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Voz de alerta
Tormenta de divorcios

La recristianización de la sociedad es obligación y responsabilidad de todos, hoy y ahora, si queremos mantener vigente nuestra civilización y nuestros principios, ahora en peligro.

Publicada 18 de abril 2004, El Diario de Hoy

Teresa Guevara de López*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

“Divorcios atiborran los tribunales. Aumento de abuso infantil”, son noticias que con dramáticas estadísticas evidencian la desintegración familiar: miles de casos en los tribunales, la mayoría en parejas entre los 25 y 35 años, unas 582 mil personas rompieron el vínculo matrimonial y cada vez hay más niños en peligro. Por algo se ha dicho que la mayor pobreza de un país es su carencia de familia.

En 1978 el recién electo Juan Pablo II dijo en su primera audiencia pública a más de 600 matrimonios reunidos en Roma: “Ustedes son responsables, con el Papa, del futuro de la Iglesia y de la sociedad, porque el futuro de la Iglesia y de la sociedad está en la familia”.

Pero lamentablemente el mundo no creyó las palabras del Pontífice, y en estos 25 años han surgido leyes que han propiciado la corrupción de la mujer, so capa de un mentido feminismo y una falsa liberación; se ha promovido la unión libre, desvalorizando el matrimonio como una institución arcaica, carente de flexibilidad, pues el compromiso y la fidelidad coartan la libertad personal.

Se califica el amor conyugal como rutinario y carente de emoción, mientras se hace alarde de amplitud de criterio y apertura de mente, al alabar el adulterio y promover el homosexualismo como productos de una sociedad moderna y tolerante.

Los medios de comunicación se han convertido en una amenaza para la dignidad de la familia, haciendo de la pornografía una herramienta de publicidad y lucro, al introducir en los hogares vídeos, películas y programas que por su contenido parecen destinados a lugares de prostitución.

Y se callan las voces de protesta, llamándolas moralistas y ultraconservadoras, argumentando que “son los padres los que tienen la obligación de censurar los programas que ven sus hijos”, lo que es una burla en una sociedad donde los padres tienen que trabajar fuera de su hogar, para enfrentar las necesidades económicas.

El fácil acceso de los adolescentes a maquinitas, discotecas y barras show, lucrativos negocios que manipulan vergonzosamente las más bajas pasiones, repercute en abuso infantil, violaciones de padres a hijos y entre hermanos, convirtiendo el hogar, santuario de la familia, en un antro de corrupción y vicio.

Es lógico que la delincuencia y la crueldad irracional de que hacen gala los jóvenes de las maras tiene su raíz en la falta de familia, totalmente vulnerable a las medidas destinadas a controlar la sobrepoblación.

El intento de reducir las relaciones sexuales en los adolescentes con el reparto indiscriminado de condones, que ha probado ser contraproducente en todas partes del mundo, es un cheque en blanco que con la promesa de sexo seguro, promueve la promiscuidad, hace proliferar las enfermedades de transmisión sexual, y debilita totalmente la voluntad, pues no enseña el autodominio, la fortaleza, la exigencia personal para hacer lo que debo y no lo que se me antoja, que es la mejor forma de ejercer la libertad.

Los altos índices de divorcios en parejas jóvenes indican la influencia cada vez mayor del consumismo, del hedonismo y del materialismo. El mundo light que rechaza el compromiso, las obligaciones a largo plazo y cambia el sentido del sacrificio por la búsqueda desesperada del placer y la satisfacción del egoísmo son algunos de los elementos que contribuyen a que las parejas se casen sin considerar la seriedad del vínculo y la responsabilidad que contraen, no sólo con ellos mismos, sino con los hijos que tendrán. Un matrimonio roto roba a los hijos la experiencia del cariño y la seguridad que sólo se puede dar en una unión indisoluble. Es menos grave privar a los hijos de comodidades y ventajas materiales, que negarles la presencia de hermanos.

Esta tormenta de divorcios debe servirnos para leer los signos de los tiempos y pensar en las consecuencias que de ellos se derivan y que las soluciones para los grandes males no son a corto plazo. Por lo que para salvaguardar a la familia, es tiempo ya de escuchar con atención las palabras siempre actuales y llenas de sabiduría del Pontífice: “La familia es la piedra angular de la civilización del amor y constituye el camino más corto y la vía más segura para lograr la paz social, porque nace del amor, vive del amor y engendra el amor, pues sólo en la familia la alegría y el dolor pueden compartirse en plenitud”.

La recristianización de la sociedad es obligación y responsabilidad de todos, hoy y ahora, si queremos mantener vigente nuestra civilización y nuestros principios, ahora en peligro.

*Columnista de El Diario de Hoy.

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