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| Figura. El delantero Muller fue el goleador del
campeonato.Foto: EDH |
El Diario de Hoy
deportes@elsalvador.com
La cuarta edición de la Eurocopa no mostró cambios sustanciales
en su formato, pero sí tuvo sus particularidad. Para empezar, se
acabó con la hegemonía de los equipos locales que en los
años anteriores se habín alzado con el título. No
fue el caso de Bélgica, que ni siquiera pudo ser protagonista de
la final.
Por primera vez, la Euro tenía un claro favorito: Alemania. Y,
a juzgar por su rendimiento, esos pronósticos tenían asidero.
Los alemanes fueron infinitamente superiores a los rivales y los marcadores
de los dos partidos lo reflejan.
Un equipazo
Alemania Federal con parte de los subcampeones del Mundial 66 y
la sangre joven que le daría el título en 1974 tenía
una sólida base. Sepp Maier en el marco, Franz Beckenbauer manejando
la defensa, Gunter Netzer como cerebro y Gerd Muller como goleador implacable.
Si quedaba alguna duda de su juego arrolador, éste quedó
demostrado en Wembley, la mismísima catedral del fútbol,
donde humilló 3-1 a los ingleses en los cuartos de final.
En la ronda semifinal le acomparon Bélgica, Unión Soviética
y Hungría. Los locales tenían sobrado mérito: habían
dejado en el camino a Italia, el último campeón y también
el subcampeón del mundo en México 70.
Hungría fue el que más sufrió, ya que debió
jugar un juego extra con Rumania para obtener el boleto. Eran los últimos
días del gran Florian Albert, y esa fue una especie de despedida.
La Unión Soviética, que ya no era la potencia de la década
anterior, no tuvo inconvenientes en eliminar a Yugoslavia, un equipo de
respeto que venía con el antecedente de dejar en el camino a una
Holanda en pleno crecimiento.
Las semifinales tuvieron un marco de público impresionante. Alemania
batió 2-1 a los locales con dos goles de Gerd Muller, el Bombardero.
A pesar de que Raymond Goethals, DT de Bélgica, le aplicó
una marca especial al delantero alemán, fue imposible contenerlo.
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| Gigante. Gerd Muller confirmó sus magníficas
condiciones.Foto: EDH |
En la otra semifinal, la Unión Soviética ya sin el
legendario portero Lev Yashin venció 1-0 a Hungría
y logró clasificarse a la final por tercera vez en cuatro ediciones.
Antes de eso, los soviéticos habían alcanzado otro récord:
eran la única selección que llegó a la fase final
en sus cuatro participaciones.
Sin embargo, esas credenciales nada le sirvieron en el partido final,
donde Alemania le pasó literalmente por encima.
Con la base del equipo del Bayern Munich más algunos refuerzos
del Borussia Mönchengladbach era una verdadera máquina. Los
soviéticos lo sabían muy bien porque un mes trás,
sin saber que luego se medirían
en la final de la Copa de Europa, se enfrentaron en un amistoso y perdieron
4-1.
Esta vez fue 3-0, pero el dominio de los germanos fue total. Al punto
que en un momento del partido lograron hacer 30 pases consecutivos sin
que los de la URSS pudieran interceptarlos.
A la hora de la definición, una vez más Gerd Muller fue
letal. Anotó los dos goles del juego y fue una constante amenaza
para sus rivales. El otro fue de Wimmer, para lo que fue una verdadera
reivindicación del fútbol alemán.
No es casualidad que la elección para el mejor futbolista de Europa
ese año haya sido dominada ampliamente por Alemania. Primero fue
Beckenbauer, seguido por Netzer y Müller. Dos años después,
cuando organizaron su Mundial, trasladaron esa supremacía al mundo
entero.