Daniel Cohen*
El Diario de Hoy
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La decisión de Francia de prohibir a las estudiantes musulmanas
llevar velos en las escuelas públicas se adoptó en nombre
de la separación del Estado y la Iglesia, cuestión antigua
y polémica en la historia de Francia, pero la aprobación
de esa ley reveló algo más: lo difícil que les resulta
a los franceses abordar lo que los americanos llaman la cuestión
de las minorías.
De hecho, pese a sus diferencias en apariencia radicales, las dos naciones
comparten el hábito similar de confundir la pobreza con otra cosa.
En Francia se confunde la pobreza con la religión; en los Estados
Unidos, con la raza.
Como tantos americanos negros son pobres, muchas encuestas muestran que
los americanos confunden la pobreza y el color negro de la piel. A la
pregunta de ¿por qué son tan pobres?, dos de
cada tres americanos dicen que la causa radical es la pereza; sólo
uno de cada tres cree que los negros pobres han tenido mala suerte. (Sin
embargo, si se formula la misma pregunta a los americanos que recientemente
cenaron con un amigo negro, se invierte ese porcentaje.)
Parece que los americanos encubren la cuestión social de la pobreza
con otra racial, y el resultado es que no se considera hermanos en la
adversidad a los pobres. En Estados Unidos, como se tiene la impresión
de que la mayoría de los pobres es negra, hay menos intervención
social.
No ocurre así al menos aún no en Europa, donde
la mayoría, según la misma encuesta, cree que los pobres
son personas corrientes que han tenido mala suerte, pero Europa, y en
particular Francia, parece estar americanizando su concepción
de la pobreza, porque ahora existe un gran desfase entre los niveles de
pobreza de los blancos y las minorías.
Sea cual fuere el nivel educativo, la tasa de desempleo francés
es de dos a tres veces mayor entre los inmigrantes y sus descendientes
que entre la población general. Las encuestas indican que, en el
mismo nivel social, los niños de barrios pobres van tan bien en
la escuela como los demás. Sin embargo, con el tiempo, los ambientes
social y familiar y los limitados recursos de sus familias empiezan a
dejar rezagados a los niños de las minorías. Inexorablemente
el prejuicio racial se va introduciendo con sigilo.
Desde luego, los inmigrantes polacos e italianos también padecieron
victimización y discriminación antes de lograr la aceptación
por la sociedad francesa, pero eso constituye escaso consuelo para los
recién llegados en la actualidad, en parte por la profunda convulsión
económica de los últimos decenios.
El trabajo de las fábricas que en tiempos brindaba a la vez una
carrera profesional para toda la vida y una vía para la obtención
de la ciudadanía está desapareciendo rápidamente,
junto con la oportunidad de avance que brindó a los inmigrantes
anteriores.
En sus estudios del suburbio parisino de Montbéliard (el Detroit
francés), los sociólogos S. Beaud y M. Pialoux siguieron
los pasos de algunos jóvenes desfavorecidos durante un período
de diez años. Antes de que aumentara el empleo en 1997, los jóvenes
pasaban de un centro de formación a otro.
Con la recuperación económica de 1997 y la gran demanda
de trabajadores, la situación cambió. De repente, dos días
de formación resultaban suficientes antes de comenzar en puestos
de trabajo reales; la tasa de fracaso era escasa. Las fábricas
acogían a los jóvenes de Montbéliard con un trabajo
duro, pero también con buenos sueldos.
Lamentablemente, ninguno de aquellos jóvenes trabajadores logró
hacer realidad su sueño: un contrato laboral indefinido. Condenados
a disponer tan sólo de contratos cortos y trabajo temporal, carecían
de seguridad en el empleo: como eran los últimos en ser contratados,
también eran los primeros en ser despedidos, al volver a empeorar
la situación económica.
Los autores concluyen que, en vista de la discriminación cada vez
más profunda contra los inmigrantes, que han sido objeto
de ostracismo y han quedado concentrados en escuelas malas, barrios pobres,
colocaciones sin seguridad en el empleo y falsa formación laboral,
no se cumple el compromiso de Francia con los derechos universales.
La prohibición de los velos ha pasado a ser otra negación
de la existencia de la minoría social. Al comienzo, esa cuestión
planteaba un principio básico: el sistema escolar no debe tolerar
discriminación alguna, sea cual fuere la razón, contra las
estudiantes, pero al final el proyecto de ley mezcló esa cuestión
con la de los símbolos de pertenencia religiosa.
Una ley que prohibiera cualquier tipo de discriminación negativa
contra las jóvenes (incluido el velo) habría sido suficiente
para lograr ese fin. La insistencia en la vertiente religiosa de la prohibición
cambió radicalmente el significado mismo de la ley.
El difunto filósofo americano John Rawls indicó que la mejor
forma de juzgar la idoneidad de cualquier política social es la
de ponerse en el lugar de los desfavorecidos antes de llegar a una conclusión.
Una decisión es idónea si mejora la situación de
quienes se encuentran en la peor situación.
Los debates sobre el velo logran lo contrario.
Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Economía de la École Normale Supérieure
de París.