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El Salvador en perspectiva
Una Semana Santa violenta

Los salvadoreños tienen fama de ser violentos. Que la fama es merecida o no, no podemos decirlo, pero si juzgamos lo que informan los medios, tenemos que aceptar que es bastante merecida.

Publicada 18 de abril 2004, El Diario de Hoy

Mario Rosenthal*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Casi cien homicidios, más de cuarenta muertos por accidentes, 434 rescatados por los salvavidas en las playas y once ahogados hubo en la Semana Santa de este año. Y eso sin tomar en cuenta las víctimas que se esperan para las fiestas agostinas, 15 de septiembre, Navidad y Año Nuevo.

¿Por qué la alegría de las vacaciones ha de empañarse con las tragedias que siempre se registran en estos días?

Casi siempre el abuso del alcohol está relacionado con los incidentes, pero los efectos del abuso del alcohol y la cultura de la violencia se sienten los 365 días del año y no sólo durante los días y las épocas festivas.

No se pueden culpar las fiestas ni las vacaciones por los homicidios, ni los accidentes que suceden durante esos días. Esas tragedias hubieran sucedido en cualquier época o fecha en que el culpable se hubiera pasado de tragos.

Los salvadoreños tienen fama de ser violentos. Que la fama es merecida o no, no podemos decirlo, pero si juzgamos con base en lo que informan los medios de divulgación, tenemos que aceptar que es bastante merecida.

Si vamos a dedicar un tiempo al tema de la violencia en El Salvador, primero tenemos que establecer qué clase de violencia nos interesa. El tema que hemos abordado es la violencia recreativa, que surge con las fiestas y vacaciones, que en El Salvador se celebran al por mayor, en todo el país, de una sola vez, con el cierre de todas las oficinas del Gobierno y también privadas, quedando un mínimo de servicios de emergencia funcionando.

La violencia se manifiesta en todas las actividades de la vida y comienza en la cuna, cuando un bebé de meses de edad le coge una rabieta y la madre no sabe qué hacer para calmarle.

Es decir, se acude a la violencia —pegar de gritos es una forma de violencia— cuando no se se logra lo que se quiere por las buenas. Recurrir a la violencia es infantil y es en el hogar donde se aprende a usarla en vez de apelar a la razón.

Tenemos el caso de una adolescente que conducía a gran velocidad un pick-up, con cinco pasajeros en el asiento y en la cama, en la autopista a Comalapa, hasta que en una curva perdió el control del vehículo y fue a colisionar con un separador metálico.

El impacto lo precipitó a un barranco. La conductora y dos muchachas más que ocupaban el asiento de adelante murieron al instante, y una que había sido lanzada de la cama a un pedrero murió a los diez minutos. Una niña, que sufrió severos golpes, pero de milagro sobrevivió, declaró que se le había gritado a la conductora que redujera la velocidad, pero no hizo caso.

La violencia está latente en todos los seres vivos, sean hombres o animales, pero sólo los domesticados, que se han adaptado a lo que llamamos civilización, intentan dominarla.

Espero no ofender a nuestros lectores al referir al hombre como un “animal domesticado”, pero en realidad eso somos: algunos más domesticados que otros. ¿Qué podemos decir de un señor Perla al que se acusa de haberse apoderado de millones para construirse casas y edificios recreativos, obligando al pueblo a acarrear agua en cántaros, para calmar su sed? ¿O de las autoridades que piden medio año para comprobar que los tanques están secos, y en vez de proveer agua a la capital lo que ofrecen es polvo?

*Escritor y columnista de El Diario de Hoy.

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