Orville Schell*
El Diario de Hoy
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¿Por
qué la relación entre China y Taiwán es un asunto
tan complicado? ¿Por qué, si tienen intereses económicos
comunes (un millón de taiwaneses viven en China continental y trabajan
en alrededor de 50,000 empresas con más de 400 mil millones de
dólares de inversiones procedentes de Taiwán), hay 500 misiles
chinos de corto alcance apuntando hacia la isla?
Los preparativos para las elecciones presidenciales del 20 de marzo son
una de las fuentes de tensión en este momento.
El Presidente actual, Chen Shui-bian, ha iniciado un proceso de referéndum
que podría utilizarse algún día para preguntar a
los taiwaneses si desean formalizar la independencia de facto que hoy
existe. Eso enfurece a China.
Después de todo, como Mao Zedong le dijo a Edgar Snow, en 1936,
la tarea inmediata de China es recuperar todos nuestros territorios
perdidos, incluyendo explícitamente Formosa.
Desde entonces, China ha buscado cumplir la promesa de Mao.
El nuevo liderazgo chino a menudo da muestras de juicio y moderación
en su diplomacia. Pero Luo Yuan, coronel de la Academia China de Ciencias
Militares, declaró recientemente que si los líderes de Taiwán
se rehúsan a entrar en razón y siguen utilizando el
referéndum como pretexto para buscar la independencia, llevarán
a (sus) compatriotas hacia el abismo de la guerra.
¿Cómo es posible que en una época en la que la autodeterminación
es un principio sagrado, Taiwán (que sólo ha formado parte
de China durante cuatro de las últimas once décadas, y nunca
ha estado bajo el control de la República Popular China) sufra
el rechazo de todas las naciones cuando se atreve a preguntar en voz alta
por qué no se le permite seguir su propio camino?
Las razones tienen profundas raíces históricas. Cuando Mao
y los comunistas llegaron al poder en 1949, prometieron reunificar
la patria, lo que significaba poner bajo el control del gobierno
central a Xinjiang (las regiones desérticas musulmanas al oeste),
el Tibet, Mongolia, Hong Kong, Macao y Taiwán.
Pero hay otra dinámica en acción. A lo largo de las dos
últimas décadas se han abandonado casi todos los demás
elementos de la plataforma del Partido Comunista (la guerra popular a
nivel mundial, la lucha proletaria para llegar a una utopía sin
clases, el triunfo sobre el capitalismo global, etc.).
Eso convierte a la unificación en el último vínculo
con la revolución de Mao y en la última justificación
para el gobierno de un solo partido. El liderazgo chino alimenta este
compromiso revolucionario, porque ayuda a generar un sentimiento
nacionalista, una de las pocas cosas (además del sólido
desempeño económico) que legitima el monopolio comunista
sobre el poder.
Los líderes chinos deben reflexionar sobre el hecho de que su país
ya no es el hombre enfermo de Asia. Es cada vez más
poderoso, activo a nivel global y robusto económicamente. Así,
este es momento oportuno para revalorar su situación y comenzar
a actuar desde una posición de fuerza, y no de debilidad.
Después de todo, China y Taiwán han luchado en lo político
aun cuando sus economías se unifican cada vez más. Con el
tiempo, bien podrían unificarse más en el frente político,
si no se muestran demasiado agresivos en sus desacuerdos. La convergencia
económica, si se le permite madurar, podría conducir a Taiwán
y a la República Popular China por un camino hacia la soberanía
común.
¿Cómo se podría lograr tal escenario? China debe
declarar, con fuerza y decisión, que la meta política final
es mayor democracia, no un leninismo mutante, y que, a medida que se vaya
dando ese proceso evolutivo y que el clima político se vuelva más
favorable, estaría dispuesta a discutir la mejor manera de formar
un tejido político y económico con Taiwán. Esa declaración,
por sí sola, le daría a los taiwaneses la capacidad de pensar
que algún día puede ser de su interés formar parte
de China.
Copyright: Project Syndicate.
*Historiador experto en China y Decano de la Universidad de California
en Berkeley.