elsalvador.com WWW
Portada Nacional El País Deportes Metro Negocios Editorial RUZ Vida Internacionales Por el mundo

Tema para meditar
La pasión de Cristo

La paga del pecado es la muerte. La frase es terrible y lapidaria. Sobre todo por aquello de que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, las canitas al aire, arrieros somos y en el camino andamos.

Publicada 8 de abril 2004, El Diario de Hoy

Marvin Galeas*
El Diario de Hoy

marvingaleas@yahoo.com.mx

Los quince minutos iniciales de la película “Salvando al soldado Ryan” me parecieron los quince minutos más violentos en la historia del cine. Ese cuarto de hora me hizo sudar recordando tramos de amarga adrenalina de la guerra vivida. Y, sin embargo, “La Pasión de Cristo” te mantiene casi sin aliento, con una extraña sensación de tristeza y contrición por más de dos horas.

Pero se equivoca quien diga que el tema central de la película de Mel Gibson es violencia, morbo y tortura. El guión, la actuación, la fotografía, los efectos y todos los demás elementos se combinan magistralmente para narrar, en el lenguaje del cine, la más grande historia de amor por la humanidad, jamás contada.

La Biblia cuenta que Dios creó a los ángeles. Uno de ellos, el que se llamaba Lucifer, que quiere decir: Luz de la mañana, se llenó de ambición y quiso tener el mismo poder de Dios. Convenció a un tercio de las huestes celestiales de su causa. Por su conspiración, Dios le desterró. Lucifer se transformó en el diablo, y sus seguidores, en los demonios. Comenzó entonces, según la Biblia, el más grande de todos los conflictos: la batalla entre el bien y el mal.

Fue el diablo, también conocido como Satanás (un nombre con muchas más malas vibras que Lucifer), maestro del engaño, quien engatusó a Adán y Eva. Todos conocemos la historia de las primeras páginas del Génesis. Desobedecieron a Dios, comieron del árbol del bien y del mal y se metieron en un lío del cual, generaciones después, aún no salimos. ¿Por qué se rebeló Lucifer? ¿Por qué Adán y Eva erraron? ¿Es acaso imperfecto Dios?

Los teólogos dicen que el más grande don que Dios le ha dado a sus criaturas es la libertad, es decir, la capacidad de decidir lo que se quiere, incluso entre lo bueno y lo malo. Dios había advertido a los inquilinos del Jardín del Edén que podían hacer lo que quisieran, menos comer del árbol prohibido, porque eso significaba irremisiblemente la muerte. Ellos decidieron libremente jugarse la aventura. Tenían que morir y toda su descendencia también, porque, de lo contrario, Dios era un mentiroso.

La paga del pecado es la muerte. La frase es terrible y lapidaria. Sobre todo por aquello de que quien esté libre de pecado que tire la primera piedra, las canitas al aire, arrieros somos y en el camino andamos. Nos tocaba morir para siempre. No había manera humana de salir del embrollo. El mal vencía al bien. Fue entonces que Dios, apiadado de su pobre criatura, asediado por el diablo, decidió enviar su linaje para sufrir en carne propia y sin ningún atenuante, lo que nos esperaba a nosotros. Literalmente ese linaje, Jesús, tendría no sólo que morir, sino, sobre todo, sufrir lo indecible, por nosotros.

La película de Mel Gibson cuenta las últimas 12 horas de esta historia. Hasta donde yo sé y especialistas me lo han dicho, el relato está totalmente apegado a los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Dicen que el mismo Papa Juan Pablo Segundo la vio e hizo un solo comentario: “Así debió ser”.

Ningún relato, de cualquier tipo y por muy bien realizado que esté, ya sea que trate sobre el martirio de Juana de Arco, el empalamiento de Caupolicán, de los cristianos siendo devorados por los leones en el Coliseo romano, ni de Sócrates tomando la cicuta, ni de simples ciudadanos torturados por siniestros esbirros de dictadores, levanta tanta expectativa y clamor universal como La Pasión de Cristo.

Jesús el que partió la historia en dos; cuyas enseñanzas son las más conocidas, el que más ha influido en seres humanos para cambiar sus vidas es, a mí no me cabe duda, ese linaje prometido que, con su impactante sacrificio, derrotó para siempre al mal. Ya nadie, según la Biblia, está previamente condenado. Depende de cada uno. Creer o no. La libertad. La decisión. El punto de partida y el de llegada.

Mi opinión, claro está, no es la de un experto en teología, ni la de un ejemplo de santidad, ni siquiera, creo, es la de un buen cristiano. Es la de alguien que vio la película y que leyó los evangelios. Que está más lleno de desaciertos que de virtud. Por ello me llena de esperanza la escena de los ladrones de la cruz. Allí no estaban colgados ni Pedro, ni Juan, ni ninguno de los discípulos. Eran dos ladrones, quizá asesinos condenados a muerte por sus muchas fechorías. Uno de ellos fue soberbio. El otro, contrito, sincero y lloroso, creyó y clamó. Y Jesús, con sólo eso, le perdonó.

*Columnista de El Diario de Hoy.

elsalvador.com WWW