Marcela Sánchez*
El Diario de Hoy
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Hace
diez años, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte
o NAFTA creó un banco de desarrollo con $3.000 millones en capital
para financiar proyectos ambientales a lo largo de la frontera entre México
y Estados Unidos. Pero hasta hoy, menos del cuatro por ciento de esa cantidad
-cerca de $96 millones-ha sido prestado.
Cuando se estableció el Banco de Desarrollo de América del
Norte o NADBank la intención era clara: ser el primer paso hacia
una mayor asistencia estadounidense a México, para aliviar los
dolores de la integración económica. Los proyectos ambientales
debían ser meramente un trampolín.
Pero la capacidad del banco estaba restringida y sólo hasta la
semana pasada culminó en el Congreso estadounidense el debate que,
tras cuatro años, finalmente le permite a NADBank prestar dinero
a tasas de interés inferiores a las del mercado y expandir su área
de operaciones de 100 a 300 kilómetros al sur de la frontera con
México. Imposibilitado desde un principio, y todavía cojo,
NADBank es un claro indicio de cuán distantes de las de América
Latina han quedado las prioridades de desarrollo de Washington.
Pero considere usted el contraste entre ese pobre goteo de fondos del
banco con el torrente de dinero que está llegando a México
en transferencias de dinero del exterior, mejor conocidas como remesas.
El año pasado, según estadísticas emitidas el pasado
fin de semana, los inmigrantes que trabajan en Estados Unidos enviaron
nada menos que $31.000 millones en remesas a parientes en América
Latina, más de $13.000 millones a México. Aunque no son
fondos para el desarrollo en el sentido tradicional, las remesas
y el duro trabajo de inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos están
transformando las condiciones en sus lugares de origen.
Estos fondos son enviados con mayor frecuencia a través de firmas
como Western Union, que cobran elevadas tarifas por la transacción,
pero no proporcionan ningún otro servicio. En esa transición
entre el remitente y el destinatario se pierde buena parte del poder de
ese capital.
Y es ahí donde las instituciones financieras quieren intervenir.
Organizaciones multilaterales, como el Banco Interamericano de Desarrollo
y otros prestamistas, grandes y pequeños, dedican ahora esfuerzos
para atraer a remitentes ofreciéndoles enviar su dinero a casa
de manera menos costosa y, a la larga, más productiva.
Su meta, acordada durante el fin de semana, es aumentar en un 50 por ciento
para 2010 el número de familias que reciben remesas a través
de instituciones financieras tradicionales.
La idea es sorprendentemente simple. Cuando un individuo deposita su dinero
en una institución financiera para transferirlo en remesas, durante
el breve período en que el dinero está en transición,
los activos del banco aumentan. Dichos activos, en manos de una institución
comprometida con el desarrollo pueden ser utilizados en herramientas tradicionales
de progreso, tales como pequeños préstamos a corto plazo
para micro empresas e inversiones en proyectos esenciales de infraestructura.
Hasta un 20 por ciento de los fondos en transición podrían
transformarse en iniciativas más productivas, según Atsumasa
Tochisako, ex representante del Banco de Tokio en América Latina
y ahora presidente de una nueva institución micro financiera con
sede en Washington.
Pero incluso si las instituciones financieras logran canalizar pocos recursos
para proyectos esenciales de desarrollo, el simple hecho de lograr que
remitentes y destinatarios las utilicen será un paso hacia lo que
el IDB llama democracia financiera.
En efecto, depositar dinero en instituciones financieras les dará
a muchos remitentes y destinatarios por igual su primer acceso a cuentas
bancarias y líneas de crédito. Esto podría tener
un efecto multiplicador. Si los destinatarios convirtieran su dinero en
efectivo en activos bancarios, mejorarían su posición ante
instituciones financieras, expandirían su crédito y aumentaría
su poder adquisitivo más allá de que lo que obtengan con
dinero suelto.
Mientras algunos puedan pensar que todo esto es muy nuevo,
Latinoamérica está, de hecho, siguiendo el patrón
visto en Europa. Allá, las remesas de inmigrantes llegaron a áreas
remotas de Irlanda, Portugal y España antes de que lo hiciera la
asistencia más tradicional de la Unión Europea a través
de bancos de inversión y fondos estructurales.
Raúl Hinojosa, profesor en la Universidad de California, en Los
Ángeles, y uno de los principales defensores del NADBank, dijo
en una entrevista que así es como las remesas pueden mostrar
el camino para entender la importancia de otra inversión.
En otras palabras, remesas privadas pueden informar el uso del capital
público.
Lamentablemente, el Gobierno en Washington continúa creyendo que
el camino hacia la integración regional sólo necesita ser
pavimentado con el libre comercio. Muchos líderes en América
Latina y académicos y analistas idealistas en este país,
todavía creen que la integración ocurrirá a través
de asistencia deliberada y generosa del norte.
Afortunadamente, este disentimiento entre líderes no ha causado
que los muchos remitentes y pocos visionarios financieros dejen de imaginar
las nuevas posibilidades que un día deberán aproximar los
dos caminos todavía tan distantes.
*Columnista del Washington Post.
