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Desde Washington
Abaratando el envío de remesas a L.A.

En efecto, depositar dinero en instituciones financieras les dará a muchos remitentes y destinatarios por igual su primer acceso a cuentas bancarias y líneas de crédito. Esto podría tener un efecto multiplicador

Publicada 2 de abril 2004, El Diario de Hoy

Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Hace diez años, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte o NAFTA creó un banco de desarrollo con $3.000 millones en capital para financiar proyectos ambientales a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos. Pero hasta hoy, menos del cuatro por ciento de esa cantidad -cerca de $96 millones-ha sido prestado.

Cuando se estableció el Banco de Desarrollo de América del Norte o NADBank la intención era clara: ser el primer paso hacia una mayor asistencia estadounidense a México, para aliviar los dolores de la integración económica. Los proyectos ambientales debían ser meramente un trampolín.

Pero la capacidad del banco estaba restringida y sólo hasta la semana pasada culminó en el Congreso estadounidense el debate que, tras cuatro años, finalmente le permite a NADBank prestar dinero a tasas de interés inferiores a las del mercado y expandir su área de operaciones de 100 a 300 kilómetros al sur de la frontera con México. Imposibilitado desde un principio, y todavía cojo, NADBank es un claro indicio de cuán distantes de las de América Latina han quedado las prioridades de desarrollo de Washington.

Pero considere usted el contraste entre ese pobre goteo de fondos del banco con el torrente de dinero que está llegando a México en transferencias de dinero del exterior, mejor conocidas como remesas. El año pasado, según estadísticas emitidas el pasado fin de semana, los inmigrantes que trabajan en Estados Unidos enviaron nada menos que $31.000 millones en remesas a parientes en América Latina, más de $13.000 millones a México. Aunque no son “fondos para el desarrollo” en el sentido tradicional, las remesas y el duro trabajo de inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos están transformando las condiciones en sus lugares de origen.

Estos fondos son enviados con mayor frecuencia a través de firmas como Western Union, que cobran elevadas tarifas por la transacción, pero no proporcionan ningún otro servicio. En esa transición entre el remitente y el destinatario se pierde buena parte del poder de ese capital.

Y es ahí donde las instituciones financieras quieren intervenir. Organizaciones multilaterales, como el Banco Interamericano de Desarrollo y otros prestamistas, grandes y pequeños, dedican ahora esfuerzos para atraer a remitentes ofreciéndoles enviar su dinero a casa de manera menos costosa y, a la larga, más productiva.

Su meta, acordada durante el fin de semana, es aumentar en un 50 por ciento para 2010 el número de familias que reciben remesas a través de instituciones financieras tradicionales.

La idea es sorprendentemente simple. Cuando un individuo deposita su dinero en una institución financiera para transferirlo en remesas, durante el breve período en que el dinero está en transición, los activos del banco aumentan. Dichos activos, en manos de una institución comprometida con el desarrollo pueden ser utilizados en herramientas tradicionales de progreso, tales como pequeños préstamos a corto plazo para micro empresas e inversiones en proyectos esenciales de infraestructura.

Hasta un 20 por ciento de los fondos en transición podrían transformarse en iniciativas más productivas, según Atsumasa Tochisako, ex representante del Banco de Tokio en América Latina y ahora presidente de una nueva institución micro financiera con sede en Washington.

Pero incluso si las instituciones financieras logran canalizar pocos recursos para proyectos esenciales de desarrollo, el simple hecho de lograr que remitentes y destinatarios las utilicen será un paso hacia lo que el IDB llama “democracia financiera”.

En efecto, depositar dinero en instituciones financieras les dará a muchos remitentes y destinatarios por igual su primer acceso a cuentas bancarias y líneas de crédito. Esto podría tener un efecto multiplicador. Si los destinatarios convirtieran su dinero en efectivo en activos bancarios, mejorarían su posición ante instituciones financieras, expandirían su crédito y aumentaría su poder adquisitivo más allá de que lo que obtengan con dinero suelto.

Mientras algunos puedan pensar que todo esto es muy nuevo, Latinoamérica está, de hecho, siguiendo el patrón visto en Europa. Allá, las remesas de inmigrantes llegaron a áreas remotas de Irlanda, Portugal y España antes de que lo hiciera la asistencia más tradicional de la Unión Europea a través de bancos de inversión y fondos estructurales.

Raúl Hinojosa, profesor en la Universidad de California, en Los Ángeles, y uno de los principales defensores del NADBank, dijo en una entrevista que así es como “las remesas pueden mostrar el camino para entender la importancia de otra inversión”. En otras palabras, remesas privadas pueden informar el uso del capital público.

Lamentablemente, el Gobierno en Washington continúa creyendo que el camino hacia la integración regional sólo necesita ser pavimentado con el libre comercio. Muchos líderes en América Latina y académicos y analistas idealistas en este país, todavía creen que la integración ocurrirá a través de asistencia deliberada y generosa del norte.

Afortunadamente, este disentimiento entre líderes no ha causado que los muchos remitentes y pocos visionarios financieros dejen de imaginar las nuevas posibilidades que un día deberán aproximar los dos caminos todavía tan distantes.
*Columnista del Washington Post.



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