El Diario de Hoy
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Se necesitan dos para bailar el tango: en esto de la prostitución
están involucradas tanto las personas que han caído en la
desgracia, como las que requieren esos servicios. Creer que persiguiendo,
multando y castigando a una sola de las partes se va a erradicar o al
menos aliviar este grave problema, no sólo es absurdo, sino que
además injusto.
Es rara la ciudad en el mundo en la que no se vean mujeres, travestís
y las más extrañas figuras ofreciendo sexo en la calle.
Hay paraísos del sexo como La Habana de Castro o Bangkok,
donde el ejercicio de la prostitución parece formar parte del ambiente
y la cultura; en otras, como Miami, no se ve a nadie haciendo la
calle, pero sobran mujeres y hombres que se contactan con una llamada
telefónica.
En Miami la pena cae por igual al que se prostituye en la calle como al
que se detiene a hablarle. Inclusive la policía despliega mujeres
y hombres como anzuelos: tan pronto un automovilista intenta ligar, de
la nada sale un radiopatrulla que le investiga, le da cita para comparecer
ante el juez y con frecuencia le lleva al recinto policial. Las multas
son muy severas; cientos de dólares y a menudo labor comunitaria.
Y está el riesgo adicional de que la familia del romeo se entere
de lo sucedido.
Como decimos, el problema es demasiado complejo como para resolverlo con
penas de cárcel y multas. Las disposiciones han sido pensadas de
manera atolondrada, además de ser injustas. No hay que ir muy lejos
para encontrar el conciso planteamiento moral, expuesto por Sor Juana
Inés de la Cruz sobre quién es más de culpar, la
que peca por la paga o el que paga por pecar.
En Europa, y en particular Italia, se discute sobre la conveniencia de
restablecer los burdeles, como necesarios para proteger tanto a las personas
prostituidas como a sus clientes.
Y burdeles los hay en el norte europeo, como lo descubre cualquier turista
que visite Amsterdam o Hamburgo. Como contraste ya hablamos sobre las
mafias de la prostitución que operan a lo largo de la frontera
entre Estados Unidos y México, que literalmente esclavizan desde
niños hasta hombres y mujeres viejos. Las historias más
espantosas de miseria humana tienen lugar en esa zona.
Persígase al que paga por pecar
Por hoy, las autoridades del Primer Mundo han concentrado sus esfuerzos
para erradicar las dos facetas más horribles del comercio carnal:
la prostitución y la pornografía infantiles. Muy poco de
esto es tema en la flamante ley salvadoreña.
Y en el caso de los niños, a las violaciones (que se han incrementado
en estos últimos tiempos) se agrega la victimización que
hacen de ellos los pederastas, los que circulan por la noche sin control
alguno.
Mientras la ley no sea mejor pensada y por igual castigue al cliente como
al prostituido, es del caso dejarla en suspenso, enmendarla y adecuarla
a lo que son las realidades humanas de nuestro país.
Bien se sabe que aplicar penas se presta a corrupción, en este
caso de agentes policiales que buscarían compensaciones en
especie para no detener a las infelices personas que pecan para
vivir. Y mientras no se ajusten las cuentas a los que pagan por pecar
caemos en terribles injusticias.
