Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy
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La dueña de mi sueldo es de las que, cuando va al súper,
le gusta andar probando lo que va a comprar. Si queso, queso; si semillas,
semillas; si jocotes, jocotes. Ella dice que es para asegurarse de la
frescura de los productos. Para mí, que tengo que esa afición
por la degustación, es pura manía. Después de los
cuarenta, las manías difícilmente se erradican. Al menos,
eso dicen.
Otro de los temas de mi consorte es el de burlar la vigilancia de los
cines e introducir el pop corn hecho en casa. Claro, pop corn, pepitorias,
galletas y todo lo que le quepa en la mega cartera que lleva a la función.
La verdad, esta última es una manía que a mí no me
disgusta. Como están los tiempos y los precios, semejantes ahorros
no son nada despreciables.
Hablando de los precios, el otro día que fuimos a ver La
Pasión, la familia que iba delante en la fila nos impresionó.
Se repujó la palangana de cocas, nachos, palomitas, hot dogs y
chocolates. A la hora de pagar, el pobre marido tuvo que sacar un billete
de veinte dólares y ajustar la cuenta con el suelto que andaba
uno de los hijos. Yo, de meque, me puse a calcular el cuentón de
aquel prójimo: $ 3.50 (que valía la entrada) x 5 de la familia
= $ 43.75, más $ 20 de golosinas = $ 63.75 ( 557.81 colones en
una idita al cine).
Lo que vi de mis contertulios de función me desencadenó
un chaparrón de preguntas. ¿Cuánto ganaría
el amigo?, ¿cómo habrá afectado aquel gustito su
presupuesto semanal?, ¿qué deudas tendrán?... Pensaba
en todo eso y me inquietaba. No lo pude evitar. Era obvio que aquella
familia era humilde al cuadrado. Sin querer sonar aguafiestas, aquello
me pareció fuera de la realidad.
Debo confesar que me preocupa esta especie de ilusión en la que
estamos viviendo. La vorágine de gastar más de lo que se
gana nos ha comenzado a tragar sin compasión. El asunto está
a todo nivel. Un amigo que trabaja en un banco me comentaba cómo
muchas personas que vemos pasear en flamantes vehículos del año
no tienen petate en el cual caer muertos. Han empeñado su vida
y su tranquilidad en un carro.
Podemos estar cayendo en una fantasía. La apertura económica
que es buenísima ha soltado trancas y barrancas a la
oferta de una gran cantidad de productos y servicios, que antes sólo
veíamos por televisión, o en los pasquines de Archie. El
mismo impacto de los medios de comunicación y el acceso a la Internet
han aumentado en el salvadoreño el deseo de poseer cosas, de gastar,
de aumentar el confort. Eso es bueno mientras uno no despegue los pies
de la tierra, ni haga del consumo el fin de su vida. Sin embargo, por
los niveles de endeudamiento que tienen los grupos familiares en el país,
son muchos ya los que han comenzado a hundirse en las fangos de un consumismo
desenfrenado.
La ilusión de andar con dólares en la cartera puede que
haya colaborado a transportarnos a un mundo al que aún no pertenecemos.
Gastamos dólares, pero olvidamos que seguimos ganando aquel sueldo
que ganábamos en colones. Compramos y nos divertimos como en el
primer mundo, pero ganamos como en el tercero. La utopía se apuntala
apretujando saldos en tarjetas de crédito, viviendo a puro sobregiro,
prestando para financiar consumo, etc.
Ciertamente hay factores externos a la familia que uno no puede controlar,
como el redondeo heredado de la dolarización abusivo, en
algunos casos, el alto costo de la vida en el país, la falta
de una ley de competencia y la desprotección al consumidor. Esto,
la verdad, no depende de nosotros, es más un asunto del Estado.
Pero hay otros factores a los que valdría la pena meter cabeza,
porque sí están bajo nuestro control. Sin duda, el primero,
el primerísimo de ellos es el volver a ver para adentro y aterrizar
cada quien en su propia realidad. Ver números, explorar posibilidades,
medir consecuencias, ser realistas. Luego, actuar.
Contra el mensaje de consuma, consuma y consuma, aun a costa de las taquicardias,
el insomnio, la irritación de barriga, o lo que es peor, de la
seguridad de la familia (alimentación, estudio, vestido, etc.),
nada mejor que una buena bronca de realismo; realismo puro, despojado
de sentimentalismo y sueños de hadas. Realismo que nos haga poner
bien los pies en el terreno de nuestra propia realidad y que nos mantenga
alejado de todo lo que nos desubica. Bien dice la sabiduría popular
que los diez mandamientos de una crisis económica se resumen en
dos: trabajar y ahorrar.
*Columnista de El Diario de Hoy.