtiene una débil
promesa y se hace a un lado, agazapándose para preparar nuevas
emboscadas.
Ya en la barandilla, tras el buenos días que correspondo
al vigilante, un nuevo suspiro emerge. Qué le vamos a hacer. La
mayor parte de colegas aún no llega. Me detengo en dos o tres sitios
para estrechar manos, entablar cortas charlas, preguntar por la familia.
Alguna inconfesable suspicacia me hace distinguir entre la cortesía
y la cortesanía. Aquí, bien lo sé, hasta el respeto
personal suele tener sus límites.
Una vez en mi silla, me entretengo observando el salón. Tampoco
me acostumbro a algo tan precario. Tiene las dimensiones de una pista
de baile. Es largo, sobrio, un poco estrecho, pero bien iluminado. De
no haber tantos obstáculos, decenas de parejas podrían danzar
muy a gusto. Pero aquí no se viene a bailar, aunque en un sentido
muy figurado a veces lo parezca.
Paseo mis ojos por los puestos que empiezan a ser ocupados. A ciertos
personajes se les puede calificar por su estampa, a otros se les puede
definir por su mirada o por su caminar. Hay quienes exhiben el ánimo
que traen por la forma en que hacen notar su presencia. Recuerdo mis no
tan lejanos días de colegio y no resisto a la tentación
de comparar mi querido salón de clases con esta asamblea. Pocas
diferencias, en verdad. Aquí tampoco faltan los buscapleitos, los
despistados, los bromistas. Hasta pasar lista es regla. En este lugar,
sin embargo, los efectos de un pleito o de un capricho transforman miles
de vidas, para bien o para mal. Por eso las boletas de calificación
también son distintas. Se llaman votos, y se entregan cada tres
años, puntualmente.
Pienso por un momento en las grandes responsabilidades que tenemos. Trato
de creer que este pensamiento es compartido, en igual o mayor medida,
por las ochenta y cuatro conciencias que cada semana acudimos a este recinto.
Y entonces me pregunto: ¿Será que hoy, en esta plenaria,
la conciencia de nuestra responsabilidad hará por fin la diferencia?
¿Será que hoy, por encima de ambiciones personales, estará
nuestra sensatez a la altura de esa confianza que los salvadoreños
nos han tenido? ¿Será que hoy, para legitimar el derecho
a defender nuestras ideas, seremos capaces de hallar la sutil, pero significativa
diferencia que existe entre integridad democrática y mezquindad
ideológica?
No creo pecar de ingenuo. En el escenario que ocupamos se entrecruzan
demasiadas ideas, puntos de vista, sentimientos, como para pretender iluminación
e infalibilidad. Me atrevo a asegurar, no obstante, que buenas dosis de
respeto y cordura podrían evitarnos amargas decepciones a todos.
Demostraríamos, para empezar, que tenemos la voluntad de contribuir
a garantizar un orden mínimo. Es muy difícil edificar sobre
lodo.
La discusión se entrampa hoy desde las primeras intervenciones.
Una fracción propone modificar la agenda para introducir una pieza
claramente demagógica. Otra fracción, dejándose provocar,
arremete contra la manifiesta intención del adversario y también
exige alterar la agenda. Se levantan muchas manos, las peticiones se suceden
una tras otra, los discursos se inflaman, se escuchan los primeros agravios.
Los flashes de los periodistas reverberan sobre el colega que más
gesticula. Si el tono de la presente discusión no es superado,
la mejor fotografía será la del rostro más colérico.
De inmediato pienso en los salvadoreños que se informarán
de este espectáculo por la televisión, la radio o el periódico.
Pienso que no podremos culparles de perder la confianza en sus instituciones.
Me veo a mí mismo fuera de este recinto, enterándome por
algún medio de la pelea inútil que estoy presenciando, y
reconozco que mi reacción sería muy similar a la de miles
de hombres y mujeres que están cansados, extenuados, hartos de
los políticos.
Súbitamente, algo dentro de mí se rebela. ¿Es que
acaso tengo derecho a perder la fe? ¿Acaso no existen, fuera de
esta Asamblea, muchas personas razonables, honestas y valientes que trabajan
por el país en medio del caos, y a las que debo responder con algo
más que mi frustración? Entonces, como todas las semanas,
combato el desaliento con una sonrisa. Después de todo, gracias
a Dios, mi espíritu no termina de acostumbrarse a esto.
*Escritor y diputado.