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Un benefactor de la humanidad

“Es una equivocación de los ambientalistas sobre los transgénicos. Ellos piden fertilizantes orgánicos que resuelvan los problemas. No tengo nada contra la materia orgánica como fertilizante, pero decir que es más nutritivo es pura mentira”
Norman Borlaug PREMIO NOBEL DE LA PAZ EN 1970

Publicada 21 de abril 2004, El Diario de Hoy

Álvaro Cruz Rojas
El Diario de Hoy

nacional@elsalvador.com

“Estoy en contra de toda guerra, pero por otro lado, la sociedad necesita orden. No podemos tener anarquía, necesitamos policía” Foto EDH/Jorge Reyes

El Dr. Norman Borlaug es un estupendo conversador. A sus 90 años es rico en anécdotas de su largo recorrido por todo el mundo. En 1970 fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz después de ser el cerebro de la llamada “Revolución Verde” que sacó de la hambruna a millones de personas en India y Pakistán, a través de sus investigaciones que llevaron a la producción eficiente de las tierras de esas naciones asiáticas.

Pero ante todo, es un hombre humilde, un sabio que se niega a elogiarse a sí mismo y que dice que aceptó el Nobel en nombre de todos los humildes campesinos que junto a él han trabajado en decenas de naciones.

Este hombre, de quien Bruce Albers, presidente de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, ha dicho “algunas personas lo acreditan de haber salvado más vidas humanas que cualquier otra persona en la historia”, es humilde al hablar de su legado: “a mí no me importa qué digan una vez que me muera”.

Recibió el Premio Nobel de la Paz por su labor vitalicia ayudando a alimentar a la gente con hambre a nivel global.

“En el 70 por primera vez le dieron el Premio Nobel a agricultura y alimentos a través de la ventana de paz y después, leyendo las condiciones porque dieron el premio, yo me dije vamos a necesitar otra crisis como esta para volver a recibirlo”, relata Borlaug, quien esta semana visitó el país para participar en el Programa Cooperativo Centroamericano para el mejoramiento de cultivos y animales.

Originario de Cresco, Iowa, Estados Unidos, colaboró durante 27 años con el Gobierno mexicano en la mejora del trigo, adaptando nuevos trigos a nuevas tierras y obteniendo enormes índices de producción.

Es un crítico de la burocracia porque “crece y crece y consume muchos recursos”.
A sus años, su vigor y su lucidez son admirables, y aunque ha trabajado con gobiernos tan disímiles como la China comunista, el México del PRI o naciones sudamericanas bajo dictaduras militares, “nunca hablo de política”.

“He trabajado toda mi vida por la gente, no para gobiernos. Nunca hablo de política, si hablo de política en un país, eso anula mi trabajo”, afirma en su pausado, pero claro castellano.

Y cuando llegó a México, una de las condiciones que puso a sus anfitriones fue: “lo que aquí descubramos debe servirle a toda la humanidad”.

Esa condición la ha llevado por todo el mundo.
En los años 60 llegó a India y Pakistán en medio de una hambruna que mató a millones y desde entonces su nombre se asocia a técnicas agrícolas que han saciado estómagos de todo el mundo.

Al final de esa década, ambas naciones estaban produciendo cereales con excedentes.
Como muestra: Pakistán produjo 8.4 millones de toneladas en 1970, un gran aumento sobre los 4.6 millones producidos en 1965.

La producción en la India fue de 20 millones de toneladas en 1970, comparada con 12.3
“El logro fue de todos, pero hay que reconocer el valor de los ministros de Agricultura de esos países que lucharon por este proyecto y convencieron a sus gobiernos y lo logramos”, dice Borlaug.

Más de 30 años después de su premio, Borlaug aún trabaja en diversos proyectos y habla con propiedad de la situación alimentaria en el mundo.

“Etiopía tiene bastante potencial, pero Somalia es un desierto, el problema es el alto costo de los fertilizantes. Lo otro grave es que la ayuda a los países pobres, de parte de los países afluentes, incluso del Banco Mundial, está más reducido que nunca”, subraya.

“Quizás algo de estos 900 mil millones de dólares que va al armamento en el mundo debe ir a estos fines y podemos salvar muchas vidas”, subraya.

Para Borlaug, el futuro alimentario de la humanidad va más allá de capacidades de producción o tecnologías, es un asunto político y de voluntad de los líderes mundiales.

“El mundo tiene la capacidad de producir lo que va necesitar la población en 25 y en 50 años con la tecnología actual o lo que está en vías de descubrirse”, asegura.

“Pero si deja a los extremistas convencer y equivocar a los líderes de los países en vías de desarrollo con datos falsos o emociones, no vamos a lograrlo”, agrega.

El especialista sostiene que la clave es aumentar el rendimiento de los suelos para producir alimentos, tal como lo logró en sus proyectos en México, India, Pakistán o China.

“La diferencia la hace el tener valor, hay una enorme cantidad de talento que por falta de valor nunca llega a acercarse a su potencial”, dice.  

A pesar de su edad, Borlaug es actualmente uno de los principales consultores del Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CIMMYT) y es Profesor Eminente de Agricultura Internacional en la Texas A&M University.

También es presidente de la Asociación Africana de Sasakawa y, junto con Jimmy Carter, es un líder del programa agrícola Sasakawa-Global 2000 en el África Sub Sahara, un programa que ha trabajado con varios millones de campesinos en 15 países del África Sub Sahara para incrementar la producción de alimentos.

Según el científico, para mejorar la producción agrícola la condición de vida de millones de seres humanos, la solución radica en  la combinación de una serie de elementos: infraestructura para agricultura, tecnologías y métodos tradicionales de cultivo, uso de fertilizantes (químicos y orgánicos), la biotecnología, la eficientización de técnicas de riego y el cuidado de los cultivos de enfermedades y plagas.

Borlaug se burla de las incoherencias de algunos grupos ambientalistas que se oponen a la producción de los llamados alimentos transgénicos —debido al supuesto exceso en el uso de fertilizantes— y sostiene que no existen pruebas científicas que demuestren que ese tipo de alimentos perjudican a las personas.

¿Transgénicos?

“No hay ninguna evidencia que los alimentos transgénicos son peligrosos”, asegura.
Y aunque sostiene que a su edad ya no necesita emprender “una lucha más”, dice que es necesario aclararle a los ambientalistas sobre los transgénicos.

“Es una equivocación de los ambientalistas sobre los transgénicos. Ellos piden fertilizantes orgánicos que resuelvan los problemas. Esa es una gran mentira”, dice, mientras ejemplifica:

“Vea, hay 85 millones de toneladas de nutrientes de nitrógeno consumidos anualmente, si trata de producir esto con estiércol de ganado bovino, el estiércol seco sólo tiene 2% de nitrógeno, necesita multiplicar esa cifra por 50, para ver cuántas toneladas de estiércol necesitaría, y eso significa ocho millones de cabezas de ganado, para producir. Si ahora tenemos tantas tierras para pastoreo, ¿cuánto bosque habría que tumbar para producir más pastos y consecuentemente ese estiércol”, explica, mientras arranca carcajadas entre sus interlocutores.

“No tengo nada contra materia orgánica como fertilizante, pero decir que es más nutritivo es pura mentira. Hay mucha desinformación y tengo razones para tener mucho miedo de estas”, subraya.

El Salvador


Borlaug cree que para que el agro salvadoreño se reactive es necesario contar con nuestros vecinos centroamericanos y cooperar mutuamente.

Pero advierte: “es vital la investigación científica propia y luego compararla con la importada”.
“Los países pequeños como los amigos de Centroamérica tienen que buscarse mercados comunes y cómo colaborar para comprar insumos y materiales que se necesitan en la industria, en cantidades grandes, que tenga precio racional no es nada fácil, pero así tenemos que seguir”, aconseja.

La guerra

“¿Cuáles son sus sentimientos sobre el terrorismo y la guerra en Iraq?”, preguntamos, para cambiar el tema.

Borlaug se niega a hablar específicamente de la guerra en Iraq, pero se manifiesta “en contra de toda guerra, pero por otro lado, la sociedad necesita orden”.

“No podemos tener anarquía, necesitamos policía, militares no voraces que traguen tanto dinero. Pero yo me niego a hablar de un país u otro. Muchos son culpables, y son de la izquierda, del centro o de la derecha”, afirma.


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