Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com
La cuestión sobre la intervención militar en seguridad
interna en las naciones de América Latina no es nueva, pero muchos
en la región la han rechazado categóricamente desde el retorno
del orden democrático.
Aun así, algunos líderes estadounidenses están planteándola
de nuevo, convencidos de que los actuales retos en seguridad debieran
inducir a líderes latinoamericanos a considerar el uso de sus militares
dentro de sus fronteras.
Dichas ideas parecen estar en clara contradicción con el mensaje
estadounidense de que los soldados no pertenecen a las calles, sino al
cuartel.
Los regímenes militares abrieron una sangrienta senda a lo largo
de la región hace escasamente una generación, y muchos acá
y a través del hemisferio temen que un solo paso que se dé
en esa dirección no será el último en una senda que
llevará de nuevo a aquellos angustiosos días.
Pero para líderes militares como el general James T. Hill, jefe
del Comando Sur, éstas son nuevas épocas que requieren nuevas
ideas. El crimen internacional organizado en todas sus actuales formas
terrorismo y el tráfico de personas, drogas y armas
representa un reto tanto policial como militar, que Latinoamérica
ignora por su cuenta y riesgo.
El asunto es tan delicado que la solución no se puede alcanzar
sin profundas reflexiones. Tras las innumerables víctimas de las
dictaduras militares, es difícil imaginar alguna razón que
justifique expandir el uso de la fuerza militar para enfrentar algo distinto
a las amenazas tradicionales a la soberanía nacional.
Pero también es difícil desconocer los hechos. Precisamente
esta semana, funcionarios del estado de Río de Janeiro le pidieron
al Gobierno de Brasil el envío de tropas para contener una guerra
de pandillas relacionada con la droga, que incluso la policía no
ha podido contener.
Al verse casi sin opciones, algunos funcionarios propusieron incluso la
construcción de un muro alrededor de tres favelas, una idea que
afortunadamente murió por rechazo popular.
En Colombia, al igual que en Jamaica, en el Caribe, y El Salvador, en
Centroamérica, la acción de unidades conjuntas de la policía
y el ejército se ha hecho más frecuente en la lucha contra
las drogas ilícitas y pandillas criminales.
Combinar los recursos de ambas fuerzas puede ofrecer una rápida
y práctica respuesta a ese creciente fenómeno de violencia
criminal, que frustra la estabilidad económica y social.
Dichos sucesos de ninguna manera implican una solución totalmente
militar a cualquiera de los nuevos retos no tradicionales. Cuando mucho,
al decir de expertos de seguridad en Estados Unidos y de la región,
el papel militar debiera ser limitado y no debiera suplantar el de la
policía, las agencias de inteligencia, las cortes y los reguladores
financieros.
El reto para América Latina es crear un cuerpo que esté
dispuesto a cooperar con esas otras agencias y sea capaz también
de imponer la fuerza necesaria, para combatir organizaciones criminales
cuyo alcance y recursos no conocen fronteras.
A Estados Unidos no le preocupa realmente la forma que tome en definitiva
ese cuerpo en América Latina, sugirió Richard D. Downie,
el nuevo director del Centro para Estudios Hemisféricos de Defensa
del Pentágono (CHDS).
Pero lo que el general Hill y otros estrategas militares estadounidenses
añaden es que la fuerza militar es la única que cuenta con
los recursos y la destreza necesarios para afrontar los desafíos
de la nueva era.
De todos modos cada país debe decidir si puede confiar en sus fuerzas
militares para que enfrenten un nuevo reto y limiten su rol a lo que los
líderes civiles definan. Después de todo, los esfuerzos
para profesionalizar a esas fuerzas y fortalecer su control civil están
todavía a mitad de camino.
Llevar a cabo ese propósito adquiere urgencia renovada a medida
que los gobiernos estudian nuevas estrategias de seguridad, dijo Downie,
algo que él mismo tendrá que considerar como director del
CHDS, creado hace siete años para ayudar a fortalecer en la región
el control civil sobre los militares.
Incluso en Colombia, un país sin la historia de dictadura militar,
la confianza en las fuerzas armadas nunca ha sido garantizada.
De hecho, la actual tasa de aprobación de 80 por ciento de las
fuerzas militares colombianas llegó sólo después
de que Estados Unidos las apoyó con millones de dólares,
el paquete de ayuda militar más grande del continente y el tercero
más grande del mundo, buena parte del cual está dirigido
a profesionalizar a las fuerzas armadas.
Además, insisten muchos analistas, Colombia requerirá mucho
más que asistencia militar estadounidense para alcanzar un verdadero
éxito en sus muchos retos de seguridad interna.
De hecho, si en la lucha de hoy contra redes criminales internacionales
los militares pueden jugar sólo un papel suplementario, es particularmente
preocupante que el esfuerzo estadounidense hasta ahora sólo parezca
concentrarse en ese aspecto de la ecuación.
Incluso ante el escepticismo históricamente justificado y la resistencia
que dicha agenda genera, el reto estadounidense tiene validez y urgencia.
Pero será rechazado a no ser que sea respaldado por un compromiso
financiero y apoyado por las otras agencias involucradas en una solución
integral.
*Columnista del Washington Post.
