Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy
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La
violencia tiene muchas causas, no se puede erradicar intentando aislar
una, trabajar en ella hasta desaparecerla y, una vez resuelta, pasar a
otra. Como tampoco se puede suprimir sólo a fuerza de leyes, castigos
y vigilancia. La violencia nace en el corazón del hombre, y es
allí donde debe ser combatida. Cuanto más se oriente el
corazón para que busque lo que nos hace humanos, más posibilidades
tendremos de vivir en paz, a pesar de lo afirmado por Hobbes cuando asegura
que el hombre es el lobo del hombre.
La violencia es la rebaba del subdesarrollo. Cuanto más desarrollada
es una sociedad, cuanto más humanizados son sus integrantes, hay
menos violencia. Y por contra: cuanto menos cultas son las personas, cuanto
menos han hecho suyos los valores que la civilización ha forjado
durante siglos, es más patente que son incapaces de vivir en armonía.
Pero al hablar de desarrollo no me refiero solamente a los aspectos económicos:
a que todos cuenten con un nivel de vida en el que estén resueltas
las necesidades primarias. Ese es sólo el primer escalón.
Me refiero a desarrollarse como persona que sabe quién es y para
qué está en esta tierra, que mira en los demás a
personas como él o como ella, que aprecia el vivir de acuerdo con
los valores del espíritu y por ello es capaz de entender el lenguaje
del arte, de la religión, de la solidaridad.
Las Sagradas Escrituras, ese libro maravilloso que contiene tanta sabiduría
humana, porque está dictado por la sabiduría divina, dice
literalmente que el hombre animal no es capaz de ver las cosas que
son del espíritu, plasmando en una frase lo que se podría
glosar en páginas y páginas de sesudos tratados de sociología:
mientras los políticos, los economistas, los sociólogos
y cualquiera que se interese en estudiarnos como seres sociales no dejen
de pensar que somos hormigas super-evolucionadas o cualquier otro conjunto
de animales gregarios, no vamos a llegar muy lejos. Mientras se piense
que sólo somos hombres animales, no será posible
educarnos, sino sólo amaestrarnos, y por ese camino no se llegará
muy lejos en el combate (paradójico término) que debe terminar
en la conquista de la paz.
Querer achacar las causas de la violencia que padecemos a la desordenada
distribución de nuestra población (si no, de manera más
ingenua, sólo a su número); a las estructuras de producción,
echando mano de una trasnochada teoría marxista; al poder efectivo
que detentan unos grupos sociales en contra de otros (y aquí se
asoma Hobbes nuevamente), o a cualquier factor externo a la persona en
cuanto tal, es a mi juicio equivocar los términos del
problema.
Por supuesto que cuando alguien tiene un insoportable dolor de cabeza,
le urge que desaparezca, sin detenerse de momento a profundizar
en la etiología de la enfermedad. Pero si el médico se contentara
sólo con que la molestia desapareciera después de tomar
un remedio y más si el dolor es recurrente, sería
un imprudente, un ingenuo o un malvado.
Otro ejemplo: cuando hay una inundación, a nadie se le ocurre ponerse
a reforestar. En ese momento es necesario salvar vidas, evitar que el
agua siga avanzando, detener los efectos inmediatos. Pero una vez superada
la crisis, si no se va a las causas (laderas desforestadas, drenajes insuficientes,
asentamientos humanos en sitios de alto riesgo), quedamos expuestos a
sufrir las consecuencias del aluvión un invierno sí y otro
también; a tropezamos una y otra vez en la misma piedra, pudiendo
quitarla del camino.
Bien por la ley antimaras. Es necesaria. Pero muy mal si todo se redujera
a ella. Sería una irresponsabilidad, pues tendríamos (si
acaso) pan para hoy y hambre para mañana... Un parche
tapa un roto, pero nunca rehace el traje. Aquí, en nuestro país,
necesitamos rehacer el tejido social, y dejar de trabajar sólo
para el hoy, sólo para el beneficio político, sólo
para intereses pasajeros.
La violencia se vence con cultura, o más concretamente, con humanización,
con educación. Y el proceso de humanización, o socialización
como se dice ahora, pasa por la familia, por la escuela y
por la iglesia, que son los lugares en los que se aprende a vivir la tolerancia,
la compasión y el respeto al otro como persona, pues toda crisis
moral tiene que ver, en primer y fundamental lugar, con la conducta y
los hábitos de los seres humanos, y no sólo con las características
políticas, demográficas o económicas de una sociedad.
*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario
de Hoy.
carlos@mayora.org