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| Histórico - El 13 de septiembre de 1993,
Yitzhak Rabin (izq.) estrechó la mano de Yaser Arafat.
Foto: EDH/AP |
Thomas L. Friedman
El Diario de Hoy
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Tengo que hacer una confesión: Soy el columnista de asuntos exteriores
del The New York Times y no escuché un solo segundo de las audiencias
sobre el 11 de septiembre ni leí un solo artículo en el
diario acerca de ellas. Ni un solo instante. Ni un solo artículo.
Dios sabe que no es por indiferencia a los atentados del 11 de septiembre.
Se debe a que ya decidí con respecto a ese suceso hace largo tiempo:
No fue un fracaso de los servicios de inteligencia, fue un fracaso de
la imaginación.
Podríamos haber tenido servicios perfectos de inteligencia con
respecto a todos los elementos clave de los atentados del 11 de septiembre,
pero el hecho es que carecimos -por la mejor de las razones- de personas
con imaginación suficientemente malvada para unir esas piezas y
percatarnos de que 19 hombres varones iban a secuestrar cuatro aeronaves,
con el objeto de lanzar ataques suicidas en contra de nuestros símbolos
nacionales y matar a tantos civiles inocentes como les fuera posible,
por ninguna razón en lo más mínimo.
La imaginación está muy presente en mi mente en fechas recientes,
ya que en lo personal, a mí me parece que las únicas personas
con imaginación en el mundo, justo ahora, son los malos. Como dice
mi amigo Stephen P. Cohen, analista de Oriente Medio, Esa es la
característica de nuestro tiempo: toda la imaginación está
en manos de los malhechores.
Estoy tan impaciente por una sorpresa positiva. Me siento tan ansioso
por escuchar a un político, estadista o a un líder empresarial
que me tome por sorpresa de una forma positiva. Ha pasado tanto tiempo.
Han pasado más de 10 años desde que Yitzhak Rabin le extendió
la mano a Yaser Arafat sobre el césped de la Casa Blanca. Sí,
sí, lo sé, Arafat resultó ser un fraude.
Pero, durante un breve y brillante momento, un viejo guerrero, Rabin,
salió de sí mismo, de su pasado, así como de todo
su tejido marcado por las cicatrices, e imaginó algo diferente.
Ha pasado mucho tiempo.
Me ciño a la siguiente rutina: Me levanto cada mañana aproximadamente
a las seis, enciendo mi computadora, me conecto con la página noticiosa
de AOL y después contengo la respiración para ver qué
indignación ha ocurrido en el mundo desde la noche anterior. ¿Un
atentado masivo con bomba en Iraq o Madrid? ¿Más sinagogas
en Estambul? ¿Más soldados muertos en Iraq?
Mis mayores deseos
Ansío con tantas ganas el día que pueda despertar y quedar
sorprendido por alguna noticia realmente buena: por parte de alguien que
se salga por completo de sí mismo o misma, imagine algo diferente
y tienda su mano.
Quiero despertar y leer que el Presidente George W. Bush ya se decidió
a ofrecer una alternativa al estancado Protocolo de Kyoto para reducir
el calentamiento mundial. Deseo amanecer para leer que 10,000 madres palestinas
marcharon hasta los cuarteles generales de Hamas para exigir que sus hijos
e hijas no sean reclutados nunca más para atentados suicidas.
Quiero despertar y leer que el Príncipe de la Corona Abdulá,
de Arabia Saudita, invitó a Ariel Sharon (el Primer Ministro israelí)
a su residencia en Riad, para entregarle personalmente el plan de paz
al que Abdulá y Sharon respondieron mediante el congelamiento de
asentamientos israelíes como gesto de buena voluntad.
Deseo abrir los ojos por la mañana para leer que la General Motors
ya decidió que dejará de producir vehículos del tipo
del Hummer, que consumen enormes cantidades de gasolina, y que Bush ya
decidió reemplazar su limusina por un Toyota Prius con blindaje,
automóvil híbrido que da más de 64 kilómetros
por galón.
Quiero despertar y enterarme de que (el Vicepresidente estadounidense)
Dick Cheney ya ofreció disculpas a la Organización de las
Naciones Unidas, así como a todos nuestros aliados, por estar equivocado
con respecto a las armas de destrucción masiva en Iraq, pero que
después se dirigiera a nuestros aliados para solicitarles que se
unan a Estados Unidos en un proyecto de, incluso, mayor importancia: brindar
ayuda al pueblo iraquí para que construya algo similar a un marco
democrático. Quiero levantarme y leer que Tom Delay se pronunció
en favor de un aumento a los impuestos para los ricos, con el fin de salvar
el Seguro Social y el plan de salud Medicare para la siguiente generación,
así como para financiar la totalidad de nuestros programas educativos,
los cuales carecen de recursos apropiados.
Deseo amanecer y leer que el Magistrado Antonin Scalia se descalificó
a sí mismo para fallar sobre el caso que involucra a la fuerza
de tarea de Cheney cuando llegue ante la Suprema Corte - no porque Scalia
hiciera algo ilegal cuando fue a cazar patos con el Vicepresidente, sino
porque nuestra Suprema Corte es muy sagrada, sumamente vital para lo que
vuelve especial a nuestra sociedad: su estado de derecho -, en cuanto
a que a él no le gustaría hacer cualquier cosa que pudiera
tener siquiera un tenue olor a conductas inapropiadas.
Quiero abrir los ojos por la mañana y leer que Bush ya anunció
un Proyecto Manhattan enfocado al desarrollo de energías renovables,
las cuales darían fin a la adicción de Estados Unidos al
petróleo crudo para el 2010. Deseo amanecer y enterarme en las
noticias de que Mel Gibson acaba de anunciar que su próximo filme
se llamará Moisés, y que las ganancias serán
donadas al Museo del Holocausto.
Sobre todo, quiero despertar y leer que el demócrata John Kerry
acaba de pedirle a John McCain (del Partido Republicano) que se convierta
en su vicepresidente, ya que si Kerry gana, no se propone desperdiciar
sus cuatro años evitando los problemas más difíciles
de Estados Unidos -la atención de salud pública, faltantes
(presupuestarios), energía, educación- sino acometiéndolos,
y eso solamente se puede llevar a cabo con un espíritu bipartidista
y un equipo integrado por miembros de ambos partidos.