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Meditando
El clavo sangrante

Así pasaron muchos meses, en los que busqué desesperadamente la forma de mantener a mis hermanos. Me dolía verlos tan pequeños, frágiles y hambrientos. Me enfurecía el maltrato a que nos sometía mi padre.

Publicada 18 de abril 2004, El Diario de Hoy

Federico Hernández Aguilar*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Nuestra casa es pequeña y fría. Durante la noche, como una vieja metiche, el viento se asoma a la única ventana y nos muele los huesos por debajo de las mantas. Es un cuartucho lóbrego y obscuro, sí, pero fue aquí donde tuvo lugar una historia que creo justo narrar a ustedes, señores, ya que han venido a esta puerta haciendo tan vivas peticiones.

Aunque aún no cumplo los dieciocho años, advierto a ustedes que ya muchas penas he sobrellevado. Tras sufrir la temprana muerte de mi madre, y siendo el mayor de mis hermanos, me hice cargo de la casa sin contar con ninguna ayuda. Mi padre, un borracho incorregible, venía cada cierto tiempo a la pocilga, buscando que alguno de sus hijos le siguiera garantizando el vicio.

Desprovistos de la protección materna, mis hermanos y yo temblábamos cuando aquel hombre se aparecía echando espumarajos por la boca. La falta de vino lo ponía furioso, al punto que inundaba la casa con sus gritos histéricos. No le importaba si nosotros, sus hijos, no hubiésemos probado bocado en varios días. A él sólo le interesaba utilizarnos para obtener algunas monedas y seguir emborrachándose.

Todos los días recordaba yo las palabras de mi madre, que antes de morir me había pedido cuidar de mis hermanitos. Sentía que no podía fallarle a ella, y por eso muchas veces, en defensa de los chicos, acepté recibir los golpes de mi padre, o le acompañé a pedir dinero a la calle, donde los transeúntes se apiadaban de mi vestimenta raída y mis ojos llorosos. Las pocas monedas que reunía me eran arrebatadas de inmediato por el viejo, que se iba muy contento a seguir la juerga y se olvidaba de nosotros por algún tiempo.

Así pasaron muchos meses, en los que busqué desesperadamente la forma de mantener a mis hermanos. Me dolía verlos tan pequeños, frágiles y hambrientos. Me enfurecía el maltrato a que nos sometía mi padre, pero me confortaba pensando que un oficio podría ayudarme a ganar nuestro sustento.

Entré de aprendiz en un taller de carpintería y conseguí que el propietario del negocio me enseñara lo básico. Después me dediqué a perfeccionar mis conocimientos utilizando materiales que encontraba abandonados en la calle. Fue así como fui trayendo los pedazos de madera que ustedes ven ahí, amontonados en aquel rincón.

Cuando nuestro padre supo que yo estaba aprendiendo carpintería, vino a casa convertido en un energúmeno. Con insultos exigió el dinero que yo estaba guardando para nosotros. Me armé de valor y lo enfrenté; le dije que aunque me matara a golpes iba a defender lo que era nuestro.

Y estaba a punto de pegarme cuando ocurrió el milagro. Súbitamente, de entre los materiales que había recogido para mis prácticas de carpintero, un pedazo de madera se irguió, impelido por una fuerza extraña, y se colocó entre mi padre y yo. Como estaba suspendido en el aire, pude ver que emergía del madero un clavo doblado que sangraba profusamente, y del que provenía una voz clara, dulce y firme a la vez, que dijo: “¿Acaso no sabes, pecador, que cuando haces daño a estos pequeños a mí me lo haces?”.

Y resonaban aún estas palabras cuando mi padre, con la mente nublada por el vino, quiso golpearme la cara. Yo ni siquiera toqué el pedazo de madera en que el viejo estrelló su puño, justo donde sobresalía el clavo. La queja del hombre, sin embargo, no fue tan honda como la que mis hermanos y yo escuchamos provenir del clavo. Fue como si, en efecto, alguien se hubiera interpuesto entre la ira paterna y nuestro miedo, en un acto de amor que había atravesado el nudillo de un borracho, pero que también había partido el corazón de nuestro padre.

Mis hermanitos y yo corrimos a vendar la mano de la que tantos maltratos habíamos recibido. Lo hicimos movidos por esa piedad que todos llegamos a sentir por quienes, en medio de sus propios sufrimientos e ignorancias, nos hacen daño. Simplemente nos parecía correcto curar aquella herida, y fue lo que hicimos. Por eso ni siquiera nos dimos cuenta cuando nuestro padre empezó a llorar, a llorar como un niño, y a pedirnos perdón, abrazándonos con infinita ternura. Algo se había movido en su interior y hacía brotar de sus ojos gruesas lágrimas de profundo arrepentimiento. Prometió solemnemente cambiar y —¡Dios sea alabado!— lo ha cumplido.

Ahora vivimos felices y con mucha paz en nuestros corazones. Mi papá no volvió a tomar una gota de vino y ha montado con mi ayuda una carpintería que nos permite traer el pan diario a esta casa. Nuestra pobreza sigue aquí, pero es mucho más fácil de llevar, porque hoy reina el amor entre nosotros.

Espero no haberles aburrido con esta historia. Quise contárselas porque ustedes, señores peregrinos, me han pedido que les indique el lugar donde hace algunos años crucificaron a cierto profeta de Nazareth, cuyas enseñanzas están siendo muy difundidas. Me alegra decirles que están muy cerca, apenas a cincuenta pasos desde aquí. ¿Cómo lo sé? Porque fue ahí donde encontré el pedazo de madera con el bendito clavo sangrante.

*Escritor y diputado.

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