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La clase de “cambios” que ellos propugnan

¿Alguna vez ha visitado el señor Morales la hacienda La Carrera, la isla del Espíritu Santo o las que fueron las más productivas tierras de El Salvador antes de la desgracia de los “cambios” que él y los suyos introdujeron?

Publicada 2 de abril 2004, El Diario de Hoy

El Diario de Hoy
editorial@elsalvador.com

El destartalado miembro de la “vieja guardia” pedecista, Antonio Morales Ehrlich, profesó en una entrevista televisiva su fervor democrático, amén de hablar sobre sus visiones del futuro. El resucitado político insiste en la necesidad de “concertar” y recuerda cómo, en 1974, advirtió al entonces gobierno salvadoreño de lo impostergable de un “cambio”, urgencia que para él se vuelve a presentar.

Es del caso hacer un pequeño análisis sobre esa postura, para que las nuevas generaciones de salvadoreños, al igual que los olvidadizos, vislumbren la clase de peligros a los que sigue expuesta nuestra sociedad.

Es cierto, hay que decirlo, que no sólo en 1974, sino que desde los años sesenta hay gente y partidos políticos que medran a la sombra de lo “necesario del cambio”. Y fue para empujar ese “cambio” que surgieron los movimientos terroristas a inicios de la Década de los Setenta, los que además de secuestrar empresarios, asesinar policías, tomarse por la fuerza embajadas y armar desórdenes en la vía pública, prepararon una ofensiva armada sobre la República, la que fue propiciada no sólo por Cuba y el bloque soviético, sino también por los políticos “liberales” de Estados Unidos.

En 1979 una coalición de militares corruptos, comunistas, pescados y tontos útiles derrocó al gobierno de entonces —lo que se podría en alguna manera justificar— pero además, lo que fue un grave atropello a la nación, derogó el Orden Constitucional para regir a base de decretos. Entre esos fervientes “demócratas” estaban Morales Ehrlich, Napoleón Duarte y muchos de los que ahora pretenden ser “el centro” político.

Ayer el señor Morales habló de la importancia de “concertar”. Pero en aquel entonces los coaligados no sólo no concertaban, sino que en la forma más brutal impusieron su ley, lo que incluyó el robo a mano armada de propiedades agrícolas, de todo el sistema financiero y de las exportaciones agroindustriales. Para caerle encima a los bancos secuestraron por un día a los presidentes y principales accionistas de las entidades, para tomárselas con tanquetas y tropas de asalto, literalmente “de asalto”.

¿Ha visitado este señor “La Carrera”?

¿Cuáles fueron las consecuencias para el país de “el cambio” que el ramillete de los ya descritos personajes impuso por la fuerza, sin “concertar”.

Las más visibles fueron la bancarrota económica, el cierre de miles de empresas y negocios, un desempleo espantoso y la más descarada corrupción que se ha experimentado aquí. Los invisibles efectos, todavía más perniciosos, son la desmoralización general, el entronizamiento de la mediocridad y la “cultura” de la sinvergüenzada que al día de hoy se padece en todos los órdenes de la vida pública.

El verdadero e imprescindible cambio fue el que se introdujo a partir de la derrota electoral de los democristianos en 1988. Fue necesario recuperar la sensatez en la conducción de la vida pública, hacer de lado las políticas del despojo y la envidia, restablecer la economía de mercado. En otros términos, compaginar nuestras leyes y políticas de nación, con lo que es norma en el mundo civilizado.

¿Alguna vez ha visitado el señor Morales la hacienda La Carrera, la isla del Espíritu Santo o las que fueron las más productivas tierras de El Salvador antes de la desgracia de los “cambios” que él y los suyos introdujeron?

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