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En China comunista
La silenciosa revolución rural

El Gobierno de China debe reconocer que la profunda desigualdad en el ingreso y la pobreza rural ya no son exclusivamente problemas económicos, sino que amenazan la paz social y la estabilidad política.

Publicada 21 de abril 2004, El Diario de Hoy

Wenran Jiang*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Al terminar su reunión anual el Congreso Popular Nacional (CPN) de China, votó para incluir en la Constitución la protección a los derechos humanos y la propiedad privada. Pero hay otros cambios importantes en las estrategias de desarrollo del país que no han recibido tanta atención.

El nuevo liderazgo chino, un año después de asumir el poder, ha criticado “la terca búsqueda del crecimiento del PIB” de la última década y reveló un nuevo enfoque para la modernización al que describe como “equilibrado, centrado en el ser humano y favorable al medio ambiente”. El cambio en las prioridades –y la tendencia de los extranjeros a pasarlo por alto—no es difícil de entender.

El mundo está fascinado por el milagro económico chino, pero le interesan mucho menos los costos de la tasa de crecimiento anual del país del 8-9% en los últimos 25 años. Por ejemplo, el consumo de energía por cada unidad de producción industrial es cerca de tres veces mayor que el promedio mundial. En muchos lugares, el medio ambiente está devastado casi sin posibilidad de recuperación.

De manera similar, un reciente best seller chino, “Un estudio de los campesinos chinos”, revela los enormes costos humanos del impulso modernizador de China. El libro llamó la atención, tanto de las elites como de las masas, por sus dolorosos relatos sobre el sufrimiento que han soportado 900 millones de campesinos y por sus críticas atrevidas en contra de las políticas rurales del gobierno.

Más allá de los glamorosos rascacielos de Beijing, Shangai y otros centros urbanos, la mayoría de los chinos que viven en el campo se ha beneficiado poco del progreso material de las últimas dos décadas. Por el contrario, las ventajas iniciales que los campesinos obtuvieron con las reformas rurales de fines de los setenta y principios de los ochenta han desaparecido; su ingreso real ha caído en años recientes a medida que sus costos de producción aumentan y los precios agrícolas bajan. En la mayoría de las regiones de China, la agricultura ya no puede sustentar un nivel de vida respetable.

Lo más preocupante es la carga fiscal cada vez mayor que se impone a la población rural. Mientras que el ingreso agrícola promedio aumentó en un 90% en el período 1994-97, la carga fiscal rural se disparó en un 800%. Entre todos los niveles de gobierno se aplican más de 300 impuestos y derechos a los campesinos. Por ejemplo, algunos distritos exigen 14 tipos de derechos para registrar un matrimonio.

Actualmente, el ingreso anual de un campesino equivale apenas a una sexta parte del de un habitante urbano, pero debe pagar tres veces más impuestos. Esto se agrega a muchas otras cargas financieras que se exigen a nivel local. En efecto, 25 años de reformas no han cambiado en nada el modelo de “un país con dos sistemas” de China; modelo que segrega a los centros urbanos del país de las zonas rurales, y en el que el desarrollo de los primeros se obtiene a costa de las segundas.

Si utilizamos el llamado “coeficiente Gini” para medir esta brecha en los ingresos, donde “0” indica la igualdad perfecta en la distribución y “1” la desigualdad perfecta, la cifra para China fue de 0.454 en 2002. Ese es un nivel internacionalmente reconocido de “disparidad absoluta”. La India, donde durante mucho tiempo ha habido grandes desigualdades entre ricos y pobres, ha tenido un coeficiente de Gini de alrededor del 0.30 al 0.32 en las últimas cinco décadas. Así, China es actualmente una sociedad mucho menos equitativa que la India.

Un estudio reciente de la Academia China de Ciencias Sociales concluyó que la brecha de ingreso urbano-rural del país es la peor del planeta, tal vez sólo un poco mejor que la de Zimbabwe. Lo irónico es que a China se le aclama como un éxito, mientras que Zimbabwe es considerado generalmente un Estado fracasado.

Esa distribución injusta de la riqueza, basada en la explotación económica, la injusticia social y la marginación política ha provocado una resistencia silenciosa, pero persistente de los campesinos chinos. Protestan, hacen peticiones y participan en disturbios locales cuando todos los demás recursos se agotan.

En respuesta, el premier Wen Jiabao anunció durante el CPN una serie de medidas que van desde la eliminación gradual de los impuestos agrícolas a lo largo de los próximos cinco años, hasta disposiciones para aumentar el ingreso de los campesinos. Pero, aunque la atención oficial a la pobreza rural resulta agradable para los pobres, la experiencia demuestra que tales promesas generalmente son inadecuadas.

El predecesor de Wen, Zhu Ronji, también sostuvo que su “peor dolor de cabeza” era encontrar la manera de reducir la carga fiscal rural e incrementar el ingreso de los campesinos. Sin embargo, la situación empeoró.

El Gobierno de China debe reconocer que la profunda desigualdad en el ingreso y la pobreza rural ya no son exclusivamente problemas económicos, sino que amenazan la paz social y la estabilidad política. La única salida es la reforma integral. A menos que China se comprometa con una mayor apertura política que le permita a los pobres y a los desfavorecidos expresar sus preocupaciones, tener representación y supervisar la implementación de políticas, seguirá amenazada por una prosperidad falsa y peligrosa.

Copyright: Project Syndicate.
*Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Alberta, Canadá.


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