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Punto de vista
Parches legislativos y violencia ciudadana

La violencia se vence con cultura, o más concretamente, con humanización, con educación. Y el proceso de humanización, o socialización —como se dice ahora—, pasa por la familia, por la escuela y por la iglesia

Publicada 06 de marzo 2004, El Diario de Hoy


Carlos Mayora Re*
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

La violencia tiene muchas causas, no se puede erradicar intentando aislar una, trabajar en ella hasta desaparecerla y, una vez resuelta, pasar a otra. Como tampoco se puede suprimir sólo a fuerza de leyes, castigos y vigilancia. La violencia nace en el corazón del hombre, y es allí donde debe ser combatida. Cuanto más se oriente el corazón para que busque lo que nos hace humanos, más posibilidades tendremos de vivir en paz, a pesar de lo afirmado por Hobbes cuando asegura que “el hombre es el lobo del hombre”.

La violencia es la rebaba del subdesarrollo. Cuanto más desarrollada es una sociedad, cuanto más humanizados son sus integrantes, hay menos violencia. Y por contra: cuanto menos cultas son las personas, cuanto menos han hecho suyos los valores que la civilización ha forjado durante siglos, es más patente que son incapaces de vivir en armonía.

Pero al hablar de desarrollo no me refiero solamente a los aspectos económicos: a que todos cuenten con un nivel de vida en el que estén resueltas las necesidades primarias. Ese es sólo el primer escalón. Me refiero a desarrollarse como persona que sabe quién es y para qué está en esta tierra, que mira en los demás a personas como él o como ella, que aprecia el vivir de acuerdo con los valores del espíritu y por ello es capaz de entender el lenguaje del arte, de la religión, de la solidaridad.

Las Sagradas Escrituras, ese libro maravilloso que contiene tanta sabiduría humana, porque está dictado por la sabiduría divina, dice literalmente que “el hombre animal no es capaz de ver las cosas que son del espíritu”, plasmando en una frase lo que se podría glosar en páginas y páginas de sesudos tratados de sociología: mientras los políticos, los economistas, los sociólogos y cualquiera que se interese en estudiarnos como seres sociales no dejen de pensar que somos hormigas super-evolucionadas o cualquier otro conjunto de animales gregarios, no vamos a llegar muy lejos. Mientras se piense que sólo somos “hombres animales”, no será posible educarnos, sino sólo amaestrarnos, y por ese camino no se llegará muy lejos en el combate (paradójico término) que debe terminar en la conquista de la paz.

Querer achacar las causas de la violencia que padecemos a la desordenada distribución de nuestra población (si no, de manera más ingenua, sólo a su número); a “las estructuras de producción”, echando mano de una trasnochada teoría marxista; al poder efectivo que detentan unos grupos sociales en contra de otros (y aquí se asoma Hobbes nuevamente), o a cualquier factor externo a la persona en cuanto tal, es —a mi juicio— equivocar los términos del problema.

Por supuesto que cuando alguien tiene un insoportable dolor de cabeza, le urge que desaparezca, sin detenerse —de momento— a profundizar en la etiología de la enfermedad. Pero si el médico se contentara sólo con que la molestia desapareciera después de tomar un remedio —y más si el dolor es recurrente—, sería un imprudente, un ingenuo o un malvado.

Otro ejemplo: cuando hay una inundación, a nadie se le ocurre ponerse a reforestar. En ese momento es necesario salvar vidas, evitar que el agua siga avanzando, detener los efectos inmediatos. Pero una vez superada la crisis, si no se va a las causas (laderas desforestadas, drenajes insuficientes, asentamientos humanos en sitios de alto riesgo), quedamos expuestos a sufrir las consecuencias del aluvión un invierno sí y otro también; a tropezamos una y otra vez en la misma piedra, pudiendo quitarla del camino.

Bien por la ley antimaras. Es necesaria. Pero muy mal si todo se redujera a ella. Sería una irresponsabilidad, pues tendríamos (si acaso) “pan para hoy y hambre para mañana”... Un parche tapa un roto, pero nunca rehace el traje. Aquí, en nuestro país, necesitamos rehacer el tejido social, y dejar de trabajar sólo para el hoy, sólo para el beneficio político, sólo para intereses pasajeros.

La violencia se vence con cultura, o más concretamente, con humanización, con educación. Y el proceso de humanización, o socialización —como se dice ahora—, pasa por la familia, por la escuela y por la iglesia, que son los lugares en los que se aprende a vivir la tolerancia, la compasión y el respeto al otro como persona, pues toda crisis moral tiene que ver, en primer y fundamental lugar, con la conducta y los hábitos de los seres humanos, y no sólo con las características políticas, demográficas o económicas de una sociedad.

*Ing. Industrial, Dr. en Filosofía y columnista de El Diario de Hoy.
carlos@mayora.org

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