Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
Divorcios atiborran los tribunales. Aumento de abuso infantil,
son noticias que con dramáticas estadísticas evidencian
la desintegración familiar: miles de casos en los tribunales, la
mayoría en parejas entre los 25 y 35 años, unas 582 mil
personas rompieron el vínculo matrimonial y cada vez hay más
niños en peligro. Por algo se ha dicho que la mayor pobreza de
un país es su carencia de familia.
En 1978 el recién electo Juan Pablo II dijo en su primera audiencia
pública a más de 600 matrimonios reunidos en Roma: Ustedes
son responsables, con el Papa, del futuro de la Iglesia y de la sociedad,
porque el futuro de la Iglesia y de la sociedad está en la familia.
Pero lamentablemente el mundo no creyó las palabras del Pontífice,
y en estos 25 años han surgido leyes que han propiciado la corrupción
de la mujer, so capa de un mentido feminismo y una falsa liberación;
se ha promovido la unión libre, desvalorizando el matrimonio como
una institución arcaica, carente de flexibilidad, pues el compromiso
y la fidelidad coartan la libertad personal.
Se califica el amor conyugal como rutinario y carente de emoción,
mientras se hace alarde de amplitud de criterio y apertura de mente, al
alabar el adulterio y promover el homosexualismo como productos de una
sociedad moderna y tolerante.
Los medios de comunicación se han convertido en una amenaza para
la dignidad de la familia, haciendo de la pornografía una herramienta
de publicidad y lucro, al introducir en los hogares vídeos, películas
y programas que por su contenido parecen destinados a lugares de prostitución.
Y se callan las voces de protesta, llamándolas moralistas y ultraconservadoras,
argumentando que son los padres los que tienen la obligación
de censurar los programas que ven sus hijos, lo que es una burla
en una sociedad donde los padres tienen que trabajar fuera de su hogar,
para enfrentar las necesidades económicas.
El fácil acceso de los adolescentes a maquinitas, discotecas y
barras show, lucrativos negocios que manipulan vergonzosamente las más
bajas pasiones, repercute en abuso infantil, violaciones de padres a hijos
y entre hermanos, convirtiendo el hogar, santuario de la familia, en un
antro de corrupción y vicio.
Es lógico que la delincuencia y la crueldad irracional de que hacen
gala los jóvenes de las maras tiene su raíz en la falta
de familia, totalmente vulnerable a las medidas destinadas a controlar
la sobrepoblación.
El intento de reducir las relaciones sexuales en los adolescentes con
el reparto indiscriminado de condones, que ha probado ser contraproducente
en todas partes del mundo, es un cheque en blanco que con la promesa de
sexo seguro, promueve la promiscuidad, hace proliferar las enfermedades
de transmisión sexual, y debilita totalmente la voluntad, pues
no enseña el autodominio, la fortaleza, la exigencia personal para
hacer lo que debo y no lo que se me antoja, que es la mejor forma de ejercer
la libertad.
Los altos índices de divorcios en parejas jóvenes indican
la influencia cada vez mayor del consumismo, del hedonismo y del materialismo.
El mundo light que rechaza el compromiso, las obligaciones a largo plazo
y cambia el sentido del sacrificio por la búsqueda desesperada
del placer y la satisfacción del egoísmo son algunos de
los elementos que contribuyen a que las parejas se casen sin considerar
la seriedad del vínculo y la responsabilidad que contraen, no sólo
con ellos mismos, sino con los hijos que tendrán. Un matrimonio
roto roba a los hijos la experiencia del cariño y la seguridad
que sólo se puede dar en una unión indisoluble. Es menos
grave privar a los hijos de comodidades y ventajas materiales, que negarles
la presencia de hermanos.
Esta tormenta de divorcios debe servirnos para leer los signos de los
tiempos y pensar en las consecuencias que de ellos se derivan y que las
soluciones para los grandes males no son a corto plazo. Por lo que para
salvaguardar a la familia, es tiempo ya de escuchar con atención
las palabras siempre actuales y llenas de sabiduría del Pontífice:
La familia es la piedra angular de la civilización del amor
y constituye el camino más corto y la vía más segura
para lograr la paz social, porque nace del amor, vive del amor y engendra
el amor, pues sólo en la familia la alegría y el dolor pueden
compartirse en plenitud.
La recristianización de la sociedad es obligación y responsabilidad
de todos, hoy y ahora, si queremos mantener vigente nuestra civilización
y nuestros principios, ahora en peligro.
*Columnista de El Diario de Hoy.
