Ricardo Rivas*
El Diario de Hoy
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Dentro
del manejo político que cada partido le imprime a los últimos
metros de su campaña, no dejan de caer en gracia los exóticos
argumentos de algunos institutos políticos con respecto a las encuestas,
a las que ahora descalifican genérica y sistemáticamente,
olvidando que, tan sólo unos días atrás, estos mismos
partidos celebraban con bombo y platillo cada punto de más que
éstas mismas les reconocían.
El que haya casas encuestadoras con algún grado cuestionable de
credibilidad, para nada deslegitima los sondeos de opinión pública
en el país. De todas formas, si uno revisa la historia, la tendencia
general que estos sondeos han advertido en eventos electorales previos,
rara vez han sido las equivocadas.
Recuerden el fenómenos de Evelyn, sugiere el FMLN,
ahora que las encuestas no le favorecen. Y luego, a renglón seguido,
intenta justificar su incredulidad argumentando que el año pasado,
a estas alturas, las encuestas daban a Evelyn Jacir una importante ventaja
contra su oponente por la Alcaldía de San Salvador, Carlos Rivas
Zamora.
A parte de comparar peras con manzanas (éstas son elecciones presidenciales,
no municipales ni legislativas), da la impresión de que el Frente
confunde las fechas. El año pasado, a dos semanas del 16 de marzo,
lo que la mayoría de casas encuestadoras serias reflejaba era un
empate entre ambos candidatos, y lo que aquí afuera se olía
era un gane del Frente. Y así fue.
Ahora, a casi una semana del cierre de campaña, nadie habla de
empate. Todas las mediciones independientes advierten que ARENA, con mayor
o menor margen, supera al FMLN. El ambiente también huele a eso.
Otros cincos pesos serán si en estos días que faltan para
el 21, las tendencias cambian, se mantienen o, incluso, se profundiza
la diferencia ya anunciada.
Esto de descalificar a las encuestas, no es un infortunio de nuevo cuño.
Cuando Cuauhtémoc Cárdenas disputó la presidencia
de México en 1994, su portavoz, Adolfo Aguilar Zinser, le convenció
de que contrataran a Juan Forch, un experto encuestador chileno. Aguilar
había participado como observador internacional durante el plebiscito
de Chile en 1988, y le habían impresionado las estrategias de marketing
con las que la oposición había ganado al oficialismo.
Cárdenas le dijo que sí, pero en el fondo creía muy
poco en el mercadeo electoral y en las encuestas. Más bien pensaba
que eso del marketing político era un puro invento gringo, y él
¡por supuesto! se resistía a ser vendido como
una Cherry Coke o una Whopper doble. Cuenta Oppenheimer, en su libro México:
en la frontera del caos, que según Aguilar Zinser, para Cárdenas
La Jornada un diario de izquierda era la Biblia, el
termómetro y el espejo de su campaña. Lo demás
parecía ser lo de menos.
Para esas elecciones de 1994, Cárdenas tenía metido entre
ceja y ceja que sólo el fraude le podía separar de la banda
presidencial. Sus asesores de línea dura le daban cuerda.
A Forch, el asesor, le preocupaba el comportamiento de Cárdenas:
No podía esperar ser visto como un candidato presidencial
responsable y a la vez comportarse como un revolucionario en constante
confrontación con el Estado, decía el chileno, según
se relata en el libro de Oppenheimer. Sin embargo, en el cuartel general
del PRD, los huesos duros peerredistas calentaban la cabeza del jefe y
le echaban querosén a la imagen bochinchera de Cárdenas.
Y el hombre agarraba vara.
Forch fue y se lo dijo a su asesorado. Y le enseñó los sondeos
de opinión pública independientes donde le demostraba que
su candidatura se caía, porque su campaña no pasaba de ser
una plática entre parientes. Y le habrá dicho que a puro
voto duro no llegaban ni a Pénjamo. Pero Cárdenas no tenía
oídos más que para su petit comité de incondicionales,
y terminó deshaciéndose de Forch, de las encuestas y de
todo aquel que no bailara el tango que a él le gustaba bailar.
Así, don Cuauhtémoc finalizó la campaña apostando
a la confrontación y a la agitación, y, una vez más,
la gente le mandó a freír espárragos.
El decir que no se cree en las encuestas cuando uno va perdiendo no pasa
de ser una exuberancia retórica. También lo es la cháchara
esa de que la verdadera encuesta es la del 21 de marzo. Independientemente
de quién gane las elecciones, el próximo 21 de marzo no
se celebra ninguna encuesta. Lo que habrá son elecciones. Y ahí,
a lo que iremos los salvadoreños no es a contestar preguntas, sino
a elegir Presidente.
Ese día también competirán la seriedad de estos partidos
políticos que hoy reniegan de los sondeos públicos preelectorales,
contra la credibilidad de las casas encuestadoras. Ya veremos quién
le gana a quién, y por qué margen.
*Columnista de El Diario de Hoy.