Carlos Balaguer
El Diario de Hoy
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Conocimos el dolor, el hastío, el vacío y tantos otros
sentimientos oscuros, como el miedo -miedo a sentir miedo, a todo y a
la nada-, que nos impidió ser felices.
Antes que creíamos tener la falsa razón, no teníamos
la razón.
Solamente hasta cuando la aparente razón se pierde, llegamos a
tener la razón esencial, que es la facultad del hombre de discurrir
y juzgar.
Los hombres que se creen razonables y se vanaglorian de ello, por ejemplo
los grandes jerarcas del mundo, son precisamente aquellos que están
destruyendo al mundo en virtud de la incapacidad de destruirse a sí
mismos.
La edad de la razón es aquella que cuando hemos despertado de lo
que antes fue la locura, la sinrazón. Los cuerdos -o
que creen serlo- llaman locura a la razón desconocida.
Es la infelicidad de la razón.
Día a Día
Las carreteras
La experiencia diaria, como lo comprueban múltiples estudios, indica
que la calidad de vida de las personas está en relación
a su cercanía de caminos y carreteras. Mientras más cerca
esté de buenos caminos, mejor vivirán y mejor van a vender
lo que producen.
Esa cercanía les permite educarse con menos esfuerzo (piénsese
en los niños cruzando potreros por horas para llegar a la escuela),
contar con superiores posibilidades de empleo, acceder a clínicas
y comercios.
A medida que han ido mejorando las carreteras, más y más
personas pueden vivir lejos de la capital pero trabajar en ella. Antes
era impensable que residentes de Santa Ana o Sonsonate trabajaran en San
Salvador, pero hoy en día, y gracias a las carreteras, esa es una
común ocurrencia.
Las carreteras son instrumentos de trabajo, como las herramientas del
carpintero, el bisturí del cirujano y la computadora para el administrador
de empresa. Un operario con una sierra eléctrica, el equivalente
de una buena carretera, produce mucho más que uno con serrucho.