Federico Hernández
Aguilar*
El Diario de Hoy
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Nuestra casa es pequeña y fría. Durante la noche, como
una vieja metiche, el viento se asoma a la única ventana y nos
muele los huesos por debajo de las mantas. Es un cuartucho lóbrego
y obscuro, sí, pero fue aquí donde tuvo lugar una historia
que creo justo narrar a ustedes, señores, ya que han venido a esta
puerta haciendo tan vivas peticiones.
Aunque aún no cumplo los dieciocho años, advierto a ustedes
que ya muchas penas he sobrellevado. Tras sufrir la temprana muerte de
mi madre, y siendo el mayor de mis hermanos, me hice cargo de la casa
sin contar con ninguna ayuda. Mi padre, un borracho incorregible, venía
cada cierto tiempo a la pocilga, buscando que alguno de sus hijos le siguiera
garantizando el vicio.
Desprovistos de la protección materna, mis hermanos y yo temblábamos
cuando aquel hombre se aparecía echando espumarajos por la boca.
La falta de vino lo ponía furioso, al punto que inundaba la casa
con sus gritos histéricos. No le importaba si nosotros, sus hijos,
no hubiésemos probado bocado en varios días. A él
sólo le interesaba utilizarnos para obtener algunas monedas y seguir
emborrachándose.
Todos los días recordaba yo las palabras de mi madre, que antes
de morir me había pedido cuidar de mis hermanitos. Sentía
que no podía fallarle a ella, y por eso muchas veces, en defensa
de los chicos, acepté recibir los golpes de mi padre, o le acompañé
a pedir dinero a la calle, donde los transeúntes se apiadaban de
mi vestimenta raída y mis ojos llorosos. Las pocas monedas que
reunía me eran arrebatadas de inmediato por el viejo, que se iba
muy contento a seguir la juerga y se olvidaba de nosotros por algún
tiempo.
Así pasaron muchos meses, en los que busqué desesperadamente
la forma de mantener a mis hermanos. Me dolía verlos tan pequeños,
frágiles y hambrientos. Me enfurecía el maltrato a que nos
sometía mi padre, pero me confortaba pensando que un oficio podría
ayudarme a ganar nuestro sustento.
Entré de aprendiz en un taller de carpintería y conseguí
que el propietario del negocio me enseñara lo básico. Después
me dediqué a perfeccionar mis conocimientos utilizando materiales
que encontraba abandonados en la calle. Fue así como fui trayendo
los pedazos de madera que ustedes ven ahí, amontonados en aquel
rincón.
Cuando nuestro padre supo que yo estaba aprendiendo carpintería,
vino a casa convertido en un energúmeno. Con insultos exigió
el dinero que yo estaba guardando para nosotros. Me armé de valor
y lo enfrenté; le dije que aunque me matara a golpes iba a defender
lo que era nuestro.
Y estaba a punto de pegarme cuando ocurrió el milagro. Súbitamente,
de entre los materiales que había recogido para mis prácticas
de carpintero, un pedazo de madera se irguió, impelido por una
fuerza extraña, y se colocó entre mi padre y yo. Como estaba
suspendido en el aire, pude ver que emergía del madero un clavo
doblado que sangraba profusamente, y del que provenía una voz clara,
dulce y firme a la vez, que dijo: ¿Acaso no sabes, pecador,
que cuando haces daño a estos pequeños a mí me lo
haces?.
Y resonaban aún estas palabras cuando mi padre, con la mente nublada
por el vino, quiso golpearme la cara. Yo ni siquiera toqué el pedazo
de madera en que el viejo estrelló su puño, justo donde
sobresalía el clavo. La queja del hombre, sin embargo, no fue tan
honda como la que mis hermanos y yo escuchamos provenir del clavo. Fue
como si, en efecto, alguien se hubiera interpuesto entre la ira paterna
y nuestro miedo, en un acto de amor que había atravesado el nudillo
de un borracho, pero que también había partido el corazón
de nuestro padre.
Mis hermanitos y yo corrimos a vendar la mano de la que tantos maltratos
habíamos recibido. Lo hicimos movidos por esa piedad que todos
llegamos a sentir por quienes, en medio de sus propios sufrimientos e
ignorancias, nos hacen daño. Simplemente nos parecía correcto
curar aquella herida, y fue lo que hicimos. Por eso ni siquiera nos dimos
cuenta cuando nuestro padre empezó a llorar, a llorar como un niño,
y a pedirnos perdón, abrazándonos con infinita ternura.
Algo se había movido en su interior y hacía brotar de sus
ojos gruesas lágrimas de profundo arrepentimiento. Prometió
solemnemente cambiar y ¡Dios sea alabado! lo ha cumplido.
Ahora vivimos felices y con mucha paz en nuestros corazones. Mi papá
no volvió a tomar una gota de vino y ha montado con mi ayuda una
carpintería que nos permite traer el pan diario a esta casa. Nuestra
pobreza sigue aquí, pero es mucho más fácil de llevar,
porque hoy reina el amor entre nosotros.
Espero no haberles aburrido con esta historia. Quise contárselas
porque ustedes, señores peregrinos, me han pedido que les indique
el lugar donde hace algunos años crucificaron a cierto profeta
de Nazareth, cuyas enseñanzas están siendo muy difundidas.
Me alegra decirles que están muy cerca, apenas a cincuenta pasos
desde aquí. ¿Cómo lo sé? Porque fue ahí
donde encontré el pedazo de madera con el bendito clavo sangrante.
*Escritor y diputado.
