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¿EE.UU. engendró terroristas?

Grave error. El daño que la CIA causó no fue el suministro de armas y dinero, sino la privatización de la información con respecto a cómo producir y propagar la violencia

Publicada 16 de abril 2004, El Diario de Hoy

El nuevo conflicto. Las tropas de EE.UU. en Iraq parecen estar sumergidas ahora en otro Vietnam. Foto: EDH/AP

Hugh Eakin
El Diario de Hoy

internacionales@elsalvador.com

En las variadas explicaciones sobre los atentados del 11 de septiembre y el aumento del terrorismo, dos temas siguen apareciendo.

La primera es que la cultura islámica es la responsable, llevando a un choque de civilizaciones o, como lo expresan versiones más matizadas, una lucha entre musulmanes de mentalidad secular y fundamentalistas que ha dado como resultado violencia extrema en contra de Occidente. La segunda dice que el terrorismo es una característica del panorama posterior a la Guerra Fría, perteneciente a una era en la cual las relaciones internacionales ya no se definen por la titánica confrontación entre dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética.

Pero, para Mahmood Mamdani, politólogo nacido en Uganda y antropólogo de la Universidad de Columbia, esas dos presuposiciones están equivocadas. No sólo argumenta que el terrorismo no tiene necesariamente algo que ver con la cultura islámica; insiste también en que la diseminación del terrorismo como una táctica se debe, en buena medida, a un producto derivado de la política exterior de EE.UU. durante la Guerra Fría.

Después de Vietnam, argumenta, EE.UU. pasó de una intervención directa en el combate mundial en contra del comunismo, hacia una estrategia donde apoyaba nuevas formas de insurgencia por parte de grupos armados.

“En la práctica”, ha escrito Mamdani, “eso se tradujo en una decisión de Estados Unidos enfocada a controlar, o incluso cultivar, el terrorismo en la lucha en contra de regímenes a los que consideraba pro-soviéticos”.

El verdadero culpable del 11-S no es el Islam, sino más bien la violencia que no proviene del Estado, durante las etapas finales del tenso enfrentamiento con la Unión Soviética. Luego de recurrir a terceras y cuartas partes, la CIA respaldó a terroristas y movimientos proto-terroristas en Indochina, Latinoamérica, Africa y, por supuesto, Afganistán, argumenta Mamdani en su nuevo libro, “Musulmán bueno, musulmán malo: Estados Unidos, la Guerra Fría y las raíces del terrorismo”.

“El daño real que la CIA ocasionó no fue el suministro de armas y dinero”, escribe, “sino la privatización de la información con respecto a cómo producir y propagar la violencia —la formación de milicias privadas— capaz de crear terror”. El terrorista más conocido con entrenamiento de la CIA, destaca, es Osama bin Laden.

Dieron luz verde

Otras versiones recientes han examinado las formas en las que el respaldo estadounidense hacia los muyaidines, en el decenio de los 80, contribuyó para abrirle el camino al terrorismo islámico en los años 90. Con todo, Mamdani postula una nueva —y mucho más polémica– tesis al vincular a la cepa violenta del Islam con una estrategia estadounidense más extensa.

Para Estados Unidos, atrapado en medio de la oleada de sentir antibélico que se desató a causa de la guerra en Vietnam, la única forma de reducir este proceso consistía en brindar apoyo indirecto a violentos grupos paramilitares de nueva creación.

Con base en la misma estrategia que fue empleada en África, Estados Unidos dio apoyo a los Contras en Nicaragua y después creó, en gran escala, un frente panislámico para combatir a los soviéticos en Afganistán. Si bien otros movimientos islámicos, como la Revolución de Irán, tuvieron claros objetivos nacionalistas, la yihad afgana, sugiere Mamdani, fue creada por EE.UU. como una fuerza de resistencia privatizada, así como carente de Estado en términos ideológicos.

Uno de los resultados de lo anterior, escribe, fue “la formación de una comitiva internacional de individuos desarraigados que rompieron lazos con su familia y su país de origen para unirse a redes clandestinas, las cuales tenían un enemigo claramente definido”.
Según versiones de Mamdani, la estrategia de la guerra por poder prosiguió incluso después de la caída de la Unión Soviética, al tiempo que la ONU buscaba nuevas formas de patrocinar conflictos de baja intensidad en contra de regímenes de militancia nacionalista.



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