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Mal pensada la ley contra la prostitución

El problema es demasiado complejo como para resolverlo con penas de cárcel y multas

Publicada 16 de abril 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

Se necesitan dos para bailar el tango”: en esto de la prostitución están involucradas tanto las personas que han caído en la desgracia, como las que requieren esos servicios. Creer que persiguiendo, multando y castigando a una sola de las partes se va a erradicar o al menos aliviar este grave problema, no sólo es absurdo, sino que además injusto.

Es rara la ciudad en el mundo en la que no se vean mujeres, travestís y las más extrañas figuras ofreciendo sexo en la calle. Hay “paraísos del sexo” como La Habana de Castro o Bangkok, donde el ejercicio de la prostitución parece formar parte del ambiente y la cultura; en otras, como Miami, no se ve a nadie “haciendo la calle”, pero sobran mujeres y hombres que se contactan con una llamada telefónica.

En Miami la pena cae por igual al que se prostituye en la calle como al que se detiene a hablarle. Inclusive la policía despliega mujeres y hombres como anzuelos: tan pronto un automovilista intenta ligar, de la nada sale un radiopatrulla que le investiga, le da cita para comparecer ante el juez y con frecuencia le lleva al recinto policial. Las multas son muy severas; cientos de dólares y a menudo labor comunitaria. Y está el riesgo adicional de que la familia del romeo se entere de lo sucedido.

Como decimos, el problema es demasiado complejo como para resolverlo con penas de cárcel y multas. Las disposiciones han sido pensadas de manera atolondrada, además de ser injustas. No hay que ir muy lejos para encontrar el conciso planteamiento moral, expuesto por Sor Juana Inés de la Cruz sobre quién es más de culpar, “la que peca por la paga o el que paga por pecar”.

En Europa, y en particular Italia, se discute sobre la conveniencia de restablecer los burdeles, como necesarios para proteger tanto a las personas prostituidas como a sus clientes.

Y burdeles los hay en el norte europeo, como lo descubre cualquier turista que visite Amsterdam o Hamburgo. Como contraste ya hablamos sobre las mafias de la prostitución que operan a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México, que literalmente esclavizan desde niños hasta hombres y mujeres viejos. Las historias más espantosas de miseria humana tienen lugar en esa zona.

Persígase al que paga por pecar

Por hoy, las autoridades del Primer Mundo han concentrado sus esfuerzos para erradicar las dos facetas más horribles del comercio carnal: la prostitución y la pornografía infantiles. Muy poco de esto es tema en la flamante ley salvadoreña.

Y en el caso de los niños, a las violaciones (que se han incrementado en estos últimos tiempos) se agrega la victimización que hacen de ellos los pederastas, los que circulan por la noche sin control alguno.

Mientras la ley no sea mejor pensada y por igual castigue al cliente como al prostituido, es del caso dejarla en suspenso, enmendarla y adecuarla a lo que son las realidades humanas de nuestro país.

Bien se sabe que aplicar penas se presta a corrupción, en este caso de agentes policiales que buscarían compensaciones “en especie” para no detener a las infelices personas que pecan para vivir. Y mientras no se ajusten las cuentas a los que pagan por pecar caemos en terribles injusticias.

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