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Sentido común
La danza de los dólares

Compramos y nos divertimos como en el primer mundo, pero ganamos como en el tercero. La utopía se apuntala apretujando saldos en tarjetas de crédito, viviendo a puro sobregiro.

Publicada 27 de abril 2004, El Diario de Hoy

Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

La dueña de mi sueldo es de las que, cuando va al súper, le gusta andar probando lo que va a comprar. Si queso, queso; si semillas, semillas; si jocotes, jocotes. Ella dice que es para asegurarse de la frescura de los productos. Para mí, que tengo que esa afición por la degustación, es pura manía. Después de los cuarenta, las manías difícilmente se erradican. Al menos, eso dicen.

Otro de los temas de mi consorte es el de burlar la vigilancia de los cines e introducir el pop corn hecho en casa. Claro, pop corn, pepitorias, galletas y todo lo que le quepa en la mega cartera que lleva a la función. La verdad, esta última es una manía que a mí no me disgusta. Como están los tiempos y los precios, semejantes ahorros no son nada despreciables.

Hablando de los precios, el otro día que fuimos a ver “La Pasión”, la familia que iba delante en la fila nos impresionó. Se repujó la palangana de cocas, nachos, palomitas, hot dogs y chocolates. A la hora de pagar, el pobre marido tuvo que sacar un billete de veinte dólares y ajustar la cuenta con el suelto que andaba uno de los hijos. Yo, de meque, me puse a calcular el cuentón de aquel prójimo: $ 3.50 (que valía la entrada) x 5 de la familia = $ 43.75, más $ 20 de golosinas = $ 63.75 ( 557.81 colones en una idita al cine).

Lo que vi de mis contertulios de función me desencadenó un chaparrón de preguntas. ¿Cuánto ganaría el amigo?, ¿cómo habrá afectado aquel gustito su presupuesto semanal?, ¿qué deudas tendrán?... Pensaba en todo eso y me inquietaba. No lo pude evitar. Era obvio que aquella familia era humilde al cuadrado. Sin querer sonar aguafiestas, aquello me pareció fuera de la realidad.

Debo confesar que me preocupa esta especie de ilusión en la que estamos viviendo. La vorágine de gastar más de lo que se gana nos ha comenzado a tragar sin compasión. El asunto está a todo nivel. Un amigo que trabaja en un banco me comentaba cómo muchas personas que vemos pasear en flamantes vehículos del año no tienen petate en el cual caer muertos. Han empeñado su vida y su tranquilidad en un carro.

Podemos estar cayendo en una fantasía. La apertura económica —que es buenísima— ha soltado trancas y barrancas a la oferta de una gran cantidad de productos y servicios, que antes sólo veíamos por televisión, o en los pasquines de Archie. El mismo impacto de los medios de comunicación y el acceso a la Internet han aumentado en el salvadoreño el deseo de poseer cosas, de gastar, de aumentar el confort. Eso es bueno mientras uno no despegue los pies de la tierra, ni haga del consumo el fin de su vida. Sin embargo, por los niveles de endeudamiento que tienen los grupos familiares en el país, son muchos ya los que han comenzado a hundirse en las fangos de un consumismo desenfrenado.

La ilusión de andar con dólares en la cartera puede que haya colaborado a transportarnos a un mundo al que aún no pertenecemos. Gastamos dólares, pero olvidamos que seguimos ganando aquel sueldo que ganábamos en colones. Compramos y nos divertimos como en el primer mundo, pero ganamos como en el tercero. La utopía se apuntala apretujando saldos en tarjetas de crédito, viviendo a puro sobregiro, prestando para financiar consumo, etc.

Ciertamente hay factores externos a la familia que uno no puede controlar, como el redondeo heredado de la dolarización —abusivo, en algunos casos—, el alto costo de la vida en el país, la falta de una ley de competencia y la desprotección al consumidor. Esto, la verdad, no depende de nosotros, es más un asunto del Estado. Pero hay otros factores a los que valdría la pena meter cabeza, porque sí están bajo nuestro control. Sin duda, el primero, el primerísimo de ellos es el volver a ver para adentro y aterrizar cada quien en su propia realidad. Ver números, explorar posibilidades, medir consecuencias, ser realistas. Luego, actuar.

Contra el mensaje de consuma, consuma y consuma, aun a costa de las taquicardias, el insomnio, la irritación de barriga, o lo que es peor, de la seguridad de la familia (alimentación, estudio, vestido, etc.), nada mejor que una buena bronca de realismo; realismo puro, despojado de sentimentalismo y sueños de hadas. Realismo que nos haga poner bien los pies en el terreno de nuestra propia realidad y que nos mantenga alejado de todo lo que nos desubica. Bien dice la sabiduría popular que los diez mandamientos de una crisis económica se resumen en dos: trabajar y ahorrar.

*Columnista de El Diario de Hoy.








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