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Palabras
Infelicidad de la razón

Antes que nos creíamos “razonables”, un velo de sombra cubrió la verdad de las cosas.

Publicada 06 de marzo 2004, El Diario de Hoy

Carlos Balaguer
El Diario de Hoy

editorial@elsalvador.com

Conocimos el dolor, el hastío, el vacío y tantos otros sentimientos oscuros, como el miedo -miedo a sentir miedo, a todo y a la nada-, que nos impidió ser felices.

Antes que creíamos tener la falsa razón, no teníamos la razón.

Solamente hasta cuando la aparente razón se pierde, llegamos a tener la razón esencial, que es la facultad del hombre de discurrir y juzgar.

Los hombres que se creen razonables y se vanaglorian de ello, por ejemplo los grandes jerarcas del mundo, son precisamente aquellos que están destruyendo al mundo en virtud de la incapacidad de destruirse a sí mismos.

La edad de la razón es aquella que cuando hemos despertado de lo que antes fue la locura, la sinrazón. Los “cuerdos” -o que creen serlo- llaman locura a la razón desconocida.
Es la infelicidad de la razón.


Día a Día
Las carreteras


La experiencia diaria, como lo comprueban múltiples estudios, indica que la calidad de vida de las personas está en relación a su cercanía de caminos y carreteras. Mientras más cerca esté de buenos caminos, mejor vivirán y mejor van a vender lo que producen.

Esa cercanía les permite educarse con menos esfuerzo (piénsese en los niños cruzando potreros por horas para llegar a la escuela), contar con superiores posibilidades de empleo, acceder a clínicas y comercios.

A medida que han ido mejorando las carreteras, más y más personas pueden vivir lejos de la capital pero trabajar en ella. Antes era impensable que residentes de Santa Ana o Sonsonate trabajaran en San Salvador, pero hoy en día, y gracias a las carreteras, esa es una común ocurrencia.

Las carreteras son instrumentos de trabajo, como las herramientas del carpintero, el bisturí del cirujano y la computadora para el administrador de empresa. Un operario con una sierra eléctrica, el equivalente de una buena carretera, produce mucho más que uno con serrucho.

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