Joseph S. Nye*
El Diario de Hoy
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La campaña para las elecciones presidenciales se está
calentando y, con ella, el debate sobre el poder americano. Hace un año,
tras la victoria relámpago en la guerra de Iraq, que sólo
duró cuatro semanas, muchos pensaron que la cuestión había
quedado zanjada, pero las posteriores dificultades en Iraq -y en las relaciones
exteriores de Estados Unidos en general-han situado ese asunto en el centro
de la campaña electoral.
Resulta difícil de recordar, pero hace algo más de un decenio,
la opinión establecida -tanto dentro como fuera de Estados Unidos-sostenía
que Estados Unidos estaba en decadencia. En 1992 el ganador de las elecciones
primarias en New Hampshire sostuvo que la Guerra Fría ha(bía)
concluido... y Japón la ha(bía) ganado. Cuando publiqué
Bound to Lead, en 1990, predije el ascenso continuo del poder americano.
Pero hoy considero igualmente importante poner en duda la nueva opinión
establecida de que Estados Unidos es invencible y de que el nuevo
unilateralismo debe inspirar la política exterior de Estados
Unidos.
Después del hundimiento de la Unión Soviética, algunos
analistas calificaron de unipolar el mundo resultante y vieron pocas limitaciones
al poder americano. Se trata de una falsa apariencia. El poder en una
era de la información mundial se distribuye entre los países
conforme a un modelo que se parece a una compleja partida de ajedrez tridimensional.
En el tablero de arriba, el poder militar es en gran medida unipolar.
Estados Unidos es el único país con fuerzas aéreas,
navales y terrestres ultramodernas, aptas para un despliegue mundial...
lo que explica la rápida victoria en Iraq el año pasado,
pero en el tablero del medio el poder económico es multipolar y,
en él, Estados Unidos, Europa, Japón y China representan
las dos terceras partes de la producción mundial. En ese tablero
económico, otros países contrapesan con frecuencia el poder
americano.
El tablero de abajo es el ámbito de las relaciones transnacionales
que cruzan las fronteras y quedan fuera del control de los gobiernos.
En el extremo benigno del espectro, ese ámbito comprende a agentes
tan diversos como los banqueros que transfieren grandes sumas electrónicamente;
en el otro se encuentran los terroristas que transfieren armas o los piratas
informáticos que desbaratan el funcionamiento de la red Internet.
En ese tablero de abajo, el poder está muy disperso y resulta absurdo
hablar de unipolaridad, multipolaridad o hegemonía. Quienes recomiendan
una política exterior unilateral de Estados Unidos basada en esas
descripciones tradicionales del poder americano se basan en un análisis
lamentablemente inadecuado.
¿Por qué es así? La actual revolución de la
información y el tipo de mundialización que la acompaña
están transformando y empequeñeciendo el mundo. Al comienzo
del Siglo XXI, esas dos fuerzas aumentaron el poder americano, en particular
la capacidad para influir en los demás mediante un poder atractivo
o "blando", como yo lo llamo, pero con el tiempo los avances
tecnológicos se propagarán a otros países y pueblos,
lo que reducirá la relativa preeminencia de EE.UU.
Por ejemplo, en la actualidad la población americana, que representa
el cinco por ciento de la mundial, comprende más de la mitad de
todos los usuarios de la red Internet, pero dentro de uno o dos decenios
el chino puede llegar a ser la lengua del mayor número de usuarios
de dicha red. No destronará al inglés como lengua franca,
pero en algún momento el mercado asiático resultará
mayor que el mercado estadounidense.
Cosa aún más importante: la revolución de la información
está creando comunidades y redes virtuales que cruzan las fronteras
nacionales y las empresas transnacionales y los agentes no gubernamentales
-incluidos los terroristas desempeñarán papeles más
importantes. Muchas organizaciones tendrán un poder blando propio,
al atraer a ciudadanos en coaliciones que crucen las fronteras nacionales.
Los ataques terroristas a Nueva York, Washington y ahora Madrid son síntomas
terribles de los cambios profundos que se producen. La tecnología
ha ido diluyendo el poder de los gobiernos y habilitando a personas y
grupos para que desempeñen papeles en la política mundial
-incluida una destrucción en gran escala-, que en tiempos estaban
reservados para los gobiernos. En los últimos años, la privatización
ha sido el leitmotiv en la política económica, pero en política
la privatización de la guerra es el terrorismo.
Las actuales redes mundiales de interdependencia en aumento añaden
asuntos nuevos a los programas nacionales e internacionales; los americanos
por sí solos no pueden resolver, sencillamente, muchos de ellos.
La estabilidad financiera internacional es decisiva para la prosperidad,
pero Estados Unidos necesita la cooperación de los demás
para garantizarla.
Con su ventaja en la revolución de la información y su inmensa
inversión en los recursos tradicionales del poder, Estados Unidos
seguirá siendo el país más poderoso del mundo hasta
bien avanzado este siglo.
Copyright: Project Syndicate.
*Decano de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard.
