Marvin Galeas*
El Diario de Hoy
marvingaleas@yahoo.com.mx
Los
quince minutos iniciales de la película Salvando al soldado
Ryan me parecieron los quince minutos más violentos en la
historia del cine. Ese cuarto de hora me hizo sudar recordando tramos
de amarga adrenalina de la guerra vivida. Y, sin embargo, La Pasión
de Cristo te mantiene casi sin aliento, con una extraña sensación
de tristeza y contrición por más de dos horas.
Pero se equivoca quien diga que el tema central de la película
de Mel Gibson es violencia, morbo y tortura. El guión, la actuación,
la fotografía, los efectos y todos los demás elementos se
combinan magistralmente para narrar, en el lenguaje del cine, la más
grande historia de amor por la humanidad, jamás contada.
La Biblia cuenta que Dios creó a los ángeles. Uno de ellos,
el que se llamaba Lucifer, que quiere decir: Luz de la mañana,
se llenó de ambición y quiso tener el mismo poder de Dios.
Convenció a un tercio de las huestes celestiales de su causa. Por
su conspiración, Dios le desterró. Lucifer se transformó
en el diablo, y sus seguidores, en los demonios. Comenzó entonces,
según la Biblia, el más grande de todos los conflictos:
la batalla entre el bien y el mal.
Fue el diablo, también conocido como Satanás (un nombre
con muchas más malas vibras que Lucifer), maestro del engaño,
quien engatusó a Adán y Eva. Todos conocemos la historia
de las primeras páginas del Génesis. Desobedecieron a Dios,
comieron del árbol del bien y del mal y se metieron en un lío
del cual, generaciones después, aún no salimos. ¿Por
qué se rebeló Lucifer? ¿Por qué Adán
y Eva erraron? ¿Es acaso imperfecto Dios?
Los teólogos dicen que el más grande don que Dios le ha
dado a sus criaturas es la libertad, es decir, la capacidad de decidir
lo que se quiere, incluso entre lo bueno y lo malo. Dios había
advertido a los inquilinos del Jardín del Edén que podían
hacer lo que quisieran, menos comer del árbol prohibido, porque
eso significaba irremisiblemente la muerte. Ellos decidieron libremente
jugarse la aventura. Tenían que morir y toda su descendencia también,
porque, de lo contrario, Dios era un mentiroso.
La paga del pecado es la muerte. La frase es terrible y lapidaria. Sobre
todo por aquello de que quien esté libre de pecado que tire la
primera piedra, las canitas al aire, arrieros somos y en el camino andamos.
Nos tocaba morir para siempre. No había manera humana de salir
del embrollo. El mal vencía al bien. Fue entonces que Dios, apiadado
de su pobre criatura, asediado por el diablo, decidió enviar su
linaje para sufrir en carne propia y sin ningún atenuante, lo que
nos esperaba a nosotros. Literalmente ese linaje, Jesús, tendría
no sólo que morir, sino, sobre todo, sufrir lo indecible, por nosotros.
La película de Mel Gibson cuenta las últimas 12 horas de
esta historia. Hasta donde yo sé y especialistas me lo han dicho,
el relato está totalmente apegado a los evangelios de Mateo, Marcos,
Lucas y Juan. Dicen que el mismo Papa Juan Pablo Segundo la vio e hizo
un solo comentario: Así debió ser.
Ningún relato, de cualquier tipo y por muy bien realizado que esté,
ya sea que trate sobre el martirio de Juana de Arco, el empalamiento de
Caupolicán, de los cristianos siendo devorados por los leones en
el Coliseo romano, ni de Sócrates tomando la cicuta, ni de simples
ciudadanos torturados por siniestros esbirros de dictadores, levanta tanta
expectativa y clamor universal como La Pasión de Cristo.
Jesús el que partió la historia en dos; cuyas enseñanzas
son las más conocidas, el que más ha influido en seres humanos
para cambiar sus vidas es, a mí no me cabe duda, ese linaje prometido
que, con su impactante sacrificio, derrotó para siempre al mal.
Ya nadie, según la Biblia, está previamente condenado. Depende
de cada uno. Creer o no. La libertad. La decisión. El punto de
partida y el de llegada.
Mi opinión, claro está, no es la de un experto en teología,
ni la de un ejemplo de santidad, ni siquiera, creo, es la de un buen cristiano.
Es la de alguien que vio la película y que leyó los evangelios.
Que está más lleno de desaciertos que de virtud. Por ello
me llena de esperanza la escena de los ladrones de la cruz. Allí
no estaban colgados ni Pedro, ni Juan, ni ninguno de los discípulos.
Eran dos ladrones, quizá asesinos condenados a muerte por sus muchas
fechorías. Uno de ellos fue soberbio. El otro, contrito, sincero
y lloroso, creyó y clamó. Y Jesús, con sólo
eso, le perdonó.
*Columnista de El Diario de Hoy.